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Esa misma tarde su madre pidió permiso en Interzone para dirigirse a la comisaría n.o 2 a poner una denuncia por desaparición.
La acompañó su hijo. En la comisaría anotaron el nombre y le dijeron que había que dejar pasar algunos días.
Su hermana mayor, Livia, no pudo ir porque en Interzone estimaron que con el permiso a la madre ya había suficiente.
Al día siguiente Penélope Méndez Becerra seguía desaparecida.
La madre y sus dos hijos se presentaron otra vez y quisieron saber qué progresos se habían hecho. El policía que la atendió detrás de una mesa le dijo que no se pusiera insolente. El director de la escuela Aquiles Serdán y tres profesores estaban en la comisaría, interesados por la suerte de Penélope, y fueron ellos quienes se llevaron a la familia de allí antes de que les pusieran una multa por desorden público. Al día siguiente el hermano habló con unas compañeras de curso de Penélope.
Una le dijo que, según creía, Penélope había entrado en un coche con las ventanillas ahumadas y no volvió a salir. Por la descripción parecía un Peregrino o un MasterRoad. El hermano y la profesora de Penélope hablaron largamente con esta alumna, pero lo único claro que sacaron era que se trataba de un coche caro y de color negro. Durante tres días el hermano recorrió Santa Teresa en caminatas agotadoras buscando un coche negro. Encontró muchos, algunos incluso tenían las ventanillas ahumadas y relucían como si acabaran de salir de fábrica, pero quienes se montaban en ellos eran personas que no tenían cara de secuestradores o eran parejas jóvenes (cuya felicidad hacía llorar al hermano de Penélope) o eran mujeres. De todas formas, anotó todas las matrículas. Por las noches la familia se reunía en casa y hablaban de Penélope con palabras que nada significaban o cuyo último significado sólo podían entender ellos. Una semana después apareció su cadáver. Lo encontraron unos funcionarios de Obras Públicas de Santa Teresa en un tubo de desagüe que recorría bajo tierra la ciudad desde la colonia San Damián hasta la barranca El Ojito, cerca de la carretera a Casas Negras, pasado el vertedero clandestino del Chile. El cuerpo fue trasladado de inmediato a las dependencias del forense, en donde éste dictaminó que había sido violada anal y vaginalmente, presentando numerosas desgarraduras en ambos orificios, y luego estrangulada. Tras una segunda autopsia, sin embargo, se dictaminó que Penélope Méndez Becerra había muerto debido a un fallo cardiaco mientras era sometida a los abusos antes expuestos.
Por aquel entonces Lalo Cura había cumplido diecisiete años, seis más de los que tenía Penélope Méndez al ser asesinada, y Epifanio le había conseguido un lugar donde vivir. El sitio estaba en una de las vecindades que todavía quedaban en el centro. La vecindad estaba ubicada en la calle Obispo y después de trasponer un zaguán, de donde partían las escaleras, el visitante accedía a un enorme patio, con una gran fuente en el centro, desde donde se veían los tres pisos de que estaba compuesta la vecindad, y los pasillos desconchados en los que jugaban los niños o hablaban las vecinas, pasillos semicubiertos por tejadillos de madera y sujetos mediante delgadísimas pilastras de hierro, enmohecidas por el paso del tiempo. La habitación de Lalo Cura era grande, con sitio suficiente para una cama, una mesa con tres sillas, un refrigerador (que estaba junto a la mesa) y un armario excesivo para las pocas prendas de vestir que poseía. También tenía una pequeña cocina y un lavadero de cemento, de construcción reciente, para fregar las ollas y los platos sucios o para refrescarse la cara. El lavabo, así como la ducha, era comunal, y en cada piso había dos letrinas y tres más en la azotea. Epifanio primero le mostró su cuarto, que estaba en el primer piso. La ropa colgaba de un cordel que había clavado de una pared a la otra y junto a la cama deshecha vio una pila de periódicos viejos, casi todos de Santa Teresa. Los de abajo ya amarilleaban. La cocina parecía no haber sido utilizada en mucho tiempo. Le dijo que lo mejor para un policía era vivir solo, pero que él hiciera lo que quisiera. Luego lo acompañó hasta su cuarto, que estaba en el tercero, y le dio las llaves.
