2666, p.92

2666, page 92

 

2666
Select Voice:
Brian (uk)
Emma (uk)  
Amy (uk)
Eric (us)
Ivy (us)
Joey (us)
Salli (us)  
Justin (us)
Jennifer (us)  
Kimberly (us)  
Kendra (us)
Russell (au)
Nicole (au)



Larger Font   Reset Font Size   Smaller Font  

  Por aquellas fechas la compañía de Reiter tuvo visita médica.

  El médico que lo atendió lo encontró, dentro de lo que cabía, completamente sano, excepción hecha de sus ojos, que exhibían un enrojecimiento nada natural y cuya causa el mismo Reiter sabía sin posibilidad de error: las largas horas de buceo a cara descubierta en aguas saladas. Pero no se lo dijo al médico por temor a que le cayera un castigo o a que le prohibieran volver al mar. En ese tiempo a Reiter le hubiera parecido un sacrilegio bucear con gafas de buceo. Escafandra sí, gafas de buceo rotundamente no. El médico le recetó unas gotas y le dijo que cursara con su superior un parte para ser atendido por el oftalmólogo.

  Al irse el médico pensó que aquel muchacho larguirucho probablemente era un drogadicto y así lo escribió en su diario de vida: ¿cómo es posible encontrar a jóvenes morfinómanos, heroinómanos, tal vez politoxicómanos en las filas de nuestro ejército? ¿Qué representan? ¿Son un síntoma o son una nueva enfermedad social? ¿Son el espejo de nuestro destino o son el martillo que hará añicos nuestro espejo y también nuestro destino?

  En lugar de morir ahogado y radiante de felicidad, un día, sin previo aviso, se suspendieron las salidas y el batallón de Reiter, que estaba en el pueblo de Besneville, se unió a los otros dos batallones del regimiento 310 que estaban estacionados en StSauveur-le-Vicomte y Bricquebec y todos montaron en un tren militar que se dirigió hacia el este y que en París se unió con otro tren en donde venía el regimiento 311, y aunque faltaba el tercer regimiento de la división, el cual por lo visto jamás se reintegraría a ésta, empezaron a recorrer Europa en dirección oeste-este, y así pasaron por Alemania y Hungría y finalmente la división 79 llegó a Rumanía, su nuevo destino.

  Algunas tropas se instalaron cerca de la frontera con la Unión Soviética, otras cerca de la nueva frontera con Hungría.

  El batallón de Hans quedó instalado en los Cárpatos. El cuartel de la división, que ya no pertenecía al décimo cuerpo, sino a uno nuevo, el 49, que acababa de formarse y que por el momento sólo tenía a su mando una división, se situó en Bucarest, aunque de vez en cuando el general Kruger, nuevo jefe del cuerpo, acompañado por el antiguo coronel Von Berenberg, ahora general Von Berenberg, nuevo jefe de la 79, visitaba a las tropas y se interesaba por su grado de preparación.

  Ahora Reiter vivía lejos del mar, entre montañas, y abandonó por el momento cualquier idea de deserción. Durante las primeras semanas de su estancia en Rumanía no vio más que a soldados de su propio batallón. Después vio campesinos, los cuales se movían constantemente, como si tuvieran hormigas en las piernas y en la espalda, que iban de un lado a otro con hatillos en donde guardaban sus pertenencias y que sólo hablaban con sus niños que los seguían como ovejas o como cabritos.

  Los atardeceres de los Cárpatos eran interminables, pero el cielo daba la impresión de estar demasiado bajo, sólo unos metros por encima de sus cabezas, lo que contribuía a proporcionar una sensación de asfixia en los soldados o de inquietud. La cotidianidad, pese a todo, volvía a ser apacible, imperceptible.

  Una noche levantaron a algunos soldados de su batallón antes de que amaneciera y tras montar en dos camiones partieron hacia las montañas.

  Los soldados, no bien se instalaron en los bancos de madera de la parte posterior del camión, volvieron a conciliar el sueño.

  Reiter no pudo. Sentado justo al lado de la salida, apartó la lona que hacía las veces de techo y se dedicó a contemplar el paisaje. Sus ojos de nictálope, permanentemente enrojecidos pese a las gotas que se ponía cada mañana, vislumbraron una serie de pequeños valles oscuros entre dos cadenas montañosas.

