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Antes de que acabara el año 1994, Harry Magaña viajó a Chucarit y localizó a la muchacha que le escribía cartas de amor a Miguel Montes. Se llamaba María del Mar Enciso Montes y era prima de Miguel. Tenía diecisiete años y estaba enamorada desde los doce. Era muy delgada y tenía el pelo castaño, quemado por el sol. Le preguntó a Harry Magaña para qué quería ver a su primo y Harry le dijo que era su amigo y habló de un dinero que una noche Miguel le había prestado.
Después la muchacha le presentó a sus padres, que tenían una pequeña tienda de comida en donde también vendían pescados en salazón que ellos mismos iban a comprar a los pescadores, recorriendo la costa desde Huatabampo hasta Los Médanos y a veces más al norte, hasta Isla Lobos, en donde casi todos los pescadores eran indios y tenían cáncer de piel, lo que no parecía importarles, y cuando habían llenado de pescado la camioneta volvían a Chucarit y luego ellos mismos se ocupaban de salarlos. A Harry Magaña le cayeron bien los padres de María del Mar. Esa noche se quedó allí a cenar. Pero antes salió y recorrió Chucarit en compañía de la muchacha buscando un sitio en donde comprar algo, un detalle para los padres que le habían abierto las puertas de su casa con tanta hospitalidad. No encontró nada, salvo un bar abierto en donde quiso comprar una botella de vino. La muchacha lo esperó afuera. Cuando salió ella le preguntó si quería conocer la casa de Miguel. Harry dijo que sí. El coche enfiló entonces hacia las afueras de Chucarit.
Bajo la protección de unos árboles se mantenía en pie una vieja casa de adobes. Ya no vive nadie, dijo María del Mar.
Harry Magaña bajó del coche y vio un chiquero, un corral con la reja destrozada y las maderas podridas, un gallinero en donde se movió algo, tal vez una rata o una culebra. Luego empujó la puerta y un aliento a bestia muerta le dio en la cara. Tuvo un presentimiento. Regresó al coche, buscó su linterna y volvió a la casa. Esta vez María del Mar iba detrás de él. En el cuarto descubrió varios pájaros muertos. Enfocó con la linterna la parte de arriba, entre las vigas hechas de rama se podía ver parte del entretecho en donde se amontonaban objetos o excrecencias naturales inidentificables. El primero en marcharse fue Miguel, dijo María del Mar en la oscuridad. Luego murió su madre y el padre aguantó durante un año viviendo aquí solo. Un día ya no lo vimos más. Según mi madre se mató. Según mi padre se fue al norte a buscar a Miguel. ¿No tenían más hijos?
Tenían, dijo María del Mar, pero murieron cuando todavía eran bebés. ¿Tú también eres hija única?, dijo Harry Magaña.
No, lo mismo le pasó a mi familia. Todos mis hermanos mayores enfermaron y murieron cuando todavía ninguno había pasado los seis. Lo siento, dijo Harry Magaña. La otra habitación era aún más oscura. Pero no olía a muerto. Qué cosa más extraña, pensó Harry. Olía a vida. Tal vez a vida suspendida, a visitas fugaces, a risas de gente mala, pero a vida. Cuando salieron la muchacha le mostró el cielo de Chucarit lleno de estrellas.
¿Esperas que Miguel vuelva algún día?, le preguntó Harry Magaña.
Espero que vuelva, pero no sé si volverá. ¿En dónde crees que está ahora? No lo sé, dijo María del Mar. ¿En Santa Teresa?
No, dijo, si estuviera allí tú no habrías venido a Chucarit, ¿verdad?
Verdad, dijo Harry Magaña. Antes de irse, le tomó la mano y le dijo que Miguel Montes no se la merecía. La muchacha sonrió. Tenía los dientes pequeños. Pero yo sí que me lo merezco a él, dijo. No, dijo Harry Magaña, tú te mereces algo mucho mejor. Esa noche, después de cenar en casa de la muchacha, se dirigió de nuevo al norte. De madrugada llegó a Tijuana.