Ya tienes casa, Lalito, le dijo. Si quieres barrer pídele la escoba a tu vecina. En la pared alguien había escrito un nombre: Ernesto Arancibia. Arancibia estaba escrito con uve. Lalo señaló el nombre y Epifanio se encogió de hombros. Hay que pagar a final de mes, dijo, y se marchó sin darle ninguna otra explicación.
También, por aquellos días, le llegó la orden al judicial Juan de Dios Martínez de dejar de lado el caso del Penitente y dedicarse a una serie de robos con violencia que se produjeron en la colonia Centeno y en la colonia Podestá. A su pregunta de si eso significaba que se daba carpetazo al caso del Penitente, le contestaron que no, pero que, en vista de que éste parecía haberse esfumado y la investigación no experimentaba ningún progreso, y dado que la dotación de judiciales destinados en Santa Teresa no era excesiva, iba a tener que priorizar los casos más urgentes. Por supuesto, eso no significaba que dejaran en el olvido al Penitente ni que Juan de Dios Martínez no siguiera al frente de la investigación, pero sí que los policías que tenía a sus órdenes y que perdían el tiempo vigilando las veinticuatro horas del día las iglesias de la ciudad iban a tener que dedicarse a asuntos más provechosos para la seguridad pública. Juan de Dios Martínez aceptó la orden sin rechistar.
La siguiente muerta fue Lucy Anne Sander. Vivía en Huntville, a unos cincuenta kilómetros de Santa Teresa, en Arizona, y había estado primero en El Adobe, con una amiga, y luego cruzaron la frontera en coche, dispuestas a vivir, aunque sólo fuera parcialmente, la noche inacabable de Santa Teresa. Su amiga se llamaba Erica Delmore y era la propietaria del coche y quien conducía. Ambas trabajaban en un taller artesanal de Huntville en donde se hacían abalorios indios que luego compraban al por mayor las tiendas dedicadas al turismo de Tombstone, Tucson, Phoenix y Apache Junction. En el taller eran las dos únicas blancas, pues las demás trabajadoras eran de origen mexicano o indio. Lucy Anne había nacido en un pueblito de Mississippi. Tenía veintiséis años y su sueño era vivir cerca del mar. A veces hablaba de volver, pero lo hacía generalmente cuando estaba cansada o disgustada, lo que no sucedía muy a menudo. Erica Delmore tenía cuarenta años y había estado casada dos veces. Era de California, pero se sentía feliz en Arizona, en donde había poca gente y la vida era mucho más apacible. Cuando llegaron a Santa Teresa se dirigieron directamente a la zona de las discotecas, en el centro, y primero estuvieron en El Pelícano y luego en Domino’s. En el trayecto se les unió un mexicano de unos veintidós años que dijo llamarse Manuel o Miguel. Era un tipo simpático, según declaró Erica, que intentó ligar con Lucy Anne y luego, ante la negativa de ésta, con ella, y que en modo alguno podía ser tachado de acosador o de machista. En algún momento, mientras estaban en Domino’s, Manuel o Miguel (Erica es incapaz de recordar su nombre con precisión) se marchó y ellas se quedaron solas en la barra. Después, de forma incoherente, se dedicaron a recorrer en coche algunas calles del centro, visitando los monumentos históricos de la ciudad: la catedral, la alcaldía, algunas viejas casas coloniales, la plaza de armas rodeada de edificios porticados.
Según Erica, en ningún momento nadie las molestó ni fueron seguidas por persona alguna. Mientras rodeaban la plaza un turista norteamericano les dijo: chicas, tienen que ver la pérgola, es grandiosa. Después el turista se perdió en la espesura y ellas decidieron que no era una mala idea caminar un rato.
