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Primero se interesó por su amiga, que estaba con un shock nervioso.
Después se dio cuenta de que Lalo Cura estaba herido y ordenó que pidieran otra ambulancia para él y que a ambos los llevaran a la clínica Pérez Guterson. Antes de que llegaran las ambulancias aparecieron más policías y más de uno reconoció al profesional, que yacía muerto sobre la acera, como un agente de la judicial del estado. Cuando estaban a punto de introducir a Lalo Cura en una ambulancia un par de policías lo cogieron por los brazos, lo metieron en su coche y se lo llevaron a la comisaría n.o 1. Cuando la mujer de Pedro Rengifo llegó a la clínica, después de dejar a su amiga instalada en una de las mejores habitaciones, fue a interesarse por el estado de su guardaespaldas y le dijeron que éste no había llegado. La señora exigió que le trajeran de inmediato a los enfermeros de la otra ambulancia, quienes confirmaron que Lalo Cura estaba detenido.
La mujer de Pedro Rengifo cogió el teléfono y llamó otra vez a su marido. Una hora después apareció por la comisaría n.o 1 el jefe de la policía de Santa Teresa. A su lado iba Epifanio con cara de no haber dormido en tres días. Ninguno de los dos parecía contento. Encontraron a Lalo en uno de los calabozos subterráneos. El muchacho tenía la cara manchada de sangre.
Los policías que lo interrogaban querían saber por qué había rematado a los dos pistoleros y cuando vieron aparecer a Pedro Negrete se pusieron de pie. El jefe de policía de Santa Teresa se sentó en una de las sillas desocupadas y le hizo un gesto a Epifanio.
Éste agarró del cuello a uno de los policías, sacó una navaja de la americana y le rajó la cara desde los labios hasta la oreja. Lo hizo de tal forma que ni una sola gota de sangre le salpicó. ¿Fue éste el que te desgració la jeta?, dijo Epifanio. El muchacho se encogió de hombros. Quítale las esposas, dijo Pedro Negrete. El otro policía le quitó las esposas sin dejar de farfullar ay, ay, ay. ¿De qué te quejas, buey?, le preguntó Pedro Negrete. De la metida de pata, jefe, dijo el policía. Pónganle una silla a Pepe, que parece que se va a desmayar, dijo Pedro Negrete. Entre Epifanio y el otro policía sentaron al policía herido.
¿Cómo te encuentras? Bien, jefe, no es nada, un mareo, no más, dijo éste mientras buscaba en los bolsillos algo para taponarse la herida. Pedro Negrete le alcanzó un pañuelo de papel.
¿Por qué lo detuvieron?, dijo. Uno de los que se quebró era Patricio López, el judicial, dijo el otro policía. Ah, caray, con que Patricio López, ¿y por qué creen que fue él y no uno de sus compañeros?, dijo Pedro Negrete. Sus compañeros se las pelaron, dijo el otro policía. Ah, caray, vaya compañeros, dijo Pedro Negrete. ¿Y mi muchacho qué hizo? Los policías dijeron que, tal como ellos habían establecido los hechos, al parecer Lalo Cura había procedido a dispararles. ¿A sus propios compañeros?
Pues sí, a sus propios compañeros, pero que antes, herido en el hombro y al parecer sin necesidad ninguna, había rematado a Patricio López y a un tarolas que iba con una Uzi. Lo haría de los puros nervios, dijo Pedro Negrete. Seguramente, dijo el policía de la cara cortada. Además, ¿qué otra cosa podía hacer?, dijo Pedro Negrete. Si llega a tumbarlo Patricio López, él también lo hubiera rematado. Pues la mera verdad es que sí, dijo el otro policía. Luego siguieron hablando y fumando un rato más, con alguna breve interrupción del policía de la cara cortada para cambiarse el pañuelo de papel, y después Epifanio sacó a Lalo Cura del calabozo y lo llevó hasta la puerta de la comisaría, en donde lo aguardaba el coche de Pedro Negrete, el mismo coche que lo había ido a buscar unos meses atrás a Villaviciosa.
