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Quería saber cómo estaba la crónica que Mary-Sue iba a escribir sobre Hernández Mercado. No voy a escribir nada, le dijo ella. El periodista adolescente quiso saber por qué. Porque no hay misterio, dijo Mary-Sue. Hernández debe de estar viviendo y trabajando en California. No lo creo, dijo el periodista adolescente.
A Mary-Sue le pareció que el muchacho había gritado.
De fondo escuchó el ruido de un camión o de varios camiones, como si la llamada la hiciera desde el patio de una empresa de transporte. ¿Por qué no lo quieres creer?, dijo. Porque he estado en su casa, dijo el muchacho. Yo también he estado en su casa, y no vi nada que me hiciera pensar que lo habían levantado. Se fue porque quiso irse. No, oyó que decía el muchacho. Si se hubiera ido por voluntad propia, se hubiera llevado sus libros. Los libros pesan, dijo Mary-Sue, y además uno siempre puede volver a comprarlos. En California hay más librerías que en Sonoita, dijo queriendo hacer un chiste, pero en el acto se dio cuenta de que aquella aseveración carecía de todo sentido del humor. No, no me refiero a esos libros sino a los suyos, dijo el muchacho. ¿A qué libros suyos?, dijo Mary-Sue.
A los que él escribió y publicó. Ésos no los hubiera abandonado ni aunque se acabara el mundo. Durante un rato Mary-Sue estuvo intentando recordar la casa de Hernández Mercado. En la sala había algunos libros, también en la habitación. Todos juntos no sumaban más de cien ejemplares. No era una gran biblioteca, pero para un tipo como el periodista bracero tal vez era suficiente y más que suficiente. No se le ocurrió pensar que entre aquellos volúmenes podían estar los que Hernández Mercado había escrito. ¿Y tú crees que no se hubiera ido sin ellos?
De ninguna manera, pues, dijo el muchacho, si eran como sus hijos. Mary-Sue pensó que los libros firmados por Hernández Mercado no debían de pesar mucho y que en modo alguno hubiera podido éste volver a comprarlos en California.
El diecinueve de diciembre, en unos terrenos cercanos a la colonia Kino, a pocos kilómetros del ejido Gavilanes del Norte, se encontraron dentro de una bolsa de plástico los restos de una mujer. Según declaración de la policía, se trataba de otra víctima de la banda de los Bisontes. Según los forenses, la víctima tenía entre quince y diecisiete años de edad, medía entre metro cincuentaicinco y metro sesenta de estatura y el asesinato se había cometido aproximadamente hacía un año. Dentro de la bolsa se encontró un pantalón azul marino, barato, como los que usan las mujeres de las maquiladoras para ir a trabajar, una camiseta y un cinturón de plástico de color negro, con hebilla grande también de plástico, de aquellos cinturones llamados de fantasía. El caso lo llevó el judicial Marcos Arana, recién trasladado de Hermosillo, en donde estaba adscrito a la brigada de narcóticos, pero el primer día aparecieron por el lugar del hallazgo los judiciales Ángel Fernández y Juan de Dios Martínez.
Este último, cuando le informaron de que dejara el caso en manos de Arana, a quien querían foguear, se dio una vuelta a pie por los alrededores hasta llegar a las puertas del ejido Gavilanes del Norte. La casa principal conservaba el techo y las ventanas, pero las otras edificaciones daban un aspecto de lugar arrasado por un huracán. Durante un rato, Juan de Dios estuvo dando vueltas por el ejido fantasma, a ver si encontraba por lo menos a un campesino o a un niño o siquiera a un perro, pero ya ni perros quedaban allí.
¿Qué es o qué quiero que usted haga?, dijo la diputada.
Quiero que escriba sobre esto, que siga escribiendo sobre esto.
He leído sus artículos. Son buenos, pero a menudo golpea allí donde sólo hay aire. Yo quiero que golpee sobre seguro, sobre carne humana, sobre carne impune y no sobre sombras. Quiero que vaya a Santa Teresa y la huela bien. Quiero que la muerda.
