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  – Por supuesto -dijo Morini.

  Una azafata vino a hablar con ellos y al cabo de pocos minutos se alejó sonriendo. La cola de los pasajeros empezó a moverse.

  Norton le dio a Morini un beso en la mejilla y se marchó.

  Antes de abandonar la galería, más que cabizbajos, pensativos, el propietario y único empleado de ésta les contó que pronto el establecimiento cerraría sus puertas. Con un vestido de lamé colgando del brazo, les dijo que la casa, de la que la galería formaba parte, había sido de su abuela, una señora muy digna y avanzada. Al morir la abuela la casa fue heredada por sus tres nietos, en teoría a partes iguales. Pero por entonces él, que era uno de los nietos, vivía en el Caribe, en donde además de aprender a hacer cócteles Margarita se dedicaba a labores de información y espionaje. A todos los efectos era una especie de desaparecido. Un espía hippie de costumbres más bien viciosas, fueron sus palabras. Cuando volvió a Inglaterra se encontró con que sus primos habían ocupado toda la casa. A partir de ese momento empezó a pleitear con ellos. Pero los abogados costaban caro y finalmente se tuvo que conformar con tres habitaciones, en donde puso su galería de arte. Pero el negocio no funcionaba: ni vendía cuadros, ni vendía ropa usada, y pocas personas iban a degustar sus cócteles. Este barrio es demasiado chic para mis clientes, dijo, ahora las galerías están en viejos barrios obreros remodelados, los bares en el tradicional circuito de bares y la gente de por aquí no compra ropa usada. Cuando Norton, Pelletier y Espinoza ya se habían levantado y se disponían a bajar la escalerilla de metal que conducía a la calle, el propietario de la galería les comunicó que, para colmo, en los últimos tiempos había empezado a aparecérsele el fantasma de su abuela. Esta confesión suscitó el interés de Norton y sus acompañantes.

  ¿La ha visto?, preguntaron. La he visto, dijo el propietario de la galería, al principio sólo oía ruidos desconocidos, como de agua y de burbujas de agua. Unos ruidos que nunca antes había escuchado en esta casa, si bien, al subdividirla para vender los pisos y, por lo tanto, al instalar nuevos servicios sanitarios, alguna razón lógica tal vez explicara los ruidos, aunque él nunca antes los hubiera oído. Pero después de los ruidos vinieron los gemidos, unos ayes que no eran precisamente de dolor sino más bien de extrañeza y frustración, como si el fantasma de su abuela recorriera su antigua casa y no la reconociera, reconvertida como estaba en varias casas más pequeñas, con paredes que ella no recordaba y muebles modernos que a ella le debían de parecer vulgares y espejos donde nunca antes hubo ningún espejo.

  A veces el propietario, de tan deprimido que estaba, se quedaba a dormir en la tienda. No estaba deprimido, por supuesto, por los ruidos o gemidos del fantasma, sino por cómo le iba el negocio, al borde de la ruina. En esas noches podía oír los pasos con total claridad, los gemidos de su abuela, que se paseaba por el piso de arriba como si no entendiera nada del mundo de los muertos y del mundo de los vivos. Una noche, antes de cerrar la galería, la vio reflejada en el único espejo que había, en un rincón, un viejo espejo victoriano de cuerpo entero que estaba allí para que las clientas se probaran los vestidos.

  Su abuela miraba uno de los cuadros colgados en la pared y luego trasladaba la vista a la ropa que colgaba de los percheros y también miraba, como si aquello ya fuera el colmo, las dos únicas mesas del establecimiento.

  Su gesto era de horror, dijo el propietario. Aquélla había sido la primera y la última vez que la había visto, aunque de tanto en tanto volvía a escucharla pasear por los pisos superiores, en donde seguramente se movía a través de las paredes que antes no existían. Cuando Espinoza le preguntó por la naturaleza de su antiguo trabajo en el Caribe, el propietario sonrió tristemente y les aseguró que no estaba loco, como cualquiera hubiera podido creer. Había sido espía, les dijo, de la misma forma en que otros trabajan en el censo o en algún departamento de estadística. Las palabras del propietario de la galería, sin que ellos pudieran precisar el porqué, los entristecieron muchísimo.

