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– Nunca en mi vida vi a Lowell -dijo Fate.
– No te tomes a mal lo que acabas de escuchar, muchacho -dijo Campbell-. Ser corresponsal de deportes es aburrido y uno suelta disparates sin pensarlo dos veces, o cambia las historias para no repetirse. En ocasiones, sin querer, decimos barbaridades.
El tipo que contó la historia del boxeador mexicano no es una mala persona. Es un tipo civilizado y bastante abierto en comparación con otros. Lo único que sucede es que en ocasiones, para matar el tiempo, jugamos a ser canallas. Pero no lo hacemos en serio -dijo Campbell.
– Por mi parte no hay problema -dijo Fate.
– ¿En qué round crees que va a ganar Count Pickett?
– No lo sé -dijo Fate-, ayer vi a Merolino Fernández entrenando en su cuartel y no me pareció un perdedor.
– Caerá antes del tercero -dijo Campbell.
Otro periodista le preguntó dónde estaba el cuartel de Fernández.
– No muy lejos de la ciudad -dijo Fate-, aunque la verdad es que no lo sé, no fui solo, me llevaron unos mexicanos.
Cuando Fate volvió a encender el ordenador encontró la respuesta de su jefe de sección. No había ni interés ni dinero para llevar adelante un reportaje como el que proponía. Le sugería que se limitase a cumplir con el encargo del jefe de la sección de deportes y que luego saliera de allí de inmediato. Fate habló con un recepcionista del Sonora Resort y pidió una conferencia telefónica con Nueva York.
Mientras esperaba la llamada recordó los reportajes que le habían rechazado. El más reciente había sido uno con un grupo político de Harlem llamado La Hermandad de Mahoma. Los conoció durante una manifestación en apoyo de Palestina. La manifestación era variopinta y uno podía ver a grupos de árabes, a viejos militantes de la izquierda neoyorquina, a nuevos militantes antiglobalización. La Hermandad de Mahoma, sin embargo, atrajo su atención de inmediato porque marchaban bajo un gran retrato de Osama bin Laden. Todos eran negros, todos iban vestidos con chaquetas de cuero negro y boinas negras y gafas negras, algo que recordaba vagamente a los Panteras, sólo que los Panteras eran adolescentes y los que no eran adolescentes tenían una pinta juvenil, un aura de juventud y de tragedia, mientras que los de la Hermandad de Mahoma eran hombres hechos y derechos, de anchas espaldas y bíceps enormes, gente que había pasado horas y horas en el gimnasio, levantando pesas, tipos con vocación de guardaespaldas, ¿pero guardaespaldas de quién?, verdaderos armarios humanos cuya presencia resultaba intimidante, aunque en la manifestación no eran más de veinte, puede que menos, pero el retrato de Bin Laden ejercía, quién sabe cómo, un efecto multiplicador, en primer lugar porque hacía menos de seis meses que se había cometido el atentado contra el World Trade Center y pasearse con Bin Laden, aunque sólo fuera de forma iconográfica, resultaba una provocación extrema. Por supuesto, no fue sólo Fate el que se dio cuenta de la presencia exigua y retadora de la Hermandad:
las cámaras de televisión los siguieron, entrevistaron a su portavoz, los fotógrafos de varios periódicos dejaron constancia de la presencia de aquel grupo que parecía pedir a gritos ser reprimido.
Fate los observó desde lejos. Los vio hablar con las televisiones y con algunas radios locales, los vio gritar, los vio marchar entre el gentío y los siguió. Antes de que la manifestación empezara a disgregarse los miembros de la Hermandad de Mahoma la abandonaron mediante un movimiento planeado con anterioridad. Un par de furgonetas los aguardaban en una esquina.
Sólo entonces Fate se dio cuenta de que no eran más de quince. Ellos corrieron. Él corrió hacia ellos. Dijo que quería entrevistarlos para su revista. Hablaron junto a las furgonetas, en un callejón. El que parecía el jefe, un tipo alto y gordo y con el cráneo rapado, le preguntó para qué revista trabajaba. Fate se lo dijo y el tipo lo miró con una sonrisa burlona.
