2666, page 9
Mientras el avión de Pelletier lo llevaba de vuelta a París, éste, incomprensiblemente, se puso a pensar en el libro sobre Berthe Morisot que la noche anterior había deseado estampar sobre la pared. ¿Por qué?, se preguntó Pelletier. ¿Es que no le gustaba Berthe Morisot o lo que ésta en un momento dado podía representar? En realidad a él le gustaba Berthe Morisot. De golpe se dio cuenta de que aquel libro no lo había comprado Norton sino él, de que había sido él quien había viajado de París a Londres con el libro envuelto en papel de regalo, que las primeras reproducciones de Berthe Morisot que Norton vio en su vida fueron las que aparecían en aquel libro, con Pelletier al lado, acariciándole la nuca y comentándole cada cuadro de Berthe Morisot. ¿Se arrepentía ahora de haberle regalado ese libro?
No, por supuesto que no. ¿Tenía algo que ver la pintora impresionista con su separación? Ésa era una idea ridícula. ¿Por qué entonces había deseado estampar el libro sobre la pared?
Y más importante aún: ¿por qué pensaba en Berthe Morisot y en el libro y en la nuca de Norton y no en la posibilidad cierta de un ménage à trois que aquella noche había levitado como un brujo indio aullador en el piso de la inglesa sin llegar a materializarse jamás?
Mientras el avión de Espinoza lo llevaba de vuelta a Madrid, éste, al contrario que Pelletier, pensaba en lo que él creía la última novela de Archimboldi y en que si tenía razón, como creía tenerla, no iba a haber más novelas de Archimboldi, con todo lo que eso significaba, y también pensaba en un avión en llamas y en los deseos ocultos de Pelletier (muy moderno el jodido hijo de puta, pero sólo cuando le conviene), y de vez en cuando miraba por la ventanilla y les echaba un vistazo a los motores y se moría de ganas de estar de vuelta en Madrid.
Durante un tiempo Pelletier y Espinoza estuvieron sin llamarse por teléfono. Pelletier llamaba de vez en cuando a Norton, aunque las conversaciones con Norton cada vez eran más, ¿cómo decirlo?, afectadas, como si la relación se sostuviera únicamente gracias a los buenos modales, y tan a menudo como antes a Morini, con quien nada había cambiado.
Lo mismo le sucedía a Espinoza, aunque éste tardó un poco más en darse cuenta de que lo de Norton iba en serio.
Por supuesto, Morini percibió que algo había sucedido con sus amigos, pero por discreción o por pereza, una pereza torpe y al mismo tiempo dolorosa que a veces lo atenazaba, prefirió no darse por enterado, actitud que Pelletier y Espinoza agradecieron.
Incluso Borchmeyer, que en cierta manera temía al tándem que formaban el español y el francés, notó algo nuevo en la correspondencia que mantenía con ambos, insinuaciones veladas, ligeras retractaciones, mínimas dudas, pero elocuentísimas tratándose de ellos, sobre la metodología hasta entonces común.
Después vino una Asamblea de Germanistas en Berlín, un Congreso sobre Literatura Alemana del siglo XX en Sttutgart, un simposio sobre literatura alemana en Hamburgo y un encuentro sobre el futuro de la literatura alemana en Maguncia.
A la asamblea de Berlín asistieron Norton, Morini, Pelletier y Espinoza, pero por una razón o por otra sólo una vez pudieron verse los cuatro, durante un desayuno, rodeados, además, por otros germanistas que luchaban denodadamente por la mantequilla y la mermelada. Al congreso asistieron Pelletier, Espinoza y Norton, y si bien Pelletier pudo hablar con Norton a solas (mientras Espinoza intercambiaba puntos de vista con Schwarz), cuando le tocó el turno a Espinoza de hablar con Norton, Pelletier se marchó discretamente con Dieter Hellfeld.