Un mes después Pedro Negrete visitó el rancho de Pedro Rengifo, al sureste de Santa Teresa, y le reclamó la devolución de Lalo Cura. Yo te lo di, tocayo, y yo te lo quito, dijo. ¿Y eso por qué, tocayo?, le preguntó Pedro Rengifo. Por la manera en que me lo has tratado, tocayo, dijo Pedro Negrete. En lugar de ponérmelo con un hombre experimentado, como tu irlandés, para que mi muchacho fuera aprendiendo, me lo pusiste con un par de volteados. En eso tienes razón, tocayo, dijo Pedro Rengifo, pero me gustaría recordarte que uno de esos volteados me llegó con una recomendación tuya. Pues es verdad, lo reconozco, y apenas le ponga la mano encima subsanaré mi error, tocayo, dijo Pedro Negrete, pero ahorita estamos aquí para subsanar el tuyo. Pues por mi parte no hay problema, tocayo, si tú quieres que te devuelva a tu muchacho yo te lo devuelvo, y Pedro Rengifo dio órdenes a uno de sus hombres para que fuera a buscar a Lalo Cura a la casa del jardinero. Mientras esperaban Pedro Negrete preguntó por la señora y los niños. Por el ganado. Por los negocios de alimentación que Pedro Rengifo tenía en Santa Teresa y otras ciudades del norte. La mujer se la pasa en Cuernavaca, dijo su tocayo, a los niños los habían cambiado de escuela, ahora estudiaban en los Estados Unidos (se cuidó de nombrar en dónde), el ganado era más una fuente de preocupaciones que un negocio y los hipermercados tenían sus subidas y sus bajadas. Después Pedro Negrete quiso saber qué tal había quedado el hombro de Lalo Cura. Está perfecto, tocayo, le dijo Pedro Rengifo. La chamba es poca. El chamaco se pasa el día durmiendo y leyendo revistas. Es feliz aquí. Ya lo sé, tocayo, dijo Pedro Negrete, pero tal como están las cosas un día de éstos lo pueden matar. No la amueles, tocayo, dijo Pedro Rengifo con una risotada, aunque de inmediato palideció.
Cuando volvían en coche a Santa Teresa Pedro Negrete le preguntó si le gustaría ser del cuerpo de policía. Lalo Cura movió la cabeza afirmativamente. Poco después de salir del rancho pasaron junto a una enorme piedra negra. Sobre la piedra Lalo creyó ver un lagarto gila, inmóvil, contemplando el oeste interminable.
Dicen que esta piedra en realidad es un meteorito, dijo Pedro Negrete. Sobre una hondonada, más al norte, hacía una curva el río Paredes, y desde el camino se podía ver como una alfombra verdinegra, las copas de los árboles, y sobre ellos la nube de polvo de las reses de Pedro Rengifo que iban a abrevar allí cada tarde. Pero si fuera un meteorito, dijo Pedro Negrete, habría dejado un cráter, ¿y dónde está el cráter? Cuando volvió a mirar la piedra negra por el espejo retrovisor el lagarto gila ya no estaba.
La primera mujer muerta del año 1994 fue encontrada por unos camioneros en un desvío de la carretera a Nogales, en medio del desierto. Los camioneros, ambos mexicanos, trabajaban para la maquiladora Key Corp y esa tarde, pese a llevar los camiones cargados, decidieron ir a comer y beber a un local llamado El Ajo, en donde uno de los camioneros, Antonio Villas Martínez, era conocido. Mientras se dirigían al local en cuestión, el otro camionero, Rigoberto Reséndiz, notó un resplandor en el desierto que lo dejó cegado durante unos instantes.
Pensando que se trataba de una broma se comunicó por radio con su compañero Villas Martínez y los camiones se detuvieron.
