2666, page 85
Al tercer día Loya me llamó a las diez de la noche. Me dijo que ya tenía listo un primer informe y que si quería me lo podía mostrar de inmediato. Para pronto es tarde, le dije. ¿Dónde está usted? En mi coche, dijo Loya, no es necesario que se mueva, voy para su casa. El dossier de Loya tenía diez páginas. Su trabajo había consistido en hacer un seguimiento detallado de las actividades profesionales de Kelly. Aparecían algunos nombres, gente del DF, fiestas en Acapulco, Mazatlán, Oaxaca. Según Loya, la mayoría de los encargos laborales de Kelly podían considerarse, sin más, como prostitución encubierta. Prostitución de altas esferas. Sus modelos eran putas, las fiestas que organizaba eran sólo para hombres, incluso su porcentaje de ganancias se asemejaba al de una madam de lujo. Le dije que no me lo podía creer. Le arrojé los papeles a la cara. Loya se inclinó y recogió los papeles del suelo y me los volvió a dar. Léalo entero, dijo. Seguí leyendo. Mierda, pura mierda. Hasta que apareció el nombre de Salazar Crespo. Según Loya, Kelly ya había trabajado otras veces para Salazar Crespo, en total cuatro veces. También leí que entre 1990 y 1994 Kelly había viajado en avión por lo menos diez veces a Hermosillo y que, de estas diez veces, en siete ocasiones había tomado luego otro avión rumbo a Santa Teresa. Los encuentros con Salazar Crespo estaban señalados bajo la rúbrica «organización de fiesta». A juzgar por los vuelos de Hermosillo al DF nunca estuvo más de dos noches en Santa Teresa. El número de modelos que llevaba a esta ciudad era variable. Al principio, en el año 90 o 91, llegó a ir con cuatro o cinco. Después sólo iba con dos y los últimos viajes los hizo sola. Tal vez entonces, realmente, organizaba fiestas. Otro nombre aparecía junto al de Salazar Crespo. Un tal Conrado Padilla, empresario sonorense con intereses en algunas maquiladoras, en algunas empresas de transporte y en el matadero de Santa Teresa. Para este Conrado Padilla había trabajado en tres ocasiones, según Loya. Le pregunté quién era Conrado Padilla. Loya se encogió de hombros y me dijo que era un tipo con mucho dinero, es decir un tipo expuesto a todos los peligros, a todas las desgracias. Le pregunté si había estado en Santa Teresa. No, dijo. Le pregunté si había mandado a alguno de sus empleados. No, dijo. Le dije que fuera a Santa Teresa, que lo quería ver allí, en el cogollito del asunto, y que siguiera investigando. Durante un rato pareció pensar en mi propuesta o más bien pareció buscar las palabras que tenía que decirme. Luego dijo que no quería que yo perdiera ni mi dinero ni mi tiempo. Que, tal como lo veía él, el caso estaba cerrado.
¿Quiere decir que cree que Kelly está muerta?, le grité. Más o menos, dijo sin perder un ápice de compostura. ¿Cómo que más o menos?, grité. ¡O se está muerto o no se está muerto, chingados! En México uno puede estar más o menos muerto, me contestó muy seriamente. Lo miré con ganas de abofetearlo.
Qué tipo tan frío y reservado era ése. No, le dije casi silabeando, ni en México ni en ninguna otra parte del mundo alguien puede estar más o menos muerto. Deje de hablar como si fuera un guía turístico. O mi amiga está viva, y entonces quiero que la encuentre, o mi amiga está muerta, y entonces quiero a sus asesinos. Loya sonrió. ¿De qué se ríe?, le pregunté. Me ha hecho gracia lo del guía turístico, dijo. Estoy harta de los mexicanos que hablan y se comportan como si todo esto fuera Pedro Páramo, dije. Es que tal vez lo sea, dijo Loya. No, no lo es, se lo puedo asegurar, dije yo. Durante un rato Loya permaneció en silencio, sentado con las piernas cruzadas, con mucha dignidad, pensando en lo que le acababa de decir. Puedo tardar meses, incluso años, dijo Loya finalmente. Y además, añadió después, no creo que me dejen hacer mi trabajo. ¿Quiénes? Su propia gente, diputada, sus propios compañeros de partido. Yo estaré detrás suyo, yo lo voy a respaldar en cada momento, le dije. Me parece que usted se sobrestima, dijo Loya. Chingados, claro que me sobrestimo, si no lo hiciera no estaría donde estoy, dije yo. Loya volvió a quedarse en silencio. Por un instante pensé que se había dormido, pero tenía los ojos muy abiertos.