– Esa jodida revista ya no la lee nadie -dijo.
– Es una revista de hermanos -dijo Fate.
– Esa jodida revista de hermanos sólo emputece a los hermanos -dijo el tipo sin dejar de sonreír-. Se ha vuelto anticuada.
– No lo creo -dijo Fate.
Un ayudante de cocina chino salió a tirar varias bolsas de basura. Un árabe los observó desde la esquina. Rostros desconocidos y lejanos, pensó Fate mientras el tipo que parecía el jefe le decía una hora, una fecha, un lugar del Bronx donde se verían al cabo de unos días.
Fate no faltó a la cita. Lo aguardaban tres miembros de la Hermandad y una furgoneta negra. Se trasladaron a un sótano cerca de Baychester. Allí los esperaba el tipo gordo de la cabeza rapada. Dijo que lo llamara Khalil. Los otros no dijeron sus nombres. Khalil habló de la Guerra Santa. Explícame qué demonios quiere decir Guerra Santa, dijo Fate. La Guerra Santa habla de nosotros cuando nuestras bocas se han secado, dijo Khalil. La Guerra Santa es la palabra de los mudos, de los que perdieron la lengua, de los que nunca supieron hablar. ¿Por qué os manifestáis en contra de Israel?, dijo Fate. Los judíos nos oprimen, dijo Khalil. Nunca, jamás, un judío ha pertenecido al Ku Klux Klan, dijo Fate. Eso era lo que los judíos pretendían hacernos creer. En realidad el Klan está en todas partes. En Tel Aviv, en Londres, en Washington. Muchos jefes del Klan son judíos, dijo Khalil. Siempre ha sido así. Hollywood está lleno de jefes del Klan. ¿Quiénes?, dijo Fate. Khalil le advirtió que lo que diría a partir de ese momento era off the record.
– Los magnates judíos tienen buenos abogados judíos -dijo.
¿Quiénes?, dijo Fate. Nombró a tres directores de cine y a dos actores. Luego tuvo una inspiración. Preguntó: ¿es Woody Allen del Klan? Lo es, dijo Khalil, fíjate en sus películas, ¿has visto allí a algún hermano? No, no he visto a muchos, dijo Fate. A ninguno, dijo Khalil. ¿Por qué llevabais un cartel de Bin Laden?, dijo Fate. Porque Osama bin Laden ha sido el primero en darse cuenta de la naturaleza de la lucha actual. Después hablaron de la inocencia de Bin Laden y de Pearl Harbor y de lo conveniente que había sido el ataque contra las Torres Gemelas para cierta gente. Gente que trabaja en la bolsa, dijo Khalil, gente que tenía papeles comprometedores guardados en las oficinas, gente que vende armas y que necesitaba un acto así. Según vosotros, dijo Fate, Mohamed Atta era un infiltrado de la CIA o del FBI. ¿Dónde están los restos de Mohamed Atta?, le preguntó Khalil. ¿Quién puede asegurar que Mohamed Atta iba en uno de esos aviones? Te diré lo que yo creo.
Creo que Atta está muerto. Se les murió mientras lo torturaban o le pegaron un tiro en la nuca. Creo que luego trocearon su cuerpo en pedacitos pequeños y molieron sus huesos hasta dejarlos como los restos de un pollo. Creo que luego metieron los huesecillos y los bistecs en una caja, la llenaron de cemento y la dejaron en algún pantano de Florida. Y lo mismo hicieron con los compañeros de Mohamed Atta.
¿Quién pilotaba los aviones, entonces?, dijo Fate. Locos del Klan, pacientes sin nombre de frenopáticos del Medio Oeste, voluntarios hipnotizados para afrontar el suicidio. En este país desaparecen miles de personas cada año y nadie intenta encontrarlos.