  Durante un seminario en Toulouse conocieron a Rodolfo Alatorre, joven mexicano entre cuyas variopintas lecturas se encontraba la obra de Archimboldi. El mexicano, que disfrutaba de una beca para la creación y que pasaba sus días empeñado, al parecer vanamente, en escribir una novela moderna, asistió a algunas conferencias y luego se presentó a sí mismo a Norton y a Espinoza, quienes se lo sacaron de encima sin miramientos, y luego a Pelletier, quien lo ignoró soberanamente, pues Alatorre en nada se diferenciaba de la horda de jóvenes universitarios europeos más bien pesados que pululaban alrededor de los apóstoles archimboldianos. Para mayor vergüenza, Alatorre ni siquiera sabía hablar alemán, lo que lo descalificaba de antemano.

  El seminario de Toulouse, por otra parte, fue un éxito de público y entre aquella fauna de críticos y especialistas que se conocían de anteriores congresos y que, al menos exteriormente, parecían felices de volver a verse y deseosos de proseguir antiguas discusiones, el mexicano no tenía nada que hacer salvo marcharse a casa, algo que no quería hacer pues su casa era un cuarto desangelado de becario en donde sólo lo esperaban sus libros y manuscritos, o quedarse en un rincón y sonreír a diestra y siniestra fingiendo estar concentrado en problemas de índole filosófica, que es lo que finalmente hizo. Esta posición o esta toma de posición, no obstante, le permitió fijarse en Morini, que, recluido en su silla de ruedas y contestando distraídamente los saludos de los demás, ofrecía o eso le pareció a Alatorre un desamparo similar al suyo. Al cabo de poco rato, tras presentarse a Morini, el mexicano y el italiano deambulaban por las calles de Toulouse.

  Primero hablaron de Alfonso Reyes, a quien Morini conocía pasablemente, y luego de Sor Juana, de quien Morini no podía olvidar aquel libro escrito por Morino, ese Morino que parecía ser él mismo, en donde se reseñaban las recetas de cocina de la monja mexicana. Luego hablaron de la novela de Alatorre, la novela que pensaba escribir y la única novela que ya había escrito, de la vida de un joven mexicano en Toulouse, de los días invernales que pese a ser cortos se hacían interminablemente largos, de los pocos amigos franceses que tenía (la bibliotecaria, otro becario de nacionalidad ecuatoriana a quien sólo veía de vez en cuando, el mozo de un bar cuya idea de México a Alatorre le parecía mitad estrambótica, mitad ofensiva), de los amigos que había dejado en el DF y a quienes, diariamente, escribía largos e-mails monotemáticos sobre su novela en curso y sobre la melancolía.

  Uno de estos amigos del DF, según Alatorre, y esto lo dijo inocentemente, con esa pizca de fanfarronería poco astuta de los escritores menores, había conocido hacía poco tiempo a Archimboldi.

  Al principio Morini, que no le prestaba demasiada atención y que se dejaba arrastrar por los sitios que Alatorre consideraba dignos de interés, y que efectivamente, sin ser paradas turísticas obligatorias, poseían un interés cierto, como si la vocación secreta y auténtica de Alatorre, más que la de novelista, fuera la de guía turístico, creyó que el mexicano, el cual, por lo demás, sólo había leído dos novelas de Archimboldi, fanfarroneaba o él lo había entendido mal o no sabía que Archimboldi estaba desaparecido desde siempre.

  La historia que contó Alatorre, sucintamente, era ésta: su amigo, un ensayista y novelista y poeta llamado Almendro, un tipo de unos cuarenta y tantos años más conocido entre los amigos por el mote del Cerdo, había recibido una llamada telefónica a medianoche. El Cerdo, tras hablar un momento en alemán, se vistió y salió en su coche rumbo a un hotel cercano al aeropuerto de Ciudad de México. Pese a que no había mucho tráfico a esa hora, llegó al hotel pasada la una de la mañana.