Al principio yo no conocía Santa Teresa. Tenía algunas ideas generales, como todos, pero creo que empecé a conocer la ciudad y el desierto a partir de mi cuarta visita. Ahora no puedo sacármelos de la cabeza. Conozco los nombres de todos o de casi todos. Conozco algunas actividades ilícitas. Pero no puedo acudir a la policía mexicana. En la Procuraduría General creerían que me he vuelto loca. Tampoco puedo entregar mis informes a la policía gringa. Por una cuestión de patriotismo, al fin y al cabo, le pese a quien le pese (empezando por mí) soy mexicana.
Y además diputada mexicana. Esto lo resolvemos nosotros a chingadazos, como siempre, o nos hundimos juntos.
Hay gente a la que no quiero hacer daño y a la que, sin embargo, sé que dañaré. Lo doy por bueno, puesto que los tiempos están cambiando y el PRI también tiene que cambiar. Así que sólo me queda la prensa. Tal vez por mis años como periodista, el respeto que siento por algunos de ustedes se mantiene incólume.
Además, aunque el sistema está lleno de defectos, al menos gozamos de libertad de expresión y eso el PRI casi siempre lo ha respetado. He dicho casi siempre, no ponga esa cara de incredulidad, dijo la diputada. Aquí uno publica lo que quiere sin problemas. En fin, no vamos a discutir sobre esto, ¿verdad?
Usted ha publicado una novela dizque política en donde lo único que hace es repartir mierda sin ningún fundamento y no le pasó nada, ¿verdad? Ni se la censuraron ni lo demandaron.
Fue mi primera novela, dijo Sergio, y es muy mala. ¿La leyó?
La leí, dijo la diputada, he leído todo lo que ha escrito. Es muy mala, dijo Sergio, y luego dijo: aquí ni se censura ni se lee, pero la prensa es otra cosa. Los periódicos sí que se leen. Al menos los titulares. Y tras un silencio: ¿qué pasó con Loya? Loya murió, dijo la diputada. No, no lo mataron ni lo desaparecieron.
Simplemente se murió. Tenía cáncer y nadie lo sabía. Era un hombre reservado. Ahora su oficina de investigaciones la dirige otra persona, tal vez ya ni siquiera exista, tal vez ahora sea una oficina de consulting o de asesoría para empresas. No tengo ni idea. Antes de morir, Loya me entregó todas las carpetas concernientes al caso de Kelly. Lo que no me pudo pasar lo destruyó.
Yo intuí algo malo, pero él prefirió no decirme nada. Se marchó a los Estados Unidos, a una clínica en Seattle, y allí aguantó tres meses y murió. Era un hombre extraño. Sólo una vez estuve en su casa, vivía solo en un apartamento de la colonia Nápoles. Por fuera era un sitio común y corriente, de clase media, pero por dentro era otra cosa, no sé cómo describirlo, era Loya, como un espejo de Loya o como el autorretrato de Loya, eso sí, un autorretrato inconcluso. Tenía muchos discos y libros de arte. Las puertas eran blindadas. Tenía la foto de una mujer mayor en un marco de oro, un gesto más bien melodramático.
La cocina estaba completamente reformada y era grande y llena de utensilios de cocinero profesional. Cuando supo que le quedaba poco tiempo me llamó por teléfono desde Seattle y a su manera se despidió de mí. Recuerdo que le pregunté si tenía miedo. No sé por qué le hice esa pregunta. Él me respondió con otra. Me dijo si yo tenía miedo. No, no tengo miedo, le dije. Entonces yo tampoco, dijo él. Ahora quiero que usted utilice todo lo que entre Loya y yo reunimos y que agite el avispero. Por supuesto, no va a estar solo. Yo estaré siempre a su lado, aunque usted no me vea, para ayudarlo en cada momento.