Después hablaron de los romanos y del circo y de los primeros cristianos a quienes se comían los leones. Pero los leones se atragantarán con nuestra carne negra, dijo.
Al día siguiente Fate los visitó en un local de Harlem y allí conoció a un tal Ibrahim, un tipo de mediana estatura y con la cara llena de cicatrices que se dedicó a relatarle pormenorizadamente las obras de caridad que la Hermandad realizaba en el barrio. Comieron juntos en una cafetería que había a un lado del local. La cafetería la atendía una mujer ayudada por un chico y en la cocina había un viejo que no paraba de cantar. Por la tarde se les unió Khalil y Fate les preguntó dónde se habían conocido.
En la cárcel, le dijeron. En la cárcel se conocen los hermanos negros. Hablaron sobre los otros grupos musulmanes de Harlem. Ibrahim y Khalil no tenían muy buena opinión de ellos, pero intentaron ser mesurados y dialogantes. Los buenos musulmanes tarde o temprano terminarían acudiendo a la Hermandad de Mahoma.
Antes de despedirse de ellos Fate les dijo que probablemente nunca les perdonarían haber desfilado bajo la efigie de Osama bin Laden. Ibrahim y Khalil se rieron. Le parecieron dos piedras negras sacudiéndose de risa.
– Probablemente nunca lo olvidarán -dijo Ibrahim.
– Ahora ya saben con quien tratan -dijo Khalil.
El jefe de su sección le dijo que se olvidara de escribir un reportaje sobre la Hermandad.
– Esos negros, ¿cuántos son? -dijo.
– Veinte, aproximadamente -dijo Fate.
– Veinte negratas -dijo el jefe de sección-. Por lo menos cinco deben de ser agentes del FBI infiltrados.
– Puede que más -dijo Fate.
– ¿Qué es lo que nos puede interesar de ellos? -dijo el jefe de sección.
– La estupidez -dijo Fate-. La variedad interminable de formas con que nos destrozamos a nosotros mismos.
– ¿Te has vuelto masoquista, Oscar? -dijo el jefe de sección.
– Puede -admitió Fate.
– Deberías follar más -dijo el jefe de sección-. Salir más, escuchar más música, tener amigos y conversar con ellos.
– Lo he pensado -dijo Fate.
– ¿Qué has pensado?
– En follar más -dijo Fate.
– Esas cosas no se piensan, se hacen -dijo el jefe de sección.
– Primero hay que pensarlas -dijo Fate. Luego añadió-:
¿Tengo luz verde para mi reportaje?
El jefe de sección movió la cabeza negativamente.
– Ni hablar -dijo-. Eso véndelo a una revista de filosofía, a una revista de antropología urbana, escribe, si quieres, un jodido guión para el cine y que lo filme el jodido Spike Lee, pero yo no lo pienso publicar.
– De acuerdo -dijo Fate.
– Joder, si se pasearon con un cartel de Bin Laden, los muy bastardos -dijo el jefe de sección.
– Hay que tener cojones -dijo Fate.
– Hay que tener cojones de cemento armado y además hay que ser muy imbécil.
– Seguramente se le ocurrió a algún infiltrado de la policía -dijo Fate.
– Da igual -dijo el jefe de sección-, se le ocurriera a quien se le ocurriera es una señal.
– ¿Una señal de qué? -dijo Fate.
– De que vivimos en un planeta de locos -dijo el jefe de sección.
Cuando su jefe de sección se puso al teléfono Fate le explicó lo que estaba sucediendo en Santa Teresa. Fue una explicación sucinta de su reportaje. Le habló de los asesinatos de mujeres, de la posibilidad de que todos los crímenes hubieran sido cometidos por una o dos personas, lo que los convertía en los mayores asesinos en serie de la historia, le habló del narcotráfico y de la frontera, de la corrupción policial y del crecimiento desmesurado de la ciudad, le aseguró que sólo necesitaba una semana más para averiguar todo lo necesario y que después se marcharía a Nueva York y en cinco días tendría armado el reportaje.