Si no lo hace usted, ya encontraré a otro, le dije sin mirarlo. Al cabo de un rato se levantó. Lo acompañé hasta la puerta. ¿Va a trabajar para mí? Veré qué puedo hacer, pero no le prometo nada, me dijo, y se perdió por el sendero que conduce hasta la calle, en donde estaban mi guardaespaldas y mi chofer albureándose como dos zombis.
Una noche Mary-Sue Bravo soñó que una mujer estaba sentada a los pies de su cama. Sintió el peso de un cuerpo aplastando el colchón, pero cuando se estiró no tocó nada.
Aquella noche, antes de irse a la cama, había leído en Internet un par de noticias sobre los Uribe. En una de ellas, firmada por un periodista de un conocido diario del DF, se decía que Antonio Uribe estaba, efectivamente, desaparecido. Su primo Daniel Uribe se encontraba, al parecer, en Tucson, el periodista había hablado con él por teléfono. Según Daniel Uribe, toda la información facilitada por Haas era una sarta de embustes fácilmente rebatibles. Sobre el paradero de Antonio, sin embargo, no daba ningún detalle o los detalles que le arrancó el periodista eran ambiguos, inexactos, dilatorios. Cuando MarySue despertó la sensación de que había otra mujer en la habitación no se fue del todo hasta que se levantó de la cama y se bebió un vaso de agua en la cocina. Al día siguiente llamó a la abogada de Haas. No sabía muy bien qué quería preguntarle, qué quería escuchar, pero la necesidad de oír su voz se impuso a cualquier imperativo lógico. Tras identificarse le preguntó cómo estaba su cliente. Isabel Santolaya dijo que igual que en los últimos meses. Le preguntó si había leído las declaraciones de Daniel Uribe. La abogada dijo que sí. Voy a intentar entrevistarlo, dijo Mary-Sue. ¿Se le ocurre algo que debería preguntarle?
No, no se me ocurre nada, dijo la abogada. A Mary-Sue le pareció que la abogada hablaba como hablan las personas sometidas a un trance hipnótico. Luego, sin venir a cuento, le preguntó por su vida. Mi vida no tiene importancia, dijo la abogada. El tono con que lo dijo fue igual al que emplearía una mujer arrogante al dirigirse a una adolescente entrometida.
El quince de diciembre Esther Perea Peña, de veinticuatro años, fue muerta por un disparo en el salón de baile Los Lobos.
La víctima estaba sentada a una mesa en compañía de tres amigas.
En una de las mesas vecinas un tipo bien parecido, de traje negro y camisa blanca, sacó un arma y se puso a manipularla.
Se trataba de una pistola Smith &Wesson modelo 5906 con cargador de quince tiros. Según algunos testigos el mismo tipo antes había sacado a bailar a Esther y a una de sus amigas, lo que había sucedido en un clima de distensión y cordialidad.
Los dos acompañantes del tipo de la pistola, según la versión de los testigos, lo conminaron a que guardara el arma. El tipo no les hizo caso. Al parecer quería impresionar a alguien, presumiblemente a la misma víctima o a la amiga de la víctima con la que previamente había bailado. Según otros testigos, el tipo dijo ser policía judicial adscrito a la brigada de narcóticos. Pinta de judicial tenía. Era alto y fuerte, y además tenía un buen corte de pelo. En determinado momento, mientras manipulaba el arma, se le disparó la bala de la recámara, la cual hirió mortalmente a Esther. Cuando llegó la ambulancia la joven había muerto y el agresor había desaparecido. Se encargó personalmente del caso el judicial Ortiz Rebolledo y a la mañana siguiente pudo informar a la prensa de que la policía había encontrado el cuerpo de un hombre (cuyas ropas y características físicas coincidían con las del asesino de Esther) tirado en los viejos terrenos deportivos de PEMEX, con una Smith &Wesson igualita a la que llevaba el asesino de Esther y un balazo en la sien derecha. Se llamaba Francisco López Ríos y tenía un amplio prontuario como ladrón de coches. Pero no era un asesino nato y matar a alguien, aunque fuera de forma accidental, lo debió de alterar bastante. El tipo se suicidó, dijo Ortiz Rebolledo.