El último caso del año 1997 fue bastante similar al penúltimo, sólo que en lugar de encontrar la bolsa con el cadáver en el extremo oeste de la ciudad, la bolsa fue encontrada en el extremo este, en la carretera de terracería que corre, digamos, paralela a la línea fronteriza y que luego se bifurca y se pierde al llegar a las primeras montañas y a los primeros desfiladeros. La víctima, según los forenses, llevaba mucho tiempo muerta. De edad aproximada a los dieciocho años, medía entre metro cincuentaiocho y metro sesenta. El cuerpo estaba desnudo, pero en el interior de la bolsa se encontraron un par de zapatos de tacón alto, de cuero, de buena calidad, por lo que se pensó que podía tratarse de una puta. También se encontraron unas bragas blancas, de tipo tanga. Tanto este caso como el anterior fueron cerrados al cabo de tres días de investigaciones más bien desganadas. Las navidades en Santa Teresa se celebraron de la forma usual. Se hicieron posadas, se rompieron piñatas, se bebió tequila y cerveza. Hasta en las calles más humildes se oía a la gente reír. Algunas de estas calles eran totalmente oscuras, similares a agujeros negros, y las risas que salían de no se sabe dónde eran la única señal, la única información que tenían los vecinos y los extraños para no perderse.
La parte de Archimboldi
Su madre era tuerta. Tenía el pelo muy rubio y era tuerta.
Su ojo bueno era celeste y apacible, como si no fuera muy inteligente, pero en cambio buena, un montón. Su padre era cojo.
Había perdido la pierna en la guerra y había pasado un mes en un hospital militar cercano a Düren, pensando que de ésa no salía y viendo cómo los heridos que se podían mover (¡él no!) les robaban los cigarrillos a los heridos que no se podían mover.
Cuando quisieron robarle sus cigarrillos, sin embargo, él cogió del cuello al ladrón, un tipo pecoso y de pómulos anchos, espaldas anchas, caderas anchas, y le dijo: ¡alto!, ¡con el tabaco de un soldado no se juega! Entonces el pecoso se alejó y cayó la noche y el padre tuvo la impresión de que alguien lo miraba.
En la cama de al lado había una momia. Tenía los ojos negros como dos pozos profundos.
– ¿Quieres fumar? -dijo él.
La momia no contestó.
– Fumar es bueno -dijo él, y encendió un cigarrillo y buscó la boca de la momia entre las vendas.
La momia se estremeció. Tal vez no fuma, pensó él, y le retiró el cigarrillo. La luna iluminó la punta del cigarrillo, que estaba manchada por una especie de moho blanco. Entonces volvió a introducírselo entre los labios, al tiempo que le decía:
fuma, fuma, olvídate de todo. Los ojos de la momia no lo soltaban, tal vez, pensó, es un camarada de batallón que me ha reconocido. ¿Pero por qué no me dice nada? Tal vez no puede hablar, pensó. El humo, de improviso empezó a salir por entre las vendas. Hierve, pensó, hierve, hierve.
El humo le salía a la momia por las orejas, por la garganta, por la frente, por los ojos, que ni aun así dejaban de mirarlo, hasta que él sopló y le retiró el cigarrillo de los labios y siguió soplando un rato más sobre la cabeza vendada hasta que el humo desapareció del todo. Después apagó el cigarrillo en el suelo y se quedó dormido.
Al despertar la momia ya no estaba a su lado. ¿Dónde está la momia?, dijo. Murió esta mañana, dijo alguien desde su cama. Entonces él encendió un cigarrillo y se puso a esperar el desayuno. Cuando lo dieron de alta se marchó cojeando hasta la ciudad de Düren. Allí tomó un tren que lo dejó en otra ciudad.