La carretera estaba vacía. Villas Martínez intentó convencer a Reséndiz de que probablemente lo había cegado el reflejo del sol sobre una botella o unos trozos de cristales rotos, pero entonces el otro vio un bulto a unos trescientos metros de la carretera y se dirigió hacia él. Al cabo de un rato Villas Martínez vio que Reséndiz lo llamaba con un silbido y también abandonó la carretera, no sin asegurarse de que ambos camiones quedaban perfectamente cerrados. Cuando llegó a donde lo esperaba su compañero vio el cadáver, que pese a tener la cara completamente destrozada no dejaba lugar a dudas de que se trataba de una mujer. Curiosamente, en lo primero que se fijó fue en el calzado, llevaba unas sandalias de cuero labrado, de buena manufactura. Villas Martínez se persignó. ¿Qué hacemos, compadre?, oyó que le decía Reséndiz. Por el tono de voz de su amigo comprendió que la pregunta era solamente retórica.
Avisar a la policía, dijo. Ésa es una buena idea, dijo Reséndiz.
En la cintura de la muerta vio un cinturón con una gran hebilla de metal. Eso fue lo que lo deslumbró, compadre, dijo.
Sí, ya me he dado cuenta, dijo Reséndiz. La muerta iba vestida con hot-pants y una blusa amarilla, de imitación de seda, con una gran flor negra estampada en el pecho y otra, de color rojo, en la espalda. Cuando llegó a las dependencias del forense éste se percató, asombrado, de que debajo de los hot-pants conservaba unas bragas blancas con lacitos en los costados. Por lo demás, había sido violada anal y vaginalmente, y la muerte había sido provocada por politraumatismo craneoencefálico, aunque también había recibido dos cuchilladas, una en el tórax y otra en la espalda, que la habían hecho perder sangre pero que no eran mortales de necesidad. El rostro, tal como habían comprobado los camioneros, era irreconocible. La fecha de la muerte se situó, a modo orientativo, entre el 1 de enero de 1994 y el 6 de enero, aunque sin descartar de modo alguno la posibilidad de que aquel cadáver hubiera sido abandonado en el desierto el 25 o el 26 de diciembre del año que ya había felizmente terminado.
La siguiente muerta fue Leticia Contreras Zamudio. La policía acudió al local nocturno La Riviera, sito entre las calles Lorenzo Sepúlveda y Álvaro Obregón, en el centro de Santa Teresa, tras recibir una llamada anónima. En uno de los reservados de La Riviera encontraron el cadáver, que presentaba múltiples heridas en abdomen y tórax, así como en los antebrazos, por lo que se supone que Leticia Contreras luchó por su vida hasta el último segundo. La muerta tenía veintitrés años y hacía más de cuatro que ejercía el oficio de prostituta, sin que jamás se la hubiera visto envuelta en ningún problema de orden público. Tras ser interrogadas, ninguna de sus compañeras supo decir con quién estaba Leticia Contreras en el reservado.
En el momento del crimen algunas la hacían en el lavabo.
Otras dijeron que se encontraba en los sótanos, en donde había cuatro mesas de pool, juego por el que Leticia sentía debilidad y en el cual demostraba no poco talento. Una incluso llegó a afirmar que estaba sola, ¿pero qué podía hacer una puta sola encerrada en un reservado? A las cuatro de la mañana se llevaron a la comisaría n.o 1 a todo el personal de La Riviera. Por esos días Lalo Cura aprendía el oficio de policía de tráfico. Trabajaba de noche, a pie, y se movía como un fantasma entre la colonia Álamos y la colonia Rubén Darío, de sur a norte, sin prisas, hasta que llegaba al centro y entonces podía volver a la comisaría n.o 1 o hacer lo que le diera la gana. Cuando se estaba quitando el uniforme oyó los gritos. Se metió en la ducha sin prestarles demasiada atención, pero cuando cerró el grifo los volvió a oír. Provenían de los calabozos. Se metió la pistola debajo del cinturón y salió al pasillo. A esa hora la comisaría n.o 1, exceptuando la sala de espera, estaba casi vacía. En la oficina antirrobos encontró a un compañero durmiendo. Lo despertó y le preguntó si sabía qué pasaba. El policía le dijo que había una fiesta en los calabozos y que si quería podía participar.