Lo único que sabía del amigo de Miguel Montes en Tijuana era que se llamaba Chucho. Pensó en buscar en los bares y discotecas de Tijuana un mesero o un barman con ese nombre, pero no tenía tanto tiempo. Tampoco conocía a nadie en la ciudad que lo pudiera ayudar. A mediodía telefoneó a un antiguo conocido que vivía en California. Soy yo, Harry Magaña, dijo. El tipo le respondió que no recordaba a ningún Harry Magaña. Hace unos cinco años hicimos un curso juntos en Santa Bárbara, dijo Harry Magaña, ¿lo recuerdas? Joder, dijo el tipo, claro que sí, el sheriff de Huntville, Arizona. ¿Sigues siendo sheriff? Sí, dijo Harry Magaña. Después se preguntaron por la salud de sus respectivas mujeres. El policía de East Los Angeles dijo que la suya estaba bien, cada día más gorda. Harry dijo que la suya había muerto hacía cuatro años. Unos meses después de haber realizado el curso en Santa Bárbara. Lo siento, dijo el otro. Está bien, dijo Harry Magaña, y ambos guardaron un silencio incómodo durante un rato, hasta que el policía le preguntó cómo había muerto. Cáncer, dijo Harry, fue rápido.
¿Estás en Los Ángeles, Harry?, quiso saber el otro. No, no, estoy cerca, estoy en Tijuana. ¿Y qué has ido a hacer a Tijuana?
¿De vacaciones? No, no, dijo Harry Magaña. Estoy buscando a un tipo. Lo busco por mi cuenta, ¿entiendes? Pero sólo tengo un nombre. ¿Quieres que te ayude? dijo el policía. No me vendría mal, dijo Harry. ¿Desde dónde me llamas? Desde una cabina.
Mete monedas y espera unos minutos, dijo el policía.
Mientras esperaba Harry pensó no en su mujer sino en Lucy Anne Sander y luego dejó de pensar en Lucy Anne y se dedicó a contemplar a la gente que pasaba por la calle, algunos con sombreros de mariachi hechos de cartón y pintados de negro o morado o naranja, todos con grandes bolsas y sonrisas, y por su cabeza pasó la idea (pero de forma tan fugaz que él ni siquiera lo notó) de volver a Huntville y olvidarse de todo este asunto.
Luego escuchó la voz del policía de East Los Angeles que le daba un nombre: Raúl Ramírez Cerezo, y una dirección: calle Oro n.o 401. ¿Sabes hablar español, Harry?, dijo la voz desde California. Cada día menos, contestó Harry Magaña. A las tres de la tarde, bajo un sol inclemente, llamó al 401 de la calle Oro. Le abrió una niña de unos diez años que vestía uniforme escolar. Busco al señor Raúl Ramírez Cerezo, dijo Harry. La niña le sonrió, dejó la puerta abierta y desapareció en la oscuridad.
Al principio Harry no supo si entrar o esperar afuera. Tal vez fue el sol el que lo empujó hacia dentro. Olió a agua y a plantas recién regadas y a vasijas calientes después de ser mojadas.
De la habitación salían dos pasillos. Al final de uno de ellos se veía un patio de baldosas grises y una pared cubierta de enredadera. El otro pasillo estaba más oscuro aún que el recibidor o lo que fuera en donde estaba. ¿Qué quiere?, dijo una voz de hombre. Busco al señor Ramírez, dijo Harry Magaña. ¿Y quién es usted?, dijo la voz. Un amigo de Don Richardson, de la policía de Los Ángeles. Ah, vaya, dijo la voz, qué interesante.
¿Y para qué es bueno el señor Ramírez? Estoy buscando a un hombre, dijo Harry. Como todos, dijo la voz con un dejo entre melancólico y cansado. Esa tarde acompañó a Raúl Ramírez Cerezo a una comisaría en el centro de Tijuana, en donde el mexicano lo dejó solo con más de mil expedientes. Revíselos, le dijo. Al cabo de dos horas encontró uno que podía aplicarse perfectamente bien al Chucho que él buscaba. Es un delincuente de poca monta, le dijo Ramírez cuando volvió y examinó el expediente. Ocasionalmente ejerce de proxeneta. Lo podemos encontrar esta noche en la discoteca Wow, suele ir allí, pero primero nos vamos a cenar juntos, dijo Ramírez. Mientras comían en una terraza al aire libre, el policía mexicano le contó su vida. Mi extracción social es humilde, dijo, y los primeros veinticinco años fueron una sucesión sin fin de obstáculos.