En esta ciudad esperó veinticuatro horas en la estación, comiendo sopa del ejército. El que distribuía la sopa era un sargento cojo como él. Hablaron durante un rato, mientras el sargento vaciaba cucharones de sopa en los platos de aluminio de los soldados y él comía, sentado en un banco de madera, un banco como de carpintero, que había a su lado. Según el sargento todo estaba a punto de cambiar. La guerra tocaba a su fin e iba a empezar una nueva época. Él le contestó, mientras comía, que nada iba a cambiar nunca. Ni siquiera ellos, que habían perdido cada uno una pierna, habían cambiado.
Cada vez que le contestaba, el sargento se reía. Si el sargento decía blanco, él decía negro. Si el sargento decía día, él decía noche. Y cuando oía sus respuestas el sargento se reía y le preguntaba si a la sopa le hacía falta sal, si estaba muy desabrida.
Después se aburrió de esperar un tren que, a su parecer, no iba a llegar nunca y reemprendió la marcha a pie.
Vagó durante tres semanas por el campo, comiendo pan duro y robando frutas y gallinas en las granjas. Durante el viaje Alemania se rindió. Cuando se lo dijeron, él dijo: mejor. Una tarde llegó a su pueblo y llamó a la puerta de su casa. Abrió su madre y al verlo tan desastrado no lo reconoció. Después lo abrazaron y le dieron de comer. Él preguntó si la tuerta se había casado. Le dijeron que no. Esa noche fue a verla, sin cambiarse de ropa ni bañarse, pese a los ruegos de su madre para que al menos se afeitara. Cuando la tuerta lo vio de pie delante de la puerta de su casa lo reconoció enseguida. El cojo también la vio, asomada a la ventana, y levantó una mano y la saludó formalmente, incluso con algo de rigidez, pero ese saludo también se hubiera podido interpretar como un gesto que equivalía a decir que así era la vida. A partir de ese momento afirmó a quien quisiera escucharlo que en su pueblo todos estaban ciegos y que la tuerta era una reina.
En 1920 nació Hans Reiter. No parecía un niño sino un alga. Canetti y creo que también Borges, dos hombres tan distintos, dijeron que así como el mar era el símbolo o el espejo de los ingleses, el bosque era la metáfora en donde vivían los alemanes. De esta regla quedó fuera Hans Reiter desde el momento de nacer. No le gustaba la tierra y menos aún los bosques.
Tampoco le gustaba el mar o lo que el común de los mortales llama mar y que en realidad sólo es la superficie del mar, las olas erizadas por el viento que poco a poco se han ido convirtiendo en la metáfora de la derrota y la locura. Lo que le gustaba era el fondo del mar, esa otra tierra, llena de planicies que no eran planicies y valles que no eran valles y precipicios que no eran precipicios.
Cuando la tuerta lo bañaba en un barreño, el niño Hans Reiter siempre se deslizaba de sus manos jabonosas y bajaba hasta el fondo, con los ojos abiertos, y si las manos de su madre no lo hubieran vuelto a subir a la superficie él se habría quedado allí, contemplando la madera negra y el agua negra en donde flotaban partículas de su propia mugre, trozos mínimos de piel que navegaban como submarinos hacia alguna parte, una rada del tamaño de un ojo, un abra oscura y serena, aunque la serenidad no existía, sólo existía el movimiento que es la máscara de muchas cosas, incluida la serenidad.
Una vez el cojo, que a veces miraba cómo la tuerta lo bañaba, le dijo que no lo subiera, a ver qué hacía. Desde el fondo del barreño los ojos grises de Hans Reiter contemplaron el ojo celeste de su madre y luego se puso de lado y se dedicó a contemplar, muy quieto, los fragmentos de su cuerpo que se alejaban en todas las direcciones, como naves sonda lanzadas a ciegas a través del universo. Cuando el aire se le acabó dejó de contemplar esas partículas mínimas que se perdían y comenzó a seguirlas. Se puso rojo y se dio cuenta de que estaba atravesando una zona muy parecida al infierno. Pero no abrió la boca ni hizo el menor gesto de subir, aunque su cabeza sólo estaba a diez centímetros de la superficie y de los mares de oxígeno. Finalmente los brazos de su madre lo izaron en el aire y se puso a llorar. El cojo, arrebujado en su viejo capote militar, miró el suelo y lanzó un escupitajo en medio de la chimenea.