  De tanto en tanto los camiones pasaban junto a pinares enormes, que se acercaban al camino de forma amenazante. A lo lejos, en una montaña más baja, descubrió la silueta de un castillo o de una fortaleza. Al amanecer se dio cuenta de que sólo era un bosque. Vio cerros o formaciones rocosas que parecían barcos a punto de hundirse, con la proa levantada, como un caballo enfurecido y casi vertical. Vio sendas oscuras, entre montañas, que no llevaban a ninguna parte, pero que sobrevolaban a gran altura unos pájaros negros que no podían ser sino aves carroñeras.

  A mitad de la mañana llegaron a un castillo. En el castillo sólo encontraron a tres rumanos y a un oficial de las SS que hacía las veces de mayordomo y que los puso a trabajar enseguida, después de darles a desayunar un vaso de leche fría y un mendrugo de pan que algunos soldados dejaron de lado con gestos de asco. Las armas, salvo cuatro de ellos que montaron guardia, uno de los cuales fue Reiter, a quien el oficial de las SS juzgó poco apto para las labores de adecentamiento del castillo, las dejaron en la cocina y se pusieron a barrer, a fregar, a quitar el polvo de las lámparas, a poner sábanas limpias en las habitaciones.

  A eso de las tres de la tarde llegaron los invitados. Uno de ellos era el general Von Berenberg, el jefe de la división. Junto a él venía el escritor del Reich Herman Hoensch y dos oficiales del estado mayor de la 79. En el otro coche venía el general rumano Eugenio Entrescu, que entonces tenía treintaicinco años y era la estrella ascendente del ejército de su país, acompañado del joven erudito Pablo Popescu, de veintitrés años, y de la baronesa Von Zumpe, a quien los rumanos acababan de conocer la noche anterior en una recepción en la embajada alemana y que en principio debía haber viajado en el coche del general Von Berenberg, pero que ante las galanterías de Entrescu y el carácter divertido y jocoso de Popescu finalmente había terminado por claudicar ante el ofrecimiento de éstos, que se basaba razonablemente en el mayor espacio de que dispondría la baronesa en el coche rumano, con menos pasajeros que el coche alemán.

  La sorpresa de Reiter, cuando vio descender a la baronesa Von Zumpe, fue mayúscula. Pero lo más extraño de todo fue que esta vez la joven baronesa se detuvo delante de él y le preguntó, auténticamente interesada, si la conocía, porque el rostro de él, dijo la baronesa, le resultaba familiar. Reiter (sin abandonar la posición de firmes, manteniendo una expresión estólida y mirando hacia el horizonte en actitud marcial o tal vez mirando hacia ninguna parte) le contestó que por supuesto él la conocía pues había servido en casa de su padre, el barón, desde temprana edad, lo mismo que su madre, la señora Reiter, a quien tal vez la baronesa recordara.

  – Es verdad -dijo la baronesa, y se echó a reír-, tú eras el niño larguirucho que andaba por todas partes.

  – Ése era yo -dijo Reiter.

  – El confidente de mi primo -dijo la baronesa.

  – Amigo de su primo -dijo Reiter-, el señor Hugo Halder.

  – ¿Y qué haces aquí, en el castillo de Drácula? -dijo la baronesa.

  – Sirvo al Reich -dijo Reiter, y por primera vez la miró.

  Le pareció hermosísima, mucho más que cuando la conoció.

  A unos pasos de ellos, esperando, estaban el general Entrescu, que no podía dejar de sonreír, y el joven erudito Popescu, que en varias ocasiones había exclamado: fantástico, fantástico, la espada del destino le corta una vez más la cabeza a la hidra del azar.