Harry Magaña no tenía muchas ganas de escucharlo a él sino a Chucho, pero hizo como que lo escuchaba. Las palabras en español podían resbalarle por la piel, cuando así se lo proponía, y no dejarle la más mínima huella, algo que no sucedía, aunque también lo había intentado, con las palabras inglesas. Vagamente entendió que la vida de Ramírez, efectivamente, no había sido fácil. Operaciones, cirujanos, una pobre madre acostumbrada a las desgracias. La mala fama de la policía, a veces cierta, a veces falsa, la cruz que todos debemos cargar. Una cruz, pensó Harry Magaña. Después Ramírez habló de mujeres.
Mujeres con las piernas abiertas. Muy abiertas. ¿Qué es lo que se ve? ¿Qué es lo que se ve? Dios mío, de estas cosas no se habla cuando uno está comiendo. Un puto agujero. Un puto ojo. Una puta rajadura, como la falla en la corteza terrestre que tienen en California, la falla de San Bernardino, creo que así se llama. ¿Eso tienen en California? Primera noticia. Bueno, dijo Harry, yo vivo en Arizona. Muy lejos, sí, señor, dijo Ramírez.
No, aquí al lado, mañana regreso a casa, dijo Harry. Después escuchó una larga historia sobre hijos. ¿Has oído alguna vez con atención el llanto de un niño, Harry? No, dijo, no tengo hijos. Es cierto, dijo Ramírez, perdón, perdón. ¿Por qué me pide perdón?, pensó Harry. Una mujer decente y buena. Una mujer a la que tú, sin querer, tratas mal. Por costumbre. Nos volvemos ciegos (o, por lo menos, tuertos) por costumbre, Harry, hasta que de pronto, cuando ya nada tiene remedio, esa mujer enferma en nuestros brazos. Esa mujer preocupada por todos, excepto por ella misma, empieza a quedarse mustia en nuestros brazos. Y ni siquiera entonces nos damos cuenta, dijo Ramírez. ¿Le he contado mi historia?, pensó Harry Magaña.
¿He llegado hasta ese grado de infamia? Las cosas no son como uno las ve, susurró Ramírez. ¿Tú crees que las cosas son como las ves, tal cual, sin mayores problemas, sin preguntas? No, dijo Harry Magaña, siempre hay que hacer preguntas. Correcto, dijo el policía de Tijuana. Siempre hay que hacer preguntas, y siempre hay que preguntarse el porqué de nuestras propias preguntas.
¿Y sabes por qué? Porque nuestras preguntas, al primer descuido, nos dirigen hacia lugares adonde no queremos ir.
¿Puedes ver el meollo del asunto, Harry? Nuestras preguntas son, por definición, sospechosas. Pero necesitamos hacerlas.
Y eso es lo más jodido de todo. Así es la vida, dijo Harry Magaña.
Después el policía mexicano se quedó en silencio y ambos contemplaron a la gente que caminaba por la avenida, sintiendo en las mejillas acaloradas la brisa que soplaba sobre Tijuana.
Una brisa que olía a aceite de automóvil, a plantas secas, a naranjas, a cementerio de proporciones ciclópeas. ¿Nos tomamos otro par de cervezas o vamos ahorita a buscar al tal Chucho?
Nos tomamos otra cerveza, dijo Harry Magaña. Cuando entraron en la discoteca dejó que Ramírez llevara la iniciativa. Éste llamó a uno de los matones, un tipo con musculatura de culturista y una sudadera que se le pegaba al tórax como una malla, y le dijo algo al oído. El matón lo escuchó con la vista baja, luego lo miró a la cara y parecía que iba a decir algo, pero Ramírez dijo ándele y el matón desapareció entre las luces del local.
Siguió a Ramírez hasta el pasillo posterior. Entraron en el lavabo de hombres. Había dos tipos, pero nada más ver al policía se largaron. Durante un rato Ramírez se estuvo mirando en un espejo. Se lavó las manos y la cara y luego sacó un peine de la americana y procedió a peinarse cuidadosamente. Harry Magaña no hizo nada. Se quedó quieto, apoyado contra la pared de cemento sin revestir, hasta que Chucho apareció en la puerta y preguntó qué querían. Acércate, Chucho, dijo Ramírez.