  En el lobby del hotel encontró a un recepcionista y a un policía. El Cerdo sacó su identificación como alto funcionario del gobierno y luego subió con el policía a una habitación del tercer piso. Allí había dos policías más y un viejo alemán que estaba sentado en la cama, despeinado, vestido con una camiseta gris y pantalones vaqueros, descalzo, como si la llegada de la policía lo hubiera sorprendido durmiendo. Evidentemente el alemán, pensó el Cerdo, dormía vestido. Uno de los policías estaba mirando la tele. El otro fumaba reclinado en la pared. El policía que llegó con el Cerdo apagó la tele y les dijo que lo siguieran.

  El policía que estaba reclinado sobre la pared pidió explicaciones, pero el policía que había subido con el Cerdo le dijo que mantuviera la boca cerrada. Antes de que los policías abandonaran la habitación el Cerdo preguntó, en alemán, si le habían robado algo. El viejo dijo que no. Querían dinero, pero no habían robado nada.

  – Eso está bien -dijo el Cerdo en alemán-, parece que estamos mejorando.

  Luego preguntó a los policías a qué comisaría estaban adscritos y los dejó marchar. Cuando los policías se hubieron ido el Cerdo se sentó junto a la tele y le dijo que lo sentía. El viejo alemán se levantó de la cama sin decir nada y se metió en el lavabo.

  Era enorme, le escribió el Cerdo a Alatorre. Casi dos metros.

  O un metro noventaicinco. En cualquier caso: enorme e imponente. Cuando el viejo salió del baño el Cerdo se dio cuenta de que ahora estaba calzado y le preguntó si le apetecía salir a dar una vuelta por el DF o ir a tomar algo.

  – Si tiene sueño -añadió-, dígamelo y me marcharé de inmediato.

  – Mi avión sale a las siete de la mañana -dijo el viejo.

  El Cerdo miró el reloj, eran las dos de la mañana pasadas, y no supo qué decir. Él, como Alatorre, conocía apenas la obra literaria del viejo, sus libros traducidos al español se publicaban en España y llegaban tarde a México. Hacía tres años, cuando dirigía una editorial, antes de convertirse en uno de los dirigentes culturales del nuevo gobierno, intentó publicar Los bajos fondos de Berlín, pero los derechos ya los tenía una editorial de Barcelona. Se preguntó cómo, quién le había dado al viejo su número de teléfono. Plantearse la pregunta, una pregunta que no pensaba responder de ninguna manera, ya lo hizo feliz, lo llenó de una felicidad que en cierta forma lo justificaba como persona y como escritor.

  – Podemos salir -dijo-, yo estoy dispuesto.

  El viejo se puso una chaqueta de cuero sobre la camiseta gris y lo siguió. Lo llevó a la plaza Garibaldi. Cuando llegaron no había mucha gente, la mayoría de los turistas había regresado a sus hoteles y sólo quedaban borrachos y noctámbulos, gente que iba a cenar y corros de mariachis que hablaban del último partido de fútbol. Por las bocacalles de la plaza se deslizaban sombras que en ocasiones se detenían y los escrutaban.

  El Cerdo se tanteó la pistola que desde que trabajaba en el gobierno solía llevar. Entraron en un bar y el Cerdo pidió tacos de carnita. El viejo bebió tequila y él se conformó con una cerveza.