Esta vez Norton se dio cuenta de que sus amigos no querían hablar entre sí, en ocasiones ni siquiera verse, lo que no dejó de afectarla pues de alguna manera se sentía culpable del distanciamiento experimentado entre ambos.
Al simposio asistieron únicamente Espinoza y Morini, y procuraron no aburrirse, y ya que estaban en Hamburgo fueron de visita a la editorial Bubis y cumplimentaron a Schnell, pero no pudieron ver a la señora Bubis, a quien habían comprado un ramo de rosas, pues ésta se encontraba de viaje por Moscú. Esta mujer, les dijo Schnell, no sé de dónde saca tanta vitalidad, y luego soltó una risa satisfecha que a Espinoza y a Morini les pareció excesiva. Antes de marcharse de la editorial le entregaron las rosas a Schnell.
Al encuentro sólo asistieron Pelletier y Espinoza y esta vez ya no les quedó más remedio que enfrentarse y poner las cartas sobre la mesa. Al principio, como es natural, ambos trataron de evitarse de forma cortés la mayor parte de las veces, o de forma abrupta en algunas contadas ocasiones, pero al final no les quedó más remedio que hablar. El acontecimiento tuvo lugar en el bar del hotel, a altas horas de la noche, cuando ya sólo quedaba un camarero, el más joven de todos los camareros, un chico alto y rubio y soñoliento.
Pelletier estaba sentado en un extremo de la barra y Espinoza en el otro. Después el bar empezó a vaciarse paulatinamente y cuando ya sólo quedaban ellos el francés se levantó y se acomodó al lado del español. Intentaron hablar del encuentro, pero al cabo de pocos minutos se dieron cuenta de que resultaba ridículo avanzar o fingir que avanzaban en esa dirección.
Fue Pelletier, más ducho en el arte de las aproximaciones y de las confidencias, quien dio otra vez el primer paso. Preguntó por Norton. Espinoza confesó que no sabía nada. Luego dijo que a veces la llamaba por teléfono y que era como hablar con una desconocida. Esto último lo infirió Pelletier, pues Espinoza, que en ocasiones se expresaba mediante elipsis ininteligibles, no llamó desconocida a Norton sino que mencionó la palabra ocupada y después la palabra ausente. El teléfono en el departamento de Norton, durante un rato, los acompañó en la conversación. Un teléfono blanco que sostenía la mano blanca, el antebrazo blanco de una desconocida. Pero no era una desconocida.
No en la medida en que ambos se habían acostado con ella. Oh cierva blanca, cervatilla, blanca cierva, susurró Espinoza.
Pelletier supuso que citaba a un clásico, pero no hizo ningún comentario y le preguntó si iban a convertirse definitivamente en enemigos. La pregunta pareció sorprender a Espinoza, como si nunca hubiera pensado en esa posibilidad.
– Eso es absurdo, Jean-Claude -dijo, aunque Pelletier notó que lo decía tras pensarlo durante mucho tiempo.
Terminaron la noche borrachos y el camarero joven tuvo que ayudarlos a ambos a abandonar el bar. Del final de aquella velada Pelletier recordaba, sobre todo, la fuerza del camarero, que cargó con uno a cada lado hasta los ascensores del lobby, como si Espinoza y él fueran adolescentes de no más de quince años, dos adolescentes alfeñiques atrapados entre los brazos poderosos de aquel joven camarero alemán que se quedaba hasta la última hora, cuando todos los demás camareros veteranos ya se habían marchado a sus casas, un chico de campo a juzgar por su cara y su complexión física, o un obrero, y también recordaba algo así como un susurro que luego se dio cuenta de que era una especie de risa, la risa de Espinoza mientras era transportado por el camarero campesino, una risa bajita, una risa discreta, como si la situación no sólo fuera ridícula sino también una válvula de escape para sus inconfesadas penas.
