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Tres días después de la profanación de la iglesia de Santa Catalina, el Penitente se introdujo a altas horas de la noche en la iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, en la colonia Reforma, la iglesia más antigua de la ciudad, construida a mediados del siglo XVIII, y que durante un tiempo sirvió como sede del obispado de Santa Teresa. En el edificio adyacente, sito en la esquina de las calles Soler y Ortiz Rubio, dormían tres curas y dos jóvenes seminaristas indios de la etnia pápago que cursaban estudios de Antropología e Historia en la Universidad de Santa Teresa. Los seminaristas, además de dedicar su tiempo al estudio, se encargaban de algunas labores menores de limpieza, como fregar los platos cada noche o recoger la ropa sucia de los curas y entregársela a la mujer que luego la llevaba a la lavandería.
Esa noche, uno de los seminaristas no dormía. Había intentado estudiar encerrado en su cuarto y luego se levantó a buscar un libro a la biblioteca, en donde, sin que hubiera motivo alguno, se quedó leyendo sentado en un sillón hasta que lo sorprendió el sueño. El edificio estaba comunicado con la iglesia a través de un pasillo que llevaba directamente a la rectoría.
Se decía que existía otro pasillo, subterráneo, que los curas utilizaron durante la revolución y durante la guerra cristera, pero de ese pasillo el estudiante pápago desconocía la existencia. De pronto un ruido a cristales rotos lo despertó. Primero pensó, cosa rara, que estaba lloviendo, pero luego se dio cuenta de que el ruido provenía del interior de la iglesia y no de afuera y se levantó y fue a investigar. Al llegar a la rectoría oyó gemidos y pensó que alguien se había quedado encerrado en uno de los confesionarios, cosa del todo improbable pues las puertas de éstos no se cerraban. El estudiante pápago, contrariamente a lo que se decía sobre la gente de su etnia, era medroso y no se atrevió a entrar solo en la iglesia. Fue primero a despertar al otro seminarista y luego ambos acudieron a golpear, de forma muy discreta, la puerta del padre Juan Carrasco, que a esas horas, como el resto de los habitantes del edificio, dormía. El padre Juan Carrasco escuchó la historia del pápago en el pasillo y como leía la prensa dijo: debe de ser el Penitente. Acto seguido volvió a su habitación, se puso los pantalones y unas zapatillas de gimnasia que usaba para hacer jogging y para jugar al frontón, y de un armario sacó un viejo bate de béisbol. Luego envió a uno de los pápagos a despertar al conserje, que dormía en una pequeña habitación de la primera planta, junto a la escalera, y él, seguido por el pápago que alertó sobre los ruidos, se dirigió a la iglesia. A primera vista ambos tuvieron la impresión de que allí no había nadie. El humo hialino de las velas ascendía con lentitud hacia la bóveda y una nube densa, amarillo oscuro, permanecía inmóvil en el interior del templo. Poco después oyeron el gemido, como si un niño hiciera esfuerzos para no vomitar, al que siguió otro y luego otro, y luego el sonido familiar de la primera arcada. Es el Penitente, susurró el seminarista.
El padre Carrasco arrugó el ceño y se dirigió sin vacilar hacia el lugar del que provenía el ruido con el bate de béisbol sujeto con las dos manos, en actitud, precisamente, de batear.
El pápago no lo siguió. Tal vez dio un pasito o dos en la dirección emprendida por el cura, al cabo de los cuales se quedó quieto, ya sin defensas ante un terror sagrado. La verdad es que hasta le castañeteaban los dientes. No podía avanzar ni retroceder.
Así que, como luego explicó a la policía, se puso a rezar.
¿Qué rezaste?, le preguntó el judicial Juan de Dios Martínez. El pápago no entendió la pregunta. ¿El padrenuestro?, dijo el judicial.
No, no, no, no me acordaba de nada, dijo el pápago, recé por mi alma, recé por mi madrecita, le pedí a mi madrecita que no me abandonara. Desde donde estaba oyó el ruido del bate de béisbol que se estrellaba contra una columna. Bien podía tratarse, pensó o recordó que había pensado, de la columna vertebral del Penitente o de la columna de un metro noventa de altura en donde estaba la talla en madera del arcángel Gabriel.
Luego oyó resoplar a alguien. Oyó gemir al Penitente. Escuchó que el padre Carrasco le mentaba la madre a alguien, una mentada, la verdad sea dicha, extraña, no supo si dirigida al Penitente o a él, que no lo había acompañado, o a una persona desconocida del pasado del padre Carrasco, alguien a quien él no conocería jamás y a quien el cura no volvería a ver jamás.
Después el ruido que hace un bate de béisbol al caer a un suelo de piedras cortadas con exactitud y primor. La madera, el bate, rebota varias veces hasta que finalmente el ruido cesa. Casi al mismo instante oyó un grito que le hizo pensar, otra vez, en el terror sagrado. Pensar sin pensar. O pensar con imágenes temblorosas.