  Los invitados hicieron una comida ligera y luego salieron a explorar los alrededores del castillo. El general Von Berenberg, inicialmente entusiasta de esta exploración, pronto se sintió cansado y se retiró, por lo que el paseo de allí en adelante fue encabezado por el general Entrescu, que marchaba con la baronesa del brazo y con el joven erudito Popescu a la izquierda, quien se ocupaba en desgranar y pesar un cúmulo de informaciones la mayor parte de las veces contradictorias. Junto a Popescu iba el oficial de las SS, y más rezagados el escritor del Reich Hoensch y los dos oficiales de estado mayor. Cerrando la marcha iba Reiter, a quien la baronesa insistió en tener a su lado alegando que antes de servir al Reich había servido a su familia, petición que Von Berenberg concedió de inmediato.

  Pronto llegaron a una cripta excavada en la roca. Una puerta de barrotes de hierro, con un escudo de armas roído por el tiempo, impedía la entrada. El oficial de las SS, que parecía comportarse como si fuera el dueño de la propiedad, extrajo una llave de uno de sus bolsillos y franqueó la entrada. Después encendió una linterna y todos procedieron a introducirse en la cripta, menos Reiter, a quien uno de los oficiales le indicó por señas que permaneciera de guardia en la puerta.

  Así que Reiter se quedó allí plantado, contemplando la escalinata de piedra que descendía hacia la oscuridad y el jardín yermo por el que habían llegado y las torres del castillo que desde allí se veían y que se asemejaban a dos velas grises en un altar abandonado. Después extrajo un cigarrillo de su guerrera, lo encendió y se puso a mirar el cielo gris, los valles lejanos, y también se puso a pensar en el rostro de la baronesa Von Zumpe mientras la ceniza del cigarrillo caía al suelo y él, reclinado sobre la piedra, poco a poco se iba durmiendo. Entonces soñó con el interior de la cripta. La escalinata bajaba hacia un anfiteatro que la linterna del oficial de las SS iluminaba sólo en parte. Soñó que los visitantes se reían. Todos, menos uno de los oficiales de estado mayor, que buscaba sin dejar de llorar un sitio donde esconderse. Soñó que Hoensch recitaba un poema de Wolfram von Eschenbach y que luego escupía sangre. Soñó que entre todos se disponían a comerse a la baronesa Von Zumpe.

  Despertó sobresaltado y a punto estuvo de echar a correr escalinata abajo para comprobar con sus propios ojos que nada de lo soñado era real.

  Cuando los visitantes volvieron a la superficie, cualquiera, hasta el observador más torpe, hubiera podido percibir que estaban divididos en dos grupos, los que emergían con el rostro empalidecido, como si hubieran visto algo trascendental allá abajo, y los que aparecían con una semisonrisa dibujada en la cara, como si acabaran de recibir una lección más sobre la ingenuidad de la raza humana.

  Esa noche, durante la cena, hablaron de la cripta, pero también hablaron de otras cosas. Hablaron de la muerte.

  Hoensch dijo que la muerte en sí sólo era un espejismo en constante construcción, pero que en la realidad no existía. El oficial de las SS dijo que la muerte era una necesidad: nadie en su sano juicio, dijo, admitiría un mundo lleno de tortugas o lleno de jirafas. La muerte, concluyó, era la reguladora. El joven erudito Popescu dijo que la muerte, según la sabiduría oriental, sólo era un tránsito. Lo que no estaba claro, dijo, o al menos a él no le quedaba claro, era hacia qué lugar, hacia qué realidad conducía ese tránsito.

  – La pregunta -dijo- es adónde. La respuesta -se respondió a sí mismo- es hacia donde mis méritos me lleven.

  El general Entrescu opinó que eso era lo de menos, que lo importante era moverse, la dinámica del movimiento, lo que equiparaba a los hombres y a todos los seres vivos, incluidas las cucarachas, a las grandes estrellas. La baronesa Von Zumpe dijo, y tal vez fue la única que habló con franqueza, que la muerte era un engorro. El general Von Berenberg prefirió no expresar su opinión, lo mismo que los dos oficiales de estado mayor.

  Después hablaron del asesinato. El oficial de las SS dijo que la palabra asesinato era una palabra ambigua, equívoca, imprecisa, vaga, indeterminada, que se prestaba a retruécanos.