Un día, cuando ya llevaban más de tres meses sin visitar a Norton, uno de ellos llamó por teléfono al otro y le sugirió un fin de semana en Londres. No se sabe si fue Pelletier quien llamó o si fue Espinoza. En teoría el autor de la llamada debería haber sido aquel que tenía el más alto sentido de la fidelidad, o el que tenía el más alto sentido de la amistad, que esencialmente es lo mismo, pero la verdad es que ni Pelletier ni Espinoza tenían un concepto muy grande de dicha virtud. Verbalmente, por descontado, la aceptaban, aunque con matices. En la práctica, por el contrario, ninguno de los dos creía en la amistad ni en la fidelidad. Creían en la pasión, creían en un híbrido de felicidad social o pública -ambos votaban socialista, aunque de tanto en tanto se abstenían-, creían en la posibilidad de la autorrealización.
Pero lo cierto es que uno de los dos llamó y el otro aceptó y un viernes por la tarde se encontraron en el aeropuerto de Londres, en donde tomaron un taxi que primero los llevó a un hotel y luego otro taxi, ya muy cercana la hora de la cena (habían reservado previamente una mesa para tres en Jane & Chloe), que los llevó al departamento de Norton.
Desde la acera, tras pagarle al taxista, contemplaron las ventanas iluminadas. Después, mientras el taxi se alejaba, vieron la sombra de Liz, la sombra adorada, y luego, como si un soplo de aire fétido irrumpiera en un anuncio de compresas, la sombra de un hombre que los dejó paralizados, Espinoza con un ramo de flores en la mano, Pelletier con un libro de Sir Jacob Epstein envuelto en un finísimo papel de regalo. Pero el teatro chinesco aéreo no acabó allí. En una ventana, la sombra de Norton movió los brazos, como si intentara explicar algo que su interlocutor no quería entender. En la otra ventana, la sombra del hombre, para horror de sus dos únicos y boquiabiertos espectadores, hizo un movimiento como de hulla-hop, o algo que a Pelletier y a Espinoza les pareció un movimiento de hulla-hop, primero las caderas, luego las piernas, el tronco, ¡incluso el cuello!, un movimiento en donde se dejaba entrever sarcasmo y burla, a menos que tras las cortinas el hombre se estuviera desnudando o derritiendo, lo que ciertamente no parecía ser el caso, un movimiento o una serie de movimientos, más bien, que denotaba no sólo sarcasmo sino también maldad, seguridad y maldad, una seguridad obvia, pues en el departamento él era el más fuerte, él era el más alto y el más musculoso y el que podía jugar al hulla-hop.
En la actitud de la sombra de Liz, sin embargo, había algo extraño.
Hasta donde ellos la conocían, y creían conocerla bien, la inglesa no era de las que permiten desplantes, menos aún si éstos se producen en su propia casa. Por lo que cabía la posibilidad, decidieron, de que la sombra del hombre no estuviera, finalmente, jugando al hulla-hop ni insultando a Liz sino más bien riéndose, y no de ella sino con ella. Pero la sombra de Norton no parecía reírse. Después la sombra del hombre desapareció: tal vez se había acercado a mirar libros, tal vez al baño o a la cocina. Tal vez se había dejado caer en el sofá y aún se reía. Y acto seguido la sombra de Norton se acercó a la ventana, pareció empequeñecerse, y luego hizo a un lado las cortinas y abrió la ventana, con los ojos cerrados, como si necesitara respirar el aire nocturno de Londres, y luego abrió los ojos y miró hacia abajo, hacia el abismo, y los vio.
La saludaron como si el taxi acabara de dejarlos allí. Espinoza agitó su ramo de flores en el aire y Pelletier su libro y luego, sin quedarse a ver el rostro perplejo de Norton, se dirigieron a la entrada del edificio y esperaron a que Liz les franqueara el portal.