La noche era radiante, fresca, llena de estrellas. Mientras Erica buscaba un sitio para estacionar, Lucy Anne se bajó, se quitó los zapatos que llevaba y se puso a correr por el césped acabado de regar. Después de estacionar Erica fue a buscar a Lucy Anne pero ya no la encontró. Decidió adentrarse en la plaza, rumbo a la famosa pérgola. Algunas sendas eran de tierra, pero las principales conservaban el antiguo empedrado. En los bancos vio parejas que hablaban o se besaban. La pérgola era de metal y en el interior, pese a la hora, jugaban unos niños insomnes.
El alumbrado, comprobó Erica, era débil, sólo el suficiente para no andar a ciegas, pero la presencia de tantas personas desposeía al lugar de cualquier hálito siniestro. No encontró a Lucy Anne, pero sí creyó reconocer al turista norteamericano que les había ponderado a gritos la plaza. Se hallaba junto a otros tres y bebían tequila pasándose la botella de uno a otro.
Se acercó y les preguntó por su amiga. El turista norteamericano la miró como si se hubiera escapado de un manicomio. Todos estaban borrachos, pero Erica sabía cómo tratar a los borrachos y les explicó la situación. Eran muy jóvenes y no tenían nada mejor que hacer, así que decidieron ayudarla. Al cabo de un rato por la plaza resonaron varios gritos llamando a Lucy Anne. Erica volvió a donde había aparcado el coche. No había nadie. Entró, cerró las puertas por dentro y tocó el claxon varias veces. Luego se puso a fumar hasta que el aire en el interior se hizo irrespirable y tuvo que bajar una ventanilla. Cuando amaneció se dirigió a una comisaría de policía y preguntó si había consulado norteamericano en aquella ciudad. El policía que la atendió no lo sabía y tuvo que preguntárselo a un par de compañeros. Uno de ellos dijo que sí había. Erica levantó una denuncia por desaparición y luego se dirigió al consulado con una fotocopia. El consulado estaba en la calle Verdejo, en la colonia Centro-Norte, no lejos de las calles que ella había recorrido la noche anterior, y permanecía cerrado. A pocos pasos Erica vio una cafetería y entró a desayunar. Pidió un sándwich vegetal y un zumo de piña y luego llamó por teléfono desde la misma cafetería a Huntville, a casa de Lucy Anne, pero nadie contestó. Desde su mesa podía ver el movimiento de la calle que iba despertando paulatinamente. Cuando se acabó el zumo volvió a telefonear a Huntville, pero esta vez marcó el número del sheriff. La atendió un muchacho que se llamaba Rory Campuzano, al que ella conocía bien. Éste le dijo que el sheriff aún no había llegado. Erica le dijo que Lucy Anne Sander había desaparecido en Santa Teresa y que ella, tal como veía las cosas, se iba a pasar toda la mañana en el consulado o bien recorriendo los hospitales. Dile que me llame al consulado, dijo.
Eso haré, Erica, mantén la calma, dijo Rory, y luego colgó. Durante una hora, picoteando su sándwich vegetal, permaneció sentada, hasta que vio movimiento en la puerta del consulado.