Caso cerrado. Más tarde Lalo Cura le comentaría a Epifanio que era raro que no hubiera habido una rueda de reconocimiento del cadáver. Y que también era raro que no hubieran aparecido los acompañantes del homicida. Y que también era raro que la Smith &Wesson, una vez guardada en los almacenes de la policía, hubiera desaparecido. Y que lo más raro de todo era que un ladrón de coches se suicidara. ¿Usted conoció a ese Francisco López Ríos?, le preguntó Epifanio. Lo vi una vez y yo no diría que era un tipo atractivo, dijo Lalo Cura. No, más bien parecía una rata. Todo es raro, dijo Epifanio.
Durante dos años tuve a Loya trabajando en el caso. Durante dos años tuve tiempo para forjar una imagen que poco a poco fue calando en los medios de comunicación: la de la mujer sensibilizada contra la violencia, la de la mujer que representaba el cambio en el seno del partido, no sólo un cambio generacional sino también un cambio de actitud, una visión abierta y no dogmática de la realidad mexicana. En realidad, yo sólo ardía de rencor por la desaparición de Kelly, por la broma macabra de la que había sido objeto. Cada vez me importaba menos la consideración que podía lograr en aquello que llamamos el público, los votantes, a quienes en el fondo no veía o si veía, de forma accidental o episódica, despreciaba. A medida que conocía otros casos, sin embargo, a medida que oía otras voces, mi rabia fue adquiriendo una estatura, digamos, de masa, mi rabia se hizo colectiva o expresión de algo colectivo, mi rabia, cuando se dejaba contemplar, se veía a sí misma como el brazo vengador de miles de víctimas. Sinceramente, creo que me estaba volviendo loca. Esas voces que escuchaba (voces, nunca rostros ni bultos) provenían del desierto. En el desierto yo vagaba con un cuchillo en la mano. En la hoja del cuchillo se reflejaba mi rostro. Tenía el pelo blanco y los pómulos como chupados y cubiertos de pequeñas cicatrices. Cada cicatriz era una pequeña historia que me esforzaba vanamente por recordar. Terminé tomando pastillas para los nervios. Cada tres meses veía a Loya. Por expreso deseo suyo nunca lo iba a ver a su oficina. A veces él me llamaba o yo lo llamaba a él, a un teléfono seguro, y nunca decíamos gran cosa cuando hablábamos por teléfono, porque nada hay, decía Loya, seguro al ciento por ciento. Gracias a los informes de Loya fui construyendo un mapa o completando un puzzle del lugar donde había desaparecido Kelly. Así supe que las fiestas que daba el banquero Salazar Crespo eran en realidad orgías y que Kelly presumiblemente hacía de directora de orquesta de esas orgías. Loya había hablado con una modelo que trabajó para Kelly durante unos meses y que ahora vivía en San Diego. Esa modelo le dijo que Salazar Crespo hacía las fiestas indistintamente en dos ranchos de su propiedad, ranchos improductivos, trozos de tierra que los ricos compran y que no explotan ni con ganadería ni con agricultura. Es simplemente una extensión de tierra y en medio una casa grande, con un salón amplio y muchas habitaciones, a veces, pero no siempre, una piscina, en realidad no son lugares cómodos, no hay un gusto femenino en esas propiedades.