Lo daban todo por perdido. Mientras subían las escaleras, sin hablar, oyeron cómo se abría una puerta y aunque no la vieron ambos presintieron la presencia luminosa de Norton en el rellano. El piso olía a tabaco holandés. Apoyada en el vano de la puerta Norton los miró como si fueran dos amigos muertos hace mucho, cuyos fantasmas regresan del mar. El hombre que los aguardaba en la sala era menor que ellos, probablemente un tipo nacido en los setenta, a mediados de los setenta, y no en los sesenta. Llevaba un suéter de cuello alto, aunque el cuello parecía cedido, y bluejeans deslavazados y zapatillas deportivas.
Daba la impresión de ser alumno de Norton o un profesor suplente.
Norton dijo que se llamaba Alex Pritchard. Un amigo. Pelletier y Espinoza le estrecharon la mano y sonrieron, incluso sabiendo que sus sonrisas serían lamentables. Pritchard, por el contrario, no sonrió. Dos minutos después estaban todos sentados en la sala bebiendo whisky y sin hablar. Pritchard, que bebía zumo de naranja, se sentó junto a Norton y le pasó un brazo por encima del hombro, un gesto que la inglesa, al principio, pareció no darle importancia (de hecho, el largo brazo de Pritchard se apoyaba en el respaldo del sofá y sólo sus dedos, alargados como los de una araña o un pianista, rozaban de tanto en tanto la blusa de Norton), pero a medida que el tiempo transcurría Norton se fue poniendo cada vez más nerviosa y sus viajes a la cocina o a su dormitorio se hicieron más frecuentes.
Pelletier ensayó algunos temas de conversación. Trató de hablar de cine, de música, de las últimas obras teatrales, sin recibir la ayuda ni siquiera de Espinoza, que en la mudez parecía rivalizar con Pritchard, si bien la mudez de éste, como mínimo, era la del observador, a partes iguales distraído e interesado, y la mudez de Espinoza era la del observado, sumido en la desdicha y la vergüenza. De repente, y sin que nadie pudiera decir a ciencia cierta quién lo inició, se pusieron a hablar de los estudios archimboldianos. Probablemente fue Norton, desde la cocina, la que mencionó el trabajo en común. Pritchard esperó a que ella volviera y luego, nuevamente su brazo extendido a lo largo del respaldo y sus dedos de araña sobre el hombro de la inglesa, dijo que la literatura alemana le parecía una estafa.
Norton se rió, como si alguien hubiera contado un chiste.
Pelletier le preguntó qué conocía él, Pritchard, de la literatura alemana.
– En realidad, muy poco -dijo el joven.
– Pues entonces usted es un cretino -dijo Espinoza.
– O un ignorante, por lo menos -dijo Pelletier.
– En cualquier caso, un badulaque -dijo Espinoza.
Pritchard no entendió el significado de la palabra badulaque, que Espinoza pronunció en español. Tampoco Norton lo entendió y quiso saberlo.
– Badulaque -dijo Espinoza- es alguien inconsistente, también puede aplicarse esta palabra a los necios, pero hay necios consistentes, y badulaque se aplica sólo a los necios inconsistentes.
– ¿Me está usted insultando? -quiso saber Pritchard.
– ¿Se siente usted insultado? -dijo Espinoza, que empezó a sudar de forma copiosísima.
Pritchard bebió un sorbo de su zumo de naranja y dijo que sí, que en realidad se sentía insultado.
– Pues entonces tiene usted un problema, señor -dijo Espinoza.
– Típica reacción de un badulaque -añadió Pelletier.
Pritchard se levantó del sofá. Espinoza se levantó del sillón.
Norton dijo ya basta, os estáis comportando como niños imbéciles.
Pelletier se echó a reír. Pritchard se acercó a Espinoza y le golpeó el pecho con el dedo índice, que era casi tan largo como el dedo medio. Golpeó el pecho una, dos, tres, cuatro veces, mientras decía:
– Uno: no me gusta que me insulten. Dos: no me gusta que me tomen por necio. Tres: no me gusta que un español de mierda se burle de mí. Cuatro: si tienes algo más que decirme salgamos a la calle.
Espinoza miró a Pelletier y le preguntó, en alemán, por supuesto, qué podía hacer.