– Oscar -le dijo el jefe de sección-, estás allí para cubrir un jodido combate de box.
– Esto es superior -dijo Fate-, la pelea es una anécdota, lo que te estoy proponiendo es muchas cosas más.
– ¿Qué me estás proponiendo?
– Un retrato del mundo industrial en el Tercer Mundo -dijo Fate-, un aide-mémoire de la situación actual de México, una panorámica de la frontera, un relato policial de primera magnitud, joder.
– ¿Un aide-mémoire? -dijo el jefe de sección-. ¿Eso es francés, negro? ¿Desde cuándo sabes tú francés?
– No sé francés -dijo Fate-, pero sé lo que es un jodido aide-mémoire.
– Yo también sé lo que es un puto aide-mémoire -dijo el jefe de sección-, y también sé lo que significa merci y au-revoir y faire l’amour. Lo mismo que coucher avec moi, ¿recuerdas esa canción?, voulez-vous coucher avec moi, ce soir? Y creo que tú, negro, quieres coucher avec moi, pero sin decir antes voulezvous, que en este caso es primordial. ¿Lo has entendido? Tienes que decir voulez-vous y si no lo dices te jodes.
– Aquí hay materia para un gran reportaje -dijo Fate.
– ¿Cuántos putos hermanos están metidos en el asunto?
– dijo el jefe de sección.
– ¿De qué mierdas me hablas? -dijo Fate.
– ¿Cuántos jodidos negros están con la soga al cuello? -dijo el jefe de sección.
– Y yo qué sé, te estoy hablando de un gran reportaje -dijo Fate-, no de una revuelta en el gueto.
– O sea: no hay ningún puto hermano en esa historia -dijo el jefe de sección.
– No hay ningún hermano, pero hay más de doscientas mexicanas asesinadas, hijo de puta -dijo Fate.
– ¿Qué posibilidades tiene Count Pickett? -dijo el jefe de sección.
– Métete a Count Pickett en tu jodido culo negro -dijo Fate.
– ¿Has visto ya a su rival? -dijo el jefe de sección.
– Métete a Count Pickett en tu jodido ojete de maricón -dijo Fate-, y pídele que te lo vigile porque cuando vuelva a Nueva York te voy a reventar el culo a patadas.
– Tú cumple con tu deber y no hagas trampas con las dietas, negro -dijo el jefe de sección.
Fate colgó.
Junto a él, sonriéndole, había una mujer vestida con bluejeans y chaqueta de cuero crudo. Llevaba gafas negras y sobre el hombro le colgaba un bolso de buena calidad y una cámara de fotos. Parecía una turista.
– ¿Le interesan los asesinatos de Santa Teresa? -dijo.
Fate la miró y tardó en comprender que ella había escuchado su conversación telefónica.
– Me llamo Guadalupe Roncal -dijo la mujer tendiéndole la mano.
Se la estrechó. Era una mano delicada.
– Soy periodista -dijo Guadalupe Roncal cuando Fate le soltó la mano-. Pero no estoy aquí para cubrir la pelea. Ese tipo de peleas no me interesan, aunque sé que hay mujeres que encuentran muy sexy el boxeo. La verdad es que a mí me parece más bien algo vulgar y sin sentido. ¿No lo cree usted así? ¿O a usted sí le gusta ver cómo dos hombres se pegan?
Fate se encogió de hombros.
– ¿No me responde? Bien, no soy quién para juzgar sus aficiones deportivas. En realidad, a mí no me agrada ningún deporte.
Ni el boxeo, por las razones que le he dado, ni el fútbol, ni el básketbol, ni siquiera el atletismo. ¿Se preguntará usted qué hago entonces en un hotel lleno de periodistas deportivos y no en otro lugar más tranquilo, en donde no estaría escuchando cada vez que bajo al bar o al comedor estas tristes y patéticas historias de grandes peleas del pretérito pluscuamperfecto?
Se lo diré si me acompaña a mi mesa y se toma una copa conmigo.