Harry Magaña cerró la puerta de los lavabos. Las preguntas las hizo Ramírez y Chucho las respondió todas. Conocía a Miguel Montes. Era amigo de Miguel Montes. Que él supiera, Miguel Montes aún residía en Santa Teresa, en donde vivía con una puta. No sabía el nombre de la puta, pero sí sabía que era joven y que había trabajado durante un tiempo en un local llamado Asuntos Internos. ¿Elsa Fuentes?, dijo Harry Magaña, y el tipo se dio la vuelta, lo miró y asintió. Tenía la mirada torva de los pobres diablos que siempre pierden. Creo que así se llama, dijo. ¿Y cómo sé yo, Chuchito, que no me mientes?, dijo Ramírez. Porque yo a usted nunca le miento, boss, dijo el proxeneta.
Pero tengo que asegurarme, Chuchito, dijo el policía mexicano al tiempo que sacaba una navaja de un bolsillo. Era una navaja automática, con mango de nácar y una delgada hoja de acero de quince centímetros. Yo nunca le miento, boss, gimió Chucho. Esto es importante para mi amigo, Chuchito, ¿cómo sé yo que no vas a telefonear a Miguel Montes apenas nos hayamos ido? Yo nunca lo haría, nunca, nunca, tratándose de usted, boss, esa idea ni siquiera se me podría pasar por la cabeza.
¿Qué hacemos, Harry?, dijo el policía mexicano. Yo creo que este pendejo no miente, dijo Harry Magaña. Cuando abrió la puerta del lavabo vio al otro lado a un par de putas de corta estatura y al matón del local. Las putas estaban entradas en carnes y debían de ser unas sentimentales pues cuando vieron a Chucho sano y salvo se abalanzaron a abrazarlo entre risas y lágrimas.
Ramírez fue el último en salir del lavabo. ¿Algún problema?, le preguntó al matón. Ninguno, dijo éste con una voz muy delgada. ¿Todo bien, entonces? Suave, dijo el matón. Al salir a la calle encontraron una cola de gente joven que pretendía entrar en la discoteca. Harry Magaña distinguió, al final de la acera, la figura de Chucho que caminaba abrazado a sus dos putas. Sobre él pendía una luna llena que le trajo recuerdos del mar, un mar que había visitado en no más de tres ocasiones. Se va a la cama, dijo Ramírez cuando estuvo al lado de Harry Magaña.
Demasiado miedo y demasiadas emociones como para no desear de inmediato un buen sillón, un buen jaibol, un buen programa en la tele y una buena comida preparada por sus dos viejas. La mera verdad es que sólo sirven para cocinar, dijo el policía mexicano como si conociera a las putas desde la escuela. En la cola también había algunos turistas norteamericanos que hablaban a gritos. ¿Qué vas a hacer ahora, Harry?, dijo Ramírez. Me voy a Santa Teresa, dijo Harry Magaña mirando el suelo. Esa noche siguió el camino de las estrellas. Al cruzar el río Colorado vio un aerolito en el cielo, o una estrella fugaz, y pidió en silencio un deseo tal como le había enseñado su madre a hacerlo. Recorrió la carretera solitaria de San Luis a Los Vidrios. Allí se detuvo y bebió en un restaurante dos tazas de café sin pensar en nada, sintiendo cómo el líquido caliente bajaba por su esófago y lo quemaba. Después recorrió la carretera de Los Vidrios-Sonoyta y entonces enfiló hacia el sur, hacia Caborca. Mientras buscaba la salida pasó por el centro del pueblo y todo parecía cerrado, salvo la gasolinera. Se dirigió hacia el este y atravesó Altar, Pueblo Nuevo y Santa Ana, hasta enlazar con la carretera de cuatro carriles que iba a Nogales y a Santa Teresa. Llegó a la ciudad a las cuatro de la mañana. En la casa de Demetrio Águila no encontró a nadie, por lo que ni siquiera se echó un rato en la cama. Se lavó la cara y los brazos, se frotó con agua fría el pecho y las axilas y cogió de su maletín una camisa limpia. El Asuntos Internos aún no había cerrado cuando llegó y pidió hablar con la madame. El tipo al que se lo dijo lo miró con sorna. Estaba detrás de un mostrador de madera labrada, un escenario concebido para una sola persona, un animador o un anunciador de números, y parecía más alto de lo que era. Aquí no hay ninguna madame, señor, le dijo.