En el norte los llaman narcorranchos, porque muchos narcotraficantes tienen ranchos de este tipo, más que ranchos guarniciones en medio del desierto, algunos incluso con torres de vigilancia en donde instalan a sus tiradores de élite. Estos narcorranchos a veces permanecen vacíos durante largas temporadas.
Si acaso dejan a un empleado, sin llaves para entrar en la casa principal, encargado de nada, de vagar por unos pedregales improductivos, encargado de vigilar que no se instale en el lugar una manada de perros salvajes. Estos pobres hombres sólo tienen un teléfono celular y unas instrucciones vagas que poco a poco van olvidando. Según Loya, no es extraño que a veces uno de ellos muera y nadie se entere o que desaparezca, simplemente, atraído por el simurg del desierto. Luego, de pronto, el narcorrancho vuelve a la vida. Primero llegan unos empleados menores, póngale usted tres o cuatro, a bordo de una Combi, y preparan en un día la casa grande. Luego llegan los guardaespaldas, los tipos fornidos, en sus Suburban negras o en sus Spirit o Peregrinos, y lo primero que hacen al llegar, además de pavonearse, es trazar un perímetro de seguridad. Finalmente aparece el dueño y sus achichincles de confianza. Mercedes Benz o Porsches blindados culebreando en medio del recato del desierto. Por la noche las luces no se apagan. Es posible ver carros de todo tipo, hasta Lincoln Continental y viejos Cadillacs de coleccionista que llevan y sacan gente del rancho. Trackers cargados de carne, la pastelería que llega en Chevys Astra. Y música y gritos toda la noche. Ésas eran las fiestas que, según me dijo Loya, contribuía a organizar Kelly en sus viajes al norte.
Según Loya, al principio Kelly llevaba modelos dispuestas a ganar bastante dinero en poco tiempo. La muchacha que vivía en San Diego le había contado que nunca eran más de tres. En las fiestas había otras mujeres, mujeres a las que Kelly en principio no conocía, chavas jovencitas, más jovencitas que las modelos, a las que Kelly vestía convenientemente para las fiestas. Putitas de Santa Teresa, supongo. ¿Qué pasaba durante las noches?
Pues lo usual. Los hombres se emborrachaban o se drogaban, veían partidos de fútbol o de béisbol grabados en vídeo, jugaban a las cartas, salían al patio a hacer puntería, hablaban de negocios. Nadie filmó nunca una película pornográfica o al menos eso le aseguró la muchacha de San Diego a Loya. A veces, en una habitación, los invitados veían películas ponográficas, la modelo había entrado una vez, por equivocación, y vio lo de siempre, tipos hieráticos con las caras iluminadas por el resplandor del vídeo porno. Siempre es así. Digo: hieráticos, como si ver una película en la que la gente coge convirtiera a los espectadores en estatuas. Pero nadie, según la modelo, ni filmó ni grabó en los narcorranchos una película de ese tipo.
A veces, algunos invitados se ponían a cantar rancheras y corridos. A veces, estos invitados salían al patio y recorrían el rancho como si fueran en procesión, cantando con toda su alma.
Y en una ocasión lo hicieron desnudos, tal vez alguno se cubría las partes pudendas con una tanga o con un calzoncillito de leopardo o de tigre, desafiando el frío que hace en esos lugares a las cuatro de la mañana, cantando y riéndose, de relajo en relajo, como si fueran los servidores de Satán. No son mis palabras.