Mientras la seguía se le pasó por la cabeza que estaba en compañía de una loca o tal vez de una buscona, pero Guadalupe Roncal no tenía pinta ni de loca ni de puta, aunque en realidad Fate ignoraba cómo eran las locas o las putas mexicanas.
Tampoco tenía pinta de periodista. Se sentaron en la terraza del hotel, desde donde se veía un edificio en construcción de más de diez pisos. Otro hotel, le informó la mujer con indiferencia.
Algunos obreros, apoyados en las vigas o sentados sobre apilamientos de ladrillos, también los miraban a ellos, o eso fue lo que pensó Fate aunque no había manera de comprobarlo, pues las figuras que se movían en el edificio a medio construir eran demasiado pequeñas.
– Soy, como ya le he dicho, periodista -dijo Guadalupe Roncal-. Trabajo en uno de los grandes periódicos del DF. Y me he alojado en este hotel por miedo.
– Miedo a qué -dijo Fate.
– Miedo a todo. Cuando se trabaja en algo relativo a los asesinatos de mujeres de Santa Teresa, una termina teniendo miedo a todo. Miedo a que te peguen. Miedo a un levantón.
Miedo a la tortura. Por supuesto, con la experiencia el miedo se atenúa. Pero yo no tengo experiencia. Carezco de experiencia.
Adolezco de falta de experiencia. Incluso, si existiera el término, se podría decir que estoy aquí como periodista secreta. Conozco todo lo relativo a los asesinatos. Pero en el fondo soy inexperta en el tema. Quiero decir que hasta hace una semana éste no era mi tema. No estaba al corriente, no había escrito nada al respecto y de repente, sin yo esperarlo ni pedirlo, pusieron sobre mi mesa el dossier de las muertas y me dieron el caso.
¿Quiere saber por qué?
Fate asintió con la cabeza.
– Porque soy mujer y las mujeres no podemos rechazar un encargo. Por supuesto, yo ya sabía cuál había sido el destino o el final de mi antecesor. Todos en el periódico lo sabíamos. El caso había sido muy sonado y tal vez usted lo conozca. -Fate negó con la cabeza-. Lo mataron, claro. Se metió demasiado en el asunto y lo mataron. No aquí, en Santa Teresa, sino en el DF. La policía dijo que se trataba de otro robo con desenlace fatal. ¿Quiere saber cómo fue? Se subió a un taxi. El taxi se puso en marcha. Al llegar a una esquina se detuvo y se subieron dos desconocidos. Durante un rato estuvieron dando vueltas por diferentes cajeros automáticos, vaciando la tarjeta de crédito de mi antecesor, luego se dirigieron a una zona del extrarradio y lo cosieron a cuchilladas. No es el primer periodista muerto por lo que escribe. Entre sus papeles encontré información sobre dos más. Una mujer, locutora de radio, que secuestraron en el DF y un chicano que trabajaba para un periódico de Arizona llamado La Raza, que desapareció. Los dos llevaban a cabo investigaciones sobre los asesinatos de mujeres de Santa Teresa. A la locutora de radio la conocí en la facultad de periodismo.
Nunca fuimos amigas. Puede que sólo cruzáramos dos palabras en toda la vida. Pero creo que la conocí. Antes de matarla la violaron y la torturaron.
– ¿Aquí, en Santa Teresa? -dijo Fate.
– No, hombre, en el DF. El brazo de los asesinos es largo, muy largo -dijo Guadalupe Roncal con voz soñadora-. Antes yo trabajaba en la sección de noticias locales. Casi nunca firmaba mis notas. Era una desconocida absoluta. Cuando murió mi antecesor vinieron a verme dos jefazos del periódico. Me invitaron a comer. Por supuesto, yo pensé que algo había hecho mal.
O bien que uno de los dos tenía intenciones de acostarse conmigo.
A ninguno lo conocía. Sabía quiénes eran, pero nunca antes había hablado con ellos. La comida fue muy agradable.