Cuando Lalo Cura salió el policía se había vuelto a quedar dormido. Desde las escaleras olió el alcohol. En uno de los calabozos habían apiñado a unos veinte detenidos. Los miró sin pestañear. Algunos de los detenidos dormían de pie. Uno que estaba pegado a los barrotes tenía la bragueta desabrochada.
Los del fondo eran una masa informe de oscuridad y pelos.
Olía a vómito. El habitáculo no debía de medir más de cinco metros por cinco. En el pasillo vio a Epifanio que miraba lo que ocurría en las otras celdas con un cigarrillo en los labios. Se le acercó para decirle que esos hombres iban a morir asfixiados o aplastados, pero al dar el primer paso ya no pudo decir nada.
En las otras celdas los policías estaban violando a las putas de La Riviera. Quíhuboles, Lalito, dijo Epifanio, ¿le entras a la pira? No, dijo Lalo Cura, ¿y tú? Yo tampoco, dijo Epifanio.
Cuando se cansaron de mirar ambos salieron a tomar el fresco a la calle. ¿Qué hicieron esas putas?, dijo Lalo. Parece que se madrugaron a una compañera, dijo Epifanio. Lalo Cura se quedó callado. La brisa que soplaba a esas horas por las calles de Santa Teresa era fresca de verdad. La luna, llena de cicatrices, aún resplandecía en el cielo.
Dos de las compañeras de Leticia Contreras Zamudio fueron acusadas formalmente de su asesinato, aunque no había ninguna prueba que las inculpara, salvo su presencia en La Riviera en el momento de los hechos. Nati Gordillo tenía treinta años y conocía a la muerta desde que ésta empezó a trabajar en el local nocturno. En el momento del asesinato se encontraba en el lavabo. Rubí Campos tenía veintiuno y no llevaba más de cinco meses en La Riviera. En el momento del asesinato se encontraba esperando a Nati al otro lado del lavabo, separadas la una de la otra sólo por una puerta. Ambas, quedó establecido, tenían una relación muy estrecha. Y se había comprobado que Rubí había sido agredida verbalmente por Leticia dos días antes del asesinato de ésta. Una compañera le había oído decir que ya se las pagaría. Cosa que la inculpada no negó, aclarando sin embargo que en ningún momento había llegado a pensar en el asesinato, sino más bien en una madriza. Las dos putas fueron trasladadas a Hermosillo, en donde se las encerró en el penal de mujeres Paquita Avendaño, en el cual estuvieron hasta que su caso pasó a otro juez, quien se apresuró a declararlas inocentes. En total pasaron dos años en prisión. Al salir dijeron que se iban a probar suerte al DF o tal vez se fueron a los Estados Unidos, lo único cierto es que por el estado de Sonora nunca más se las vio.
La siguiente muerta se llamaba Penélope Méndez Becerra.
Tenía once años. Su madre trabajaba en la maquiladora InterzoneBerny. Su hermana mayor, de dieciséis años, también prestaba sus servicios en la Interzone-Berny. El hermano que venía después, de quince, hacía de recadero y chico de los mandados de una panadería no muy lejos de la calle Industrial, donde vivían, en la colonia Veracruz. Ella era la menor y la única que estudiaba. Hacía siete años que el padre había abandonado el hogar. Entonces vivían todos en la colonia Morelos, muy cerca del parque industrial Arsenio Farrell, en una casa que el mismo padre construyó con cartones y ladrillos sueltos y trozos de zinc, junto a un zanjón que dos de las empresas maquiladoras abrieron para construir un desagüe que finalmente nunca se hizo. Tanto el padre como la madre eran del estado de Hidalgo, en el centro de la república, y ambos emigraron al norte en 1985, en busca de trabajo. Pero un día el padre decidió que con lo que ganaba en las maquiladoras no iban a mejorar las condiciones de vida de su familia y decidió cruzar la frontera. Partió junto con otros nueve, todos del estado de Oaxaca. Uno de ellos ya había hecho el viaje en tres ocasiones y decía que sabía cómo esquivar a la migra, para los demás aquél era su primer intento. El pollero que los llevó al otro lado les dijo que no se preocuparan y que si por una desgracia los detenían se entregaran sin ofrecer resistencia. El padre de Penélope Méndez gastó todos sus ahorros en aquel viaje. Prometió que escribiría apenas llegara a California. En sus planes estaba el llevarse a su familia en menos de un año.