La atendió un tipo que decía llamarse Kurt A. Banks, que le hizo toda clase de preguntas acerca de su amiga y de ella misma, como si no creyera para nada la versión que Erica le había dado. Sólo al salir de allí Erica comprendió que el tipo sospechaba que tanto Lucy Anne como ella eran putas. Después volvió a la comisaría de policía, en donde tuvo que explicar la misma historia otras dos veces, ante policías que nada sabían de su denuncia, y que finalmente le comunicaron que no había novedad con respecto a la desaparición de su amiga, la cual muy bien podría haber cruzado otra vez la frontera. Uno de los policías le recomendó que hiciera lo mismo, que lo mejor era dejar el asunto en manos del consulado y volver a casa. Erica lo miró a los ojos. Tenía cara de buena persona y el consejo parecía bien intencionado. El resto de la mañana y buena parte de la tarde la ocupó recorriendo hospitales. Hasta ese momento no se había detenido a pensar de qué forma Lucy Anne podía haber llegado a parar a un hospital. Descartó el accidente, pues Lucy Anne había desaparecido en la plaza o en los alrededores de ésta y ella no había oído el más mínimo ruido, ningún grito, ningún frenazo, ninguna derrapada. Tras buscar otras posibilidades que dieran verosimilitud a la presencia de Lucy Anne en un hospital, sólo se le ocurrió el ataque de amnesia. La probabilidad era tan remota que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Ninguno de los hospitales que visitó, por otra parte, tenía registrada a una norteamericana. En el último una enfermera le sugirió que fuera a la clínica América, una institución médica privada, pero ella contestó con una exclamación sardónica. Somos trabajadoras, cariño, dijo en inglés. Igual que yo, dijo la enfermera en el mismo idioma. Durante un rato ambas estuvieron hablando y luego la enfermera la invitó a tomar un café en el restaurante del hospital, en donde le informó de que en Santa Teresa desaparecían muchas mujeres. Lo mismo ocurre en mi país, dijo Erica. La enfermera la miró a los ojos y movió la cabeza. Aquí es peor, dijo. Al despedirse se dieron sus números de teléfono y Erica prometió que la tendría al corriente de las novedades que se produjeran. Comió en la terraza de un restaurante del centro y en dos ocasiones creyó ver que Lucy Anne caminaba por la acera, en una acercándose hacia ella y en la otra alejándose de ella, pero en ninguna de las dos se trataba de la Lucy Anne real. Casi no se fijó en lo que pedía y señaló un par de platos no demasiado caros al azar. Ambos estaban condimentados con mucho picante y al cabo de un rato se puso a lagrimear, pero no por ello dejó de comer. Luego condujo su coche hasta la plaza en donde había desaparecido Lucy Anne, aparcó a la sombra de un gran roble y se puso a dormir con ambas manos cogidas al volante. Cuando despertó se dirigió al consulado y el tipo llamado Kurt A. Banks le presentó a otro tipo que dijo llamarse Henderson, el cual le informó de que aún era demasiado pronto para que hubiera progresos en lo relativo a la desaparición de su amiga. Ella preguntó cuándo no sería demasiado pronto. Henderson la miró impávido y dijo:
tres días más. Y agregó: por lo menos. Cuando ya se iba Kurt A. Banks le dijo que había llamado el sheriff de Huntville preguntando por ella e interesándose por la desaparición de Lucy Anne Sander. Le dio las gracias y se marchó. Ya en la calle buscó un teléfono público y llamó a Huntville. Le contestó Rory Campuzano, quien le dijo que el sheriff había intentado ponerse en contacto con ella en tres ocasiones. Ahora ha salido, dijo Rory, pero cuando vuelva le diré que te llame. No, dijo Erica, aún no tengo un sitio fijo, llamaré yo dentro de un rato. Antes de que cayera la noche visitó varios hoteles. Los que parecían buenos eran demasiado caros y al final se alojó en una pensión de la colonia Rubén Darío, en una habitación sin baño ni televisor.
La ducha estaba en el pasillo y tenía un pequeño pestillo para cerrar la puerta por dentro. Se desnudó, pero sin quitarse los zapatos por miedo a contraer hongos, y permaneció largo rato bajo el agua. Al cabo de media hora, sin quitarse la toalla con la que se había secado, se dejó caer en la cama y se olvidó de llamar al sheriff de Huntville y al consulado y se quedó profundamente dormida hasta el día siguiente.
Ese día encontraron a Lucy Anne Sander no muy lejos de la reja fronteriza, a pocos metros de unos depósitos de petróleo que se extienden un trecho paralelos a la carretera a Nogales. El cadáver presentaba heridas de cuchillo, la mayoría muy profundas, en la región del cuello, tórax y abdomen. Fue encontrada por unos trabajadores que dieron parte de inmediato a la policía.