  Hoensch estuvo de acuerdo. El general Von Berenberg dijo que él prefería dejar las leyes a los jueces y a los tribunales penales y que si un juez decía que tal acto era un asesinato, pues era un asesinato, y que si el juez y el tribunal dictaminaban que no lo era, pues no lo era y no se hable más del asunto. Los dos oficiales de estado mayor opinaron lo mismo que su jefe.

  El general Entrescu confesó que sus héroes infantiles eran siempre asesinos y malhechores, por los que sentía, dijo, un gran respeto. El joven erudito Popescu recordó que un asesino y un héroe se asemejan en la soledad y en la, al menos inicial, incomprensión.

  La baronesa Von Zumpe, por su parte, dijo que nunca en su vida, como es natural, había conocido a un asesino, pero sí a un malhechor, si es que se le podía llamar así, un ser aborrecible pero nimbado con un aura misteriosa que lo hacía atractivo a las mujeres, de hecho, dijo, una tía suya, la única hermana de su padre, el barón Von Zumpe, se enamoró de él, algo que casi vuelve loco a su padre, quien desafió a batirse en duelo al conquistador del corazón de su hermana, el cual, para sorpresa de todo el mundo, aceptó el desafío, que tuvo lugar en el bosque del Corazón de Otoño, en las afueras de Postdam, un lugar que ella, la baronesa Von Zumpe, había visitado muchos años después para ver con sus propios ojos el bosque de grandes árboles grises y el claro, un desnivel de terreno de una extensión de cincuenta metros, en donde su padre se había batido con aquel hombre inesperado, quien había llegado allí, a las siete de la mañana, con dos mendigos en lugar de padrinos, dos mendigos, por supuesto, completamente borrachos, mientras los padrinos de su padre eran el barón de X y el conde de Y, en fin, una vergüenza tan grande que el mismo barón de X, rojo de ira, estuvo a punto de matar, con su propia arma, a los padrinos del enamorado de la hermana del barón Von Zumpe, el cual se llamaba Conrad Halder, como sin duda el general Von Berenberg recordará (éste asintió con la cabeza aunque no sabía de lo que estaba hablando la baronesa Von Zumpe), el caso fue muy sonado en aquella época, antes de que yo naciera, por supuesto, de hecho el barón Von Zumpe en aquellos años aún era soltero, en fin, en aquel bosquecillo de nombre tan romántico se realizó el duelo, con armas de fuego, naturalmente, y aunque ignoro qué reglas se utilizaron supongo que ambos apuntaron y dispararon al mismo tiempo: la bala del barón, mi padre, pasó a pocos centímetros del hombro izquierdo de Halder, mientras el disparo de éste, que evidentemente tampoco había dado en el blanco, nadie lo oyó, convencidos como estaban de que mi padre tenía mucho mejor puntería que él y de que si alguien tenía que caer éste era Halder y no mi padre, pero entonces, oh sorpresa, todos, incluido mi padre, vieron que Halder, lejos de bajar el brazo, seguía apuntando y entonces comprendieron que éste no había disparado y que el duelo, por lo tanto, no se había acabado, y aquí ocurrió lo más sorprendente de todo, sobre todo si tenemos en cuenta la fama que arrastraba el pretendiente de la hermana de mi padre, quien, lejos de dispararle a éste, escogió una parte de su anatomía, creo que el brazo izquierdo, y se disparó a sí mismo a quemarropa.

  Lo que sucedió a continuación lo desconozco. Supongo que llevaron a Halder a un médico. O tal vez el propio Halder se dirigió por su propio pie, en compañía de sus padrinos-mendigos, a que un médico le curara la herida, mientras mi padre se quedaba inmóvil en el bosque del Corazón del Otoño, hirviendo de rabia o tal vez lívido por lo que acababa de presenciar, mientras sus padrinos acudían a consolarlo y le decían que no se preocupara, que de personajes como aquél se podía uno esperar cualquier ridiculez.

  Poco después Halder se fugó con la hermana de mi padre.

  Durante una época vivieron en París y luego en el sur de Francia, en donde Halder, que era pintor, aunque yo nunca vi un cuadro suyo, solía pasar largas temporadas. Después, según supe, se casaron y pusieron casa en Berlín. La vida no les fue bien y la hermana de mi padre enfermó gravemente. El día de su muerte mi padre recibió un telegrama y aquella noche vio por segunda vez a Halder. Lo encontró borracho y semidesnudo, mientras su hijo, mi primo, que entonces tenía tres años, vagaba por la casa, que al mismo tiempo era el estudio de Halder, desnudo del todo y embadurnado de pintura.