Entonces me gustaría hablar con el encargado, dijo Harry Magaña.
No hay ningún encargado, señor. ¿Quién manda?, preguntó Harry Magaña. Hay una encargada, señor. Nuestra encargada de relaciones públicas, señor. La señorita Isela. Harry Magaña intentó sonreír y dijo que quería hablar un minuto con la señorita Isela. Suba a la discoteca y pregunte por ella, le dijo el animador. Harry Magaña entró en un salón y vio a un hombre de bigote blanco dormido en un sillón. Las paredes estaban recubiertas de una tela roja, almohadillada, como si el salón fuera la celda de seguridad en un manicomio de putas. En la escalera, con el pasamanos tapizado igualmente de rojo, se cruzó con una puta que acompañaba a un cliente y la sujetó de un brazo. Le preguntó si Elsa Fuentes aún trabajaba allí. Sáquese, dijo la puta, y siguió bajando. En la discoteca había bastante gente, aunque la música que se escuchaba eran boleros o tristes danzones del sur. Las parejas apenas se movían en la oscuridad.
Con dificultad localizó a un camarero y le preguntó dónde podía encontrar a la señorita Isela. El camarero le indicó una puerta en el otro extremo de la discoteca. La señorita Isela estaba acompañada de un hombre de unos cincuenta años, vestido con traje negro y corbata amarilla. Cuando lo invitaron a sentarse el tipo se hizo a un lado y se apoyó contra la ventana que daba a la calle. Harry Magaña le dijo que buscaba a Elsa Fuentes.
¿Se puede saber por qué?, quiso saber la señorita Isela. Por ningún motivo bueno, dijo Harry Magaña con una sonrisa. La señorita Isela se rió. Era delgada y bien proporcionada, tenía tatuada en el hombro izquierdo una mariposa azul y probablemente aún no había cumplido los veintidós años. El tipo de la ventana también intentó reírse pero sólo le salió una mueca que apenas le estremeció el labio superior. Ya no trabaja aquí, dijo la señorita Isela. ¿Cuánto hace de eso?, preguntó Harry Magaña. Un mes o algo así, dijo la señorita Isela. ¿Y sabe usted dónde podría encontrarla? La señorita Isela miró al hombre de la ventana y le preguntó si se lo podían decir. ¿Por qué no?, dijo el hombre. Si no le soltamos la sopa nosotros, de otra manera lo va a conseguir. Este gringo parece obstinado. Es verdad, dijo Harry Magaña, soy obstinado. Pues no la hagas más cardiaca, Iselita, y dile dónde vive Elsa Fuentes, dijo el hombre. La señorita Isela sacó de un cajón un libro de contabilidad de tapa gruesa, muy alargado, y buscó en sus hojas. Elsa Fuentes vive, hasta donde sabemos, en la calle Santa Catarina número 23. ¿Y eso por dónde queda?, dijo Harry Magaña. En la colonia Carranza, dijo la señorita Isela. Usted vaya preguntando por ahí y al final llegará, dijo el hombre. Harry Magaña se levantó y les dio las gracias. Antes de marcharse se dio la vuelta y a punto estuvo de preguntarles si conocían o habían oído hablar de Miguel Montes, pero se arrepintió a tiempo y no les dijo nada.
Le costó llegar a la calle Santa Catarina, pero al final lo consiguió. La casa de Elsa Fuentes tenía las paredes encaladas y la puerta era de hierro. Golpeó dos veces. Las casas vecinas estaban en completo silencio, aunque por la calle se había cruzado con tres mujeres que salían a trabajar. Las tres mujeres se juntaron nada más salir de sus casas y desaparecieron rápidamente después de echarle una mirada a su coche. Sacó su navaja, se agachó y abrió la puerta sin dificultad. Por la parte de adentro la puerta tenía un hierro que hacía las veces de tranca y que no estaba echado, por lo que supuso que no había nadie.