En el examen forense se estableció que había sido violada repetidas veces, encontrándose abundantes pruebas de semen en su vagina. La muerte se la produjo una de las heridas de cuchillo, aunque por lo menos cinco eran de carácter mortal. La noticia le fue comunicada a Erica Delmore cuando ésta telefoneó al consulado norteamericano. Kurt A. Banks le dijo que se presentara de inmediato, que tenía algo triste que comunicarle, pero ante la insistencia de Erica y sus gritos que subían de volumen no le quedó más remedio que decirle sin más preámbulos la pura y triste verdad. Antes de dirigirse al consulado Erica llamó al sheriff de Huntville y esta vez sí que pudo hablar con él. Le dijo que Lucy Anne había sido asesinada en Santa Teresa.
¿Quieres que te vaya a buscar?, dijo el sheriff. Me gustaría, pero si no puedes no lo hagas, tengo mi coche, dijo Erica. Iré a buscarte, dijo el sheriff. Después llamó a la enfermera de la que se había hecho amiga y le contó la última y al parecer definitiva novedad. Seguramente querrán que identifiques el cadáver, dijo la enfermera. La morgue estaba en uno de los hospitales que había visitado el día anterior. Iba con Henderson, que era más amable que Kurt A. Banks, pero en realidad hubiera preferido ir sola. Mientras esperaban en un pasillo del sótano vio aparecer a la enfermera. Se abrazaron y se besaron en las mejillas.
Luego le presentó la enfermera a Henderson, que la saludó distraídamente, pero que quiso saber desde cuándo se conocían.
La enfermera le dijo que desde hacía veinticuatro horas. O menos de veinticuatro horas. Es verdad, pensó Erica, sólo un día pero ya la siento como si la conociera desde hace mucho tiempo.
Cuando apareció el forense se negó a que Henderson la acompañara. No es por gusto, dijo éste con media sonrisa, es mi deber. La enfermera la abrazó y entraron las dos juntas, seguidas por el funcionario norteamericano. En la sala encontraron a dos policías mexicanos que miraban a la muerta. Erica se acercó y dijo que era su amiga. Los policías le pidieron que firmara unos papeles. Erica trató de leerlos, pero estaban escritos en español. No es nada, dijo Henderson, firme. La enfermera leyó los papeles y le dijo que firmara. ¿Es todo?, preguntó Henderson.
Es todo, dijo uno de los policías mexicanos. ¿Quién le hizo esto a Lucy Anne?, preguntó ella. Los policías la miraron sin entender. La enfermera tradujo sus palabras y los policías dijeron que aún no lo sabían. Después del mediodía apareció por el consulado norteamericano el sheriff de Huntville. Erica estaba fumando encerrada en su coche cuando lo vio llegar. El sheriff de Huntville la reconoció de lejos y hablaron, ella sin salir del coche y él inclinado, con una mano apoyada en la puerta abierta y la otra en el cinturón. Después se fue a pedir más información al consulado y Erica permaneció en el coche, con la puerta de nuevo cerrada por dentro y fumando un cigarrillo tras otro. Cuando el sheriff salió le dijo que volvieran a casa.
Erica esperó a que el sheriff pusiera su coche en marcha y luego, como en un sueño, lo siguió a través de las calles mexicanas y a través del paso fronterizo y por el desierto, ya en Arizona, hasta que el sheriff tocó el claxon y luego le hizo una señal con la mano y ambos coches se detuvieron en una vieja gasolinera en donde también se podía comer. Pero Erica no tenía hambre y se limitó a escuchar lo que el sheriff tenía que decirle: que el cuerpo de Lucy Anne sería expedido a Huntville al cabo de tres días, que la policía mexicana se había comprometido a capturar al asesino, que todo aquello olía a mierda. Después el sheriff pidió huevos revueltos con frijoles y una cerveza y ella se levantó de la mesa y fue a comprar más cigarrillos. Cuando volvió el sheriff rebañaba el plato con un pedazo de pan de molde.