A los tres años Hans Reiter era más alto que todos los niños de tres años de su pueblo y también más alto que cualquier niño de cuatro años y no todos los niños de cinco años eran más altos que él. Al principio caminaba con pasos inseguros y el médico del pueblo dijo que eso era debido a su altura y aconsejó darle más leche para fortalecer el calcio de los huesos.
Pero el médico se equivocaba. Hans Reiter caminaba con pasos inseguros debido a que se movía por la superficie de la tierra como un buzo primerizo por el fondo del mar. En realidad, él vivía y comía y dormía y jugaba en el fondo del mar. Con la leche no hubo problemas, su madre tenía tres vacas y gallinas y el niño estaba bien alimentado.
El cojo a veces lo miraba caminar por el campo y se ponía a pensar si en su familia había habido alguna vez un tipo tan alto. El hermano de un tatarabuelo o bisabuelo, se decía, había servido a las órdenes de Federico el Grande, en un regimiento compuesto sólo de hombres que pasaban el metro ochenta o el metro ochentaicinco. Ese regimiento o batallón de lujo había tenido muchas bajas, pues resultaba sumamente fácil apuntarles y hacer blanco en ellos.
En cierta ocasión, pensaba el cojo mientras veía a su hijo moverse con torpeza por los bordes de los huertos vecinos, el regimiento prusiano había quedado frente a frente a un regimiento ruso de similares características, campesinos de un metro ochenta o de un metro ochentaicinco vestidos con casacas verdes de la Guardia Imperial Rusa, y se habían enfrentado y la mortandad fue terrible, incluso cuando los regimientos de ambos ejércitos habían retrocedido, estos dos regimientos de gigantes siguieron enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo que sólo cesó cuando los generales en jefe enviaron órdenes irrestrictas de retirada hacia las nuevas posiciones.
Antes de irse a la guerra el padre de Hans Reiter medía un metro sesentaiocho. Cuando volvió, tal vez porque le faltaba una pierna, medía tan sólo un metro sesentaicinco. Un regimiento de gigantes es cosa de locos, pensaba. La tuerta medía un metro sesenta y pensaba que los hombres, a más altos, mejores.
A los seis años Hans Reiter era más alto que todos los niños de seis, más alto que todos los niños de siete, más alto que todos los niños de ocho, más alto que todos los niños de nueve y que la mitad de los niños de diez. Y, además, a los seis años había robado un libro por primera vez. El libro se llamaba Algunos animales y plantas del litoral europeo. Lo escondió debajo de su cama aunque en la escuela nunca nadie echó de menos el libro. Por aquella misma época empezó a bucear. En el año 1926. Nadaba desde los cuatro años y metía la cabeza en el agua y abría los ojos y luego su madre lo reñía porque todo el día andaba con los ojos rojos y temía que la gente, al verlo, pensara que el niño se pasaba el día llorando. Pero bucear no supo hasta que cumplió los seis años. Metía la cabeza, se sumergía un metro y abría los ojos y miraba. Eso sí. Pero bucear no. A los seis decidió que un metro era muy poco y se lanzó en picado hacia el fondo del mar.
El libro Algunos animales y plantas del litoral europeo lo tenía dentro de la cabeza, como suele decirse, y mientras buceaba iba pasando páginas lentamente. Así descubrió a la Laminaria digitata, que es un alga de gran tamaño, compuesta por un tallo robusto y una hoja ancha, tal como decía el libro, en forma de abanico de donde salían numerosas secciones en tiras que parecían, en realidad, dedos. La Laminaria digitata es un alga de mares fríos como el Báltico, el Mar del Norte y el Atlántico.