– No salgas a la calle -dijo Pelletier.
– Alex, márchate de aquí -dijo Norton.
Y como Pritchard en el fondo no tenía intención de pegarse con nadie, le dio un beso en la mejilla a Norton y se marchó sin despedirse de ellos.
Esa noche cenaron los tres en el Jane & Chloe. Al principio estaban algo alicaídos, pero la cena y el vino los animaron y al final volvieron a casa riéndose. No quisieron, sin embargo, preguntarle a Norton quién era Pritchard ni ella hizo ningún comentario destinado a iluminar la figura alargada de aquel joven malhumorado. Por el contrario, casi al final de la cena, a modo de explicación, hablaron de ellos mismos, de lo cerca que habían estado de estropear, acaso irremediablemente, la amistad que cada uno sentía por el otro.
El sexo, convinieron, era demasiado bonito (aunque casi enseguida se arrepintieron de haber utilizado este adjetivo) como para convertirse en el obstáculo de una amistad cimentada tanto en las afinidades emocionales como intelectuales.
Pelletier y Espinoza se cuidaron, no obstante, de dejar en claro, allí, uno delante del otro, que lo ideal para ellos, y suponían que también para Norton, era que finalmente, y de forma no traumática (soft-landing, dijo Pelletier), ella se decidiera definitivamente por uno de los dos, o por ninguno, dijo Espinoza, en cualquier caso una decisión que quedaba en sus manos, en las de Norton, y que ella podía tomar cuando quisiera, en el momento en que más le acomodara, incluso no tomar nunca, postergarla y diferirla y retrasarla y dilatarla y prorrogarla y aplazarla hasta su lecho de muerte, a ellos les daba lo mismo, pues tan enamorados se sentían ahora, que Liz los mantenía en el limbo, como antes, cuando eran sus amantes o coamantes en activo, como la iban a amar después, cuando ella eligiera a uno, o después (un después sólo un poco más amargo, de amargura compartida, es decir de amargura en cierta forma mitigada), cuando ella, si así era su voluntad, no eligiera a ninguno.
A lo cual Norton respondió con una pregunta, en la que era dable ver algo de retórica, pero una pregunta plausible al fin y al cabo: ¿qué sucedería si, mientras ella deshojaba la margarita, uno de ellos, Pelletier, por ejemplo, se enamoraba instantáneamente de una alumna más joven y más guapa que ella, y también más rica, y mucho más encantadora? ¿Debía ella considerar roto el pacto y desechar automáticamente a Espinoza? ¿O debía, por el contrario, quedarse con el español, puesto que no podía quedarse con nadie más? A lo que Pelletier y Espinoza respondieron que la posibilidad real de que su ejemplo se cumpliera era remotísima, y que ella, con o sin ejemplo, podía hacer lo que quisiera, incluso meterse monja, si ése era su deseo.
– Cada uno de nosotros lo que quiere es casarse contigo, vivir contigo, tener hijos contigo, envejecer contigo, pero ahora, en este momento de nuestras vidas, lo único que queremos es conservar tu amistad.
A partir de esa noche los vuelos a Londres se reanudaron.
A veces aparecía Espinoza, otras veces Pelletier, y en algunas ocasiones aparecían ambos. Cuando esto sucedía solían alojarse en el hotel de siempre, un hotel pequeño e incómodo en Foley Street, cerca del Middlesex Hospital. Cuando abandonaban la casa de Norton, a veces solían dar un paseo por los alrededores del hotel, generalmente silenciosos, frustrados, de alguna forma agotados por la simpatía y el encanto que se obligaban a desplegar durantes estas visitas conjuntas. En no pocas ocasiones se quedaban quietos, detenidos junto al farol de la esquina, observando a las ambulancias que entraban o salían del hospital.
Los enfermeros ingleses hablaban a gritos, aunque el sonido de sus vozarrones les llegaba en sordina.