  Mientras el viejo comía el Cerdo se puso a pensar en los cambios que da la vida. Menos de diez años atrás, si él hubiera entrado en ese mismo bar y se hubiera puesto a hablar en alemán con un viejo larguirucho como aquél, no habría faltado alguien que lo insultara o se sintiera, por los motivos más peregrinos, ofendido. La pelea inminente, entonces, hubiera acabado con el Cerdo pidiendo disculpas o dando explicaciones e invitando a una ronda de tequilas. Ahora nadie se metía con él, como si el hecho de llevar una pistola debajo de la camisa o trabajar en un alto puesto en el gobierno fuera un aura de santidad que los matones y los borrachos eran capaces de percibir desde lejos. Pinches mamones cobardes, pensó el Cerdo. Me huelen, me huelen y se cagan en los pantalones. Luego se puso a pensar en Voltaire (¿por qué Voltaire, chingados?) y luego se puso a pensar en una vieja idea que le rondaba desde hacía un tiempo por la cabeza, la de pedir una embajada en Europa, o al menos una agregaduría cultural, aunque con las conexiones que él tenía lo menos que podían darle era una embajada. Lo malo es que en una embajada sólo iba a tener un salario, el salario de embajador. Mientras el alemán comía el Cerdo puso sobre la balanza los pros y los contras de ausentarse de México.

  Entre los pros se hallaba, sin duda, el poder retomar su trabajo como escritor. Le seducía la idea de vivir en Italia o cerca de Italia y pasar largas temporadas en la Toscana y en Roma escribiendo un ensayo sobre Piranesi y sus cárceles imaginarias, que él veía extrapoladas, más que en las cárceles mexicanas, en el imaginario y en la iconografía de algunas cárceles mexicanas.

  Entre los contras estaba, sin duda, la lejanía física del poder.

  Alejarse del poder nunca es bueno, eso lo había descubierto muy temprano, antes de acceder al poder real, cuando dirigía la editorial que intentó publicar a Archimboldi.

  – Oiga -le dijo de pronto-, ¿no se decía que a usted no lo había visto nadie?

  El viejo lo miró y le sonrió educadamente.

  Esa misma noche, después de que Pelletier, Espinoza y Norton volvieran a escuchar de labios de Alatorre la historia del alemán, llamaron por teléfono a Almendro, alias el Cerdo, quien no opuso ningún reparo en relatarle a Espinoza lo que en líneas generales Alatorre ya les había contado. La relación entre éste y el Cerdo era, en cierta manera, una relación maestroalumno o una relación hermano mayor-hermano menor, de hecho había sido el Cerdo quien le consiguió la beca en Toulouse a Alatorre, lo que de alguna manera clarificaba el grado de aprecio que el Cerdo sentía por su hermanito, pues en su poder estaba el conseguir becas más vistosas y en parajes más prestigiosos, para no hablar de una agregaduría cultural en Atenas o en Caracas, que sin ser mucho son algo y que Alatorre hubiera agradecido de corazón, aunque tampoco, en honor a la verdad, le hizo ascos a la bequita en Toulouse. Para la próxima, estaba seguro, el Cerdo sería más munificiente con él. Almendro, por su parte, no había cumplido aún los cincuenta años y su obra, fuera de las fronteras del DF, era inconmensurablemente desconocida. Pero en el DF, y en algunas universidades norteamericanas, todo hay que decirlo, su nombre era familiar, incluso excesivamente familiar. ¿De qué manera, pues, Archimboldi, suponiendo que aquel viejo alemán fuera en verdad Archimboldi y no un bromista, se hizo con su teléfono? Según creía el Cerdo, el teléfono se lo había proporcionado su editora alemana, la señora Bubis. Espinoza le preguntó, no sin cierta perplejidad, si conocía él a la insigne dama.

  – Por supuesto -dijo el Cerdo-, estuve en una fiesta en Berlín, en una charreada cultural con algunos editores alemanes y allí nos presentaron.

  «¿Qué demonios es una charreada cultural?», escribió Espinoza en un papel que vieron todos y que sólo Alatorre, a quien iba dirigido, atinó a descifrar.

  – Le debí de dar mi tarjeta -dijo el Cerdo desde el DF.

  – Y en su tarjeta iba su número de teléfono particular.

  – Así es -dijo el Cerdo-. Le debí de dar mi tarjeta A, en la tarjeta B sólo está el número del teléfono de la oficina. Y en la tarjeta C sólo está el número del teléfono de mi secretaria.