Son las palabras que la modelo que vivía en San Diego le dijo a Loya. Pero nada de vídeos porno, de eso nada. Después Kelly dejó de contar con las modelos y ya no las llamó más. Según Loya, probablemente la decisión surgió de la misma Kelly puesto que las modelos tenían una tarifa alta y las putitas de Santa Teresa cobraban poco y Kelly no andaba con la economía muy saneada. Los primeros viajes los hizo a cuenta de Salazar Crespo, pero mediante éste conoció a gente importante de la zona y era posible que también hubiera organizado fiestas para un tal Sigfrido Catalán, que tenía una flota de camiones de basura y se decía que trabajaba en franquicia con la mayoría de las maquiladoras de Santa Teresa, y para Conrado Padilla, un empresario con intereses en Sonora, Sinaloa y Jalisco. Tanto Salazar Crespo como Sigfrido Catalán y Padilla, según Loya, tenían conexiones con el cártel de Santa Teresa, es decir con Estanislao Campuzano, que en algunas ocasiones, no muchas, a decir verdad, había asistido a esas fiestas. Pruebas, lo que cualquier tribunal civilizado consideraría pruebas, pues no las había, pero Loya durante el tiempo que trabajó para mí reunió una cantidad enorme de testimonios, pláticas de burdel o de borrachos, en las que se decía que Campuzano no iba pero a veces sí iba. En cualquier caso, narcotraficantes no faltaban en las orgías de Kelly, sobre todo dos de ellos, considerados lugartenientes de Campuzano, uno que se llamaba Muñoz Otero, Sergio Muñoz Otero, y que era el jefe de los narcos de Nogales, y un tal Fabio Izquierdo, que durante un tiempo fue el jefe de los narcos de Hermosillo y que luego había trabajado abriendo rutas para los transportes de droga desde Sinaloa a Santa Teresa o desde Oaxaca o desde Michoacán e incluso desde Tamaulipas que era territorio del cártel de Ciudad Juárez. La presencia en algunas fiestas de Kelly de Muñoz Otero y Fabio Izquierdo, Loya la daba por segura. Así que allí está Kelly, sin modelos, trabajando con muchachas de extracción social baja o ya de plano con putas, en narcorranchos abandonados a la buena de Dios, y en sus fiestas tenemos a un banquero, Salazar Crespo, a un empresario, el tal Catalán, a un millonario, el tal Padilla, y si no a Campuzano, al menos a dos de sus hombres más notorios, Fabio Izquierdo y Muñoz Otero, además de otras personalidades de la sociedad, del crimen y de la política. Una colección de próceres. Y una mañana o una noche mi amiga se desvanece en el aire.
Durante unos días, desde la redacción de El Independiente de Phoenix, Mary-Sue intentó ponerse en contacto con el periodita del DF que había entrevistado a Daniel Uribe. Éste casi nunca paraba en su periódico y la gente con la que hablaba se negaba a proporcionarle su número de celular. Cuando por fin pudo hablar con él, el periodista, que tenía voz de borracho y de mala persona, pensó Mary-Sue, o al menos de arrogante, no quiso darle el teléfono de Daniel Uribe pretextando que debía proteger la intimidad de sus fuentes. En un mal momento Mary-Sue le recordó que eran colegas, que ambos trabajaban para la prensa, y el tipo del DF le dijo que ni que hubieran sido amantes. De Josué Hernández Mercado, el periodista desaparecido de La Raza, nada se sabía. Una noche Mary-Sue se puso a rebuscar en el archivo que tenía sobre el caso Haas hasta dar con la crónica que Hernández Mercado escribió después de la no muy concurrida rueda de prensa en el penal de Santa Teresa.
El estilo de Hernández Mercado era efectista y pobre casi en el mismo grado. La crónica estaba plagada de lugares comunes, inexactitudes, afirmaciones temerarias, exageraciones y mentiras flagrantes. En ocasiones Hernández Mercado pintaba a Haas como el chivo expiatorio de una conjura de ricos sonorenses y en ocasiones Haas aparecía como el ángel de la venganza o como un detective encerrado en una celda, pero en modo alguno derrotado, que poco a poco iba arrinconando a sus verdugos gracias únicamente a su inteligencia. A las dos de la mañana, mientras bebía su último café antes de abandonar el periódico, Mary-Sue pensó que nadie con dos dedos de frente se podía haber tomado la molestia de matar y luego hacer desaparecer el cadáver de una persona por haber escrito una bazofia así. ¿Pero entonces qué le ocurrió a Hernández Mercado? Su jefe de redacción, que también trabajaba hasta tarde, le dio varias posibles respuestas. Se cansó y se largó. Se volvió loco y se largó. Se largó sin más. Una semana más tarde la llamó el periodista adolescente que la había acompañado hasta Sonoita.