Nunca más supieron nada de él. La madre pensó que tal vez ahora vivía con otra mujer, una norteamericana o una mexicana, y que llevaba una buena vida. También pensó, sobre todo los primeros meses, que había muerto en el desierto, de noche, solo, escuchando el aullido de los coyotes y pensando en sus hijos, o en una calle norteamericana, atropellado por un coche que luego se había dado a la fuga, pero esta clase de pensamientos la inmovilizaba (eran pensamientos en donde todo el mundo hablaba otro idioma, incluso su marido, un idioma incomprensible) y decidió no tenerlos. Además, si hubiera muerto, reflexionaba, alguien se lo hubiera avisado a ella, ¿no?
En cualquier caso ya tenía suficientes problemas en su propia casa como para dedicarse a especular sobre el destino de su marido.
Y le costó sacar adelante a la familia. Pero como era una mujer servicial y discreta, de talante optimista, y que además sabía escuchar, no le faltaron amistades. Sobre todo mujeres a quienes su historia no les parecía rara ni singular sino algo común y corriente. Una de estas amigas le consiguió el trabajo en Interzone-Berny. Al principio realizaba largas caminatas desde el zanjón donde vivían hasta el trabajo. De los niños se ocupaba la hermana mayor. Ésta se llamaba Livia y una tarde un vecino borracho quiso violarla. Al volver del trabajo Livia le contó lo que había pasado y ella fue a visitar al vecino con un cuchillo en el bolsillo del delantal. Habló con él y habló con su mujer y luego volvió a hablar con él: ruégale a la Virgencita de que nada le pase a mi hija, le dijo, porque cualquier cosa que le pase yo te echaré la culpa a ti y con este cuchillo te mataré.
El vecino le dijo que a partir de ese momento todo iba a cambiar. Pero ella a esas alturas ya no creía en la palabra de los hombres y trabajó duro e hizo horas extra y llegó incluso a vender tortas a sus propias compañeras de trabajo, en la hora de la comida, hasta que tuvo dinero suficiente para alquilar una casita en la colonia Veracruz, que le quedaba más lejos de Interzone que la que tenía en el zanjón, pero que era una casita de verdad, con dos habitaciones, con tabiques bien puestos, con una puerta que se podía cerrar con llave. No le importó tener que caminar veinte minutos más cada mañana. Al contrario, los caminaba casi cantando. No le importó pasarse noches sin dormir, empalmando un turno con otro, o quedarse hasta las dos de la mañana en la cocina, preparando las tortas bien picantes que sus compañeras se comerían al día siguiente, cuando ella partiera a la fábrica a las seis. Al contrario, el esfuerzo físico la llenaba de energía, el agotamiento se convertía en vivacidad y gracia, los días eran largos, lentísimos, y el mundo (percibido como un naufragio interminable) le mostraba su cara más vivaz y la hacía tomar conciencia de que la suya, naturalmente, también lo era. A los quince años su hija mayor empezó a trabajar. Los viajes a la fábrica, que aún hacían a pie, se acortaron entonces entre conversaciones y risas. El hijo dejó la escuela a los catorce. Durante unos meses trabajó en la Interzone-Berny, pero al cabo de varios avisos lo echaron por despistado. Las manos del muchacho eran demasiado grandes y demasiado torpes. La madre entonces le consiguió trabajo en una panadería del barrio. La única que estudiaba era Penélope Méndez Becerra. Su escuela se llamaba Escuela Primaria Aquiles Serdán y estaba en la calle Aquiles Serdán. Allí había niños de la colonia Carranza y de la Veracruz y de la Morelos e incluso también iba algún niño del centro. Penélope Méndez Becerra estaba en quinto de primaria. Era una niña callada, pero que siempre sacaba buenas notas. Tenía el pelo negro, largo y lacio. Un día salió de la escuela y ya no la volvieron a ver.