Después creyó ver, como iluminado por una vela pero lo mismo daba que si estuviera iluminado por un rayo, la figura del Penitente que con el bate de béisbol segaba de un golpe las canillas del arcángel y lo hacía caer de su pedestal. De nuevo el ruido de la madera, viejísima ésta, colisionando con la piedra, como si madera y piedra, en aquellas latitudes, fueran términos estrictamente antagónicos. Y más golpes. Y luego los pasos del conserje que llegaba corriendo y se internaba, también él, en lo oscuro, y la voz de su hermano pápago que en lengua pápago le preguntaba qué tenía, qué le dolía. Y luego más gritos y más curas y voces que avisaban a la policía y un revuelo de camisas blancas y un olor ácido, como si alguien hubiera trapeado las piedras de la vieja iglesia con un galón de amoníaco, olor a meados, según le dijo el judicial Juan de Dios Martínez, demasiada orina para un hombre solo, para un hombre con una vejiga normal.
Esta vez el Penitente se desmadró, dijo el judicial José Márquez mientras examinaba de rodillas los cadáveres del padre Carrasco y del conserje. Juan de Dios Martínez examinó la ventana por donde el profanador accedió a la iglesia y luego salió a la calle y estuvo un rato dando vueltas por Soler y luego por Ortiz Rubio y por una plaza que por las noches los vecinos usaban como párking gratuito. Cuando volvió a la iglesia Pedro Negrete y Epifanio estaban allí y nada más entrar el jefe de la policía le hizo un gesto para que se acercara. Durante un rato estuvieron hablando y fumando sentados en los bancos de la última fila. Debajo de la chamarra de cuero Negrete iba vestido con la camisa del pijama. Olía a colonia cara y no tenía cara de cansado. Epifanio llevaba un traje azul claro al que favorecía la luz mortecina de la iglesia. Juan de Dios Martínez le dijo al jefe de policía que el Penitente debía de tener un coche. ¿Y eso cómo lo sabes? No puede desplazarse a pie sin llamar la atención, dijo el judicial. Sus meados apestan. La distancia que hay entre la Kino y la Reforma es muy grande. La distancia entre la Reforma y la Lomas del Toro, también. Supongamos que el Penitente vive en el centro. De la Reforma al centro se puede ir caminando y si es de noche nadie va a darse cuenta de que hueles a meado. Pero del centro a la Lomas del Toro, andando, no sé, por lo menos te puedes tardar una hora. O más, dijo Epifanio.
Y de la Lomas del Toro a la Kino, ¿de cuánto puede ser la caminata? Más de cuarentaicinco minutos, siempre que antes no te pierdas, dijo Epifanio. Y ya no digamos de la Reforma a la Kino, dijo Juan de Dios Martínez. Así que este buey va en coche, dijo el jefe de policía. Es de lo único que podemos estar seguros, dijo Juan de Dios Martínez. Y probablemente lleva ropa limpia en el interior del coche. ¿Y eso?, dijo el jefe de policía. Como medida de precaución. O sea que tú crees que el Penitente no es ningún pendejo, dijo Negrete. Se vuelve tarolas sólo cuando está en el interior de una iglesia, cuando sale es una persona normal y corriente, susurró Juan de Dios Martínez.
Ah, caray, dijo el jefe de policía. ¿Y tú qué piensas, Epifanio?
Puede ser, dijo Epifanio. Si vive solo, puede volver oliendo a mierda, total, del coche a su sede no puede tardar más de un minuto. Si vive con alguna ruca o con los jefes, seguro que se cambia de ropa antes de entrar. Suena lógico, dijo el jefe de policía.
Pero la cuestión es cómo le ponemos fin a todo esto. ¿Se te ocurre algo? Por lo pronto, poner un policía en cada iglesia y esperar a que el Penitente dé el primer paso, dijo Juan de Dios Martínez. Mi hermano es muy católico, dijo el jefe de policía como si pensara en voz alta. Tengo que preguntarle algunas cosas.
¿Y dónde crees tú, Juan de Dios, que vive el Penitente? No lo sé, jefe, dijo el judicial, en cualquier parte, aunque si tiene coche no creo que viva en la Kino.
A las cinco de la mañana, al volver a su casa, el judicial Juan de Dios Martínez encontró un mensaje de la directora del manicomio en su contestador. La persona que usted busca, decía la voz de la directora, padece sacrofobia. Telefonéeme y se lo explicaré.
Pese a la hora que era la llamó de inmediato. Le contestó la voz grabada de la directora. Soy Martínez, el policía judicial, dijo Juan de Dios Martínez, perdone por llamarla a esta hora…
He escuchado su mensaje… Acabo de llegar a mi casa… Esta noche el Penitente… En fin, mañana me pondré en contacto con usted… Es decir, hoy… Buenas noches y gracias por su mensaje.
Después se sacó los zapatos y los pantalones y se tiró en la cama, pero no pudo dormir. A las seis de la mañana se presentó en comisaría.
Un grupo de patrulleros estaba festejando el cumpleaños de un compañero y lo invitaron a beber pero él no aceptó.
Desde el despacho de los judiciales, donde no había nadie, oyó cómo cantaban, en el piso de arriba, una y otra vez, las mañanitas.
Hizo una lista de los policías que quería que trabajaran con él. Redactó un informe para la policia judicial de Hermosillo y luego salió a tomarse un café junto a la máquina automática.
Vio pasar a dos patrulleros abrazados escaleras abajo y los siguió.
En el pasillo vio a varios policías platicando, en grupos de dos, de tres, de cuatro. De vez en cuando un grupo se reía estruendosamente.
Un tipo vestido de blanco, pero con pantalones vaqueros, arrastraba una camilla. Sobre la camilla, completamente cubierta por una funda de plástico gris, iba el cadáver de Emilia Mena Mena. Nadie se fijó en él.
En junio murió Emilia Mena Mena. Su cuerpo se encontró en el basurero clandestino cercano a la calle Yucatecos, en dirección a la fábrica de ladrillos Hermanos Corinto. En el informe forense se indica que fue violada, acuchillada y quemada, sin especificar si la causa de la muerte fueron las cuchilladas o las quemaduras, y sin especificar tampoco si en el momento de las quemaduras Emilia Mena Mena ya estaba muerta. En el basurero donde fue encontrada se declaraban constantes incendios, la mayoría voluntarios, otros fortuitos, por lo que no se podía descartar que las calcinaciones de su cuerpo fueran debidas a un fuego de estas características y no a la voluntad del homicida.
El basurero no tiene nombre oficial, porque es clandestino, pero sí tiene nombre popular: se llama El Chile. Durante el día no se ve un alma por El Chile ni por los baldíos aledaños que el basurero no tardará en engullir. Por la noche aparecen los que no tienen nada o menos que nada. En México DF los llaman teporochos, pero un teporocho es un señorito vividor, un cínico reflexivo y humorista, comparado con los seres humanos que pululan solitarios o en pareja por El Chile. No son muchos. Hablan una jerga difícil de entender. La policía preparó una redada la noche siguiente al hallazgo del cadáver de Emilia Mena Mena y sólo pudo detener a tres niños que rebuscaban cartones en la basura. Los habitantes nocturnos de El Chile son escasos. Su esperanza de vida, breve. Mueren a lo sumo a los siete meses de transitar por el basurero. Sus hábitos alimenticios y su vida sexual son un misterio. Es probable que hayan olvidado comer y coger. O que la comida y el sexo para ellos ya sea otra cosa, inalcanzable, inexpresable, algo que queda fuera de la acción y la verbalización. Todos, sin excepción, están enfermos. Sacarle la ropa a un cadáver de El Chile equivale a despellejarlo. La población permanece estable: nunca son menos de tres, nunca son más de veinte.
El principal sospechoso del asesinato de Emilia Mena Mena era su novio. Cuando fueron a buscarlo a la casa en donde vivía con sus padres y tres hermanos ya se había marchado.
Según la familia tomó un autobús uno o dos días antes del hallazgo del cadáver. El padre y dos de los hermanos se pasaron un par de días en los calabozos, pero no se les pudo arrancar ninguna otra información coherente, salvo la dirección del hermano del padre, en Ciudad Guzmán, adonde supuestamente había viajado el sospechoso. Alertada la policía de Ciudad Guzmán, algunos agentes se personaron en el citado domicilio, provistos de todos los requisitos legales, y no encontraron ni el más mínimo rastro del supuesto novio y asesino. El caso quedó abierto y no tardó en olvidarse. Cinco días después, cuando aún proseguían las diligencias tendentes a aclarar la muerte de Emilia Mena Mena, el conserje de la preparatoria Morelos encontró el cuerpo de otra muerta. Estaba tirada en un terreno que a veces los alumnos utilizaban para jugar partidos de fútbol y béisbol, un descampado desde donde se podía ver Arizona y los caparazones de las maquiladoras del lado mexicano y las carreteras de terracería que conectaban éstas con la red de carreteras pavimentadas. Al lado, separados ambos por una reja de alambre, se hallaban los patios de la preparatoria y más allá los dos bloques, de tres pisos cada uno, en donde se daban las clases en salas amplias y soleadas. La preparatoria había sido inaugurada en el año 1990 y el conserje trabajaba allí desde el primer día. Era el primero en llegar a la preparatoria y