  – Entiendo -dijo Espinoza armándose de paciencia.

  – En la tarjeta D no hay nada, está en blanco, sólo mi nombre y nada más -dijo el Cerdo riéndose.

  – Ya, ya -dijo Espinoza-, en la tarjeta D sólo su nombre.

  – Eso -dijo el Cerdo-, sólo mi nombre y punto. Ni número de teléfono ni oficio ni calle donde vivo ni nada, ¿entiende?

  – Lo entiendo -dijo Espinoza.

  – A la señora Bubis le di, obviamente, la tarjeta A.

  – Y ella se la debió de dar a Archimboldi -dijo Espinoza.

  – Correcto -dijo el Cerdo.

  Hasta las cinco de la mañana estuvo el Cerdo con el viejo alemán. Después de comer (el viejo tenía hambre y pidió más tacos y más tequila, mientras el Cerdo hundía la cabeza como una avestruz en reflexiones sobre la melancolía y el poder) se fueron a dar una vuelta por los alrededores del Zócalo, en donde visitaron la plaza y los yacimientos aztecas que surgían como lilas en una tierra baldía, según expresión del Cerdo, flores de piedra en medio de otras flores de piedra, un desorden que seguro no iba a llevar a ninguna parte, sólo a más desorden, dijo el Cerdo, mientras él y el alemán caminaban por las calles aledañas al Zócalo, hasta la plaza de Santo Domingo, en donde por el día, bajo las arcadas, se aposentaban los escribanos con sus máquinas de escribir, para redactar cartas o petitorios de índole legal o judicial. Después fueron a ver el Ángel en Reforma, pero aquella noche el Ángel estaba apagado y el Cerdo, mientras giraban alrededor de la glorieta, sólo pudo explicárselo al alemán, que miraba hacia arriba desde la ventanilla abierta del coche.

  A las cinco de la mañana volvieron al hotel. El Cerdo esperó en el lobby, fumándose un cigarrillo. Cuando el viejo salió del ascensor sólo llevaba una maleta e iba vestido con la misma camiseta gris y los pantalones vaqueros. Las avenidas que llevaban hacia el aeropuerto estaban vacías y el Cerdo se saltó varios semáforos en rojo. Intentó buscar un tema de conversación pero fue imposible. Ya le había preguntado, mientras comían, si había estado antes en México y el viejo le respondió que no, lo que resultaba extraño, pues casi todos los escritores europeos en algún momento habían estado allí. Pero el viejo dijo que aquélla era la primera vez. Cerca del aeropuerto había más coches y el tráfico dejó de ser fluido. Cuando entraron en el párking el viejo quiso despedirse pero el Cerdo insistió en acompañarlo.

  – Déme su maleta -dijo.

  La maleta tenía ruedas y apenas pesaba. El viejo volaba desde el DF hasta Hermosillo.

  – ¿Hermosillo? -dijo Espinoza-, ¿dónde queda eso?

  – En el estado de Sonora -dijo el Cerdo-. Es la capital de Sonora, en el noroeste de México, en la frontera con los Estados Unidos.

  – ¿Qué va a hacer usted a Sonora? -dijo el Cerdo.

  El viejo dudó un momento antes de responder, como si se le hubiera olvidado hablar.

  – Voy a conocer -dijo.

  Aunque el Cerdo no estaba seguro. Tal vez dijo aprender y no conocer.

  – ¿Hermosillo? -dijo el Cerdo.

  – No, Santa Teresa -dijo el viejo-. ¿La conoce usted?

  – No -dijo el Cerdo-, he estado un par de veces en Hermosillo, dando conferencias sobre literatura, hace tiempo, pero nunca en Santa Teresa.

  – Creo que es una ciudad grande -dijo el viejo.

  – Es grande, sí -dijo el Cerdo-, hay fábricas, y también problemas. No creo que sea un lugar bonito.

 

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