  Esa noche hablaron por primera vez y posiblemente llegaron a un acuerdo. Mi padre se hizo cargo de su sobrino y Conrad Halder se marchó de Berlín para siempre. De vez en cuando llegaban noticias de él, todas precedidas por algún pequeño escándalo. Sus cuadros berlineses quedaron en poder de mi padre, quien no tuvo fuerzas para quemarlos. Una vez le pregunté dónde los guardaba. No quiso decírmelo. Le pregunté cómo eran. Mi padre me miró y dijo que sólo eran mujeres muertas.

  ¿Retratos de mi tía? No, dijo mi padre, otras mujeres, todas muertas.

  Nadie en aquella cena, por descontado, había visto nunca un cuadro de Conrad Halder, excepto el oficial de las SS, que definió al pintor como artista degenerado, una desgracia, sin duda, para la familia Von Zumpe. Luego hablaron de arte, de lo heroico en el arte, de naturalezas muertas, de supersticiones y de símbolos.

  Hoensch dijo que la cultura era una cadena formada por eslabones de arte heroico y de interpretaciones supersticiosas.

  El joven erudito Popescu dijo que la cultura era un símbolo y que ese símbolo tenía la imagen de un salvavidas. La baronesa Von Zumpe dijo que la cultura era, básicamente, el placer, lo que proporcionaba y daba placer, y el resto sólo era charlatanería.

  El oficial de las SS dijo que la cultura era la llamada de la sangre, una llamada que se oía mejor de noche que de día, y además, dijo, era un descodificador del destino. El general Von Berenberg dijo que la cultura, para él, era Bach, y que con eso le bastaba. Uno de sus oficiales de estado mayor dijo que para él era Wagner y que a él también con eso le bastaba. El otro oficial de estado mayor dijo que para él la cultura era Goethe y que a él también, en coincidencia con lo expresado por su general, con eso le bastaba y en ocasiones le sobraba. La vida de un hombre sólo es comparable a la vida de otro hombre. La vida de un hombre, dijo, sólo alcanza para disfrutar a conciencia de la obra de otro hombre.

  El general Entrescu, a quien le pareció muy divertido lo que acababa de decir el oficial de estado mayor, dijo que para él, por el contrario, la cultura era la vida, no la vida de un solo hombre ni la obra de un solo hombre, sino la vida en general, cualquier manifestación de ésta, hasta la más vulgar, y luego se puso a hablar de los paisajes de fondo de algunos pintores renacentistas y dijo que esos paisajes podía uno verlos en cualquier lugar de Rumanía, y se puso a hablar de madonnas y dijo que en ese preciso momento él estaba viendo el rostro de una madonna más hermosa que las de cualquier pintor renacentista italiano (la baronesa Von Zumpe se sonrojó), y finalmente se puso a hablar de cubismo y de pintura moderna y dijo que cualquier pared abandonada o cualquier pared bombardeada era más interesante que la más famosa obra cubista, por no hablar del surrealismo, dijo, que cae rendido delante del sueño de cualquier campesino analfabeto de Rumanía. Dicho lo cual se produjo un corto silencio, corto pero expectante, como si el general Entrescu hubiera pronunciado una mala palabra o una palabra malsonante o de pésimo gusto o hubiera insultado a sus invitados alemanes, pues de él (de él y de Popescu) había sido la idea de visitar aquel lóbrego castillo. Un silencio que sin embargo rompió la baronesa Von Zumpe al preguntarle, con un tono de voz cuyo diapasón iba desde lo cándido hasta lo mundano, qué era lo que soñaban los campesinos de Rumanía y cómo sabía él lo que soñaban esos campesinos tan peculiares.

 

Add Fast Bookmark
Load Fast Bookmark
Turn Navi On
Turn Navi On
Turn Navi On
Scroll Up
Turn Navi On
Scroll
Turn Navi On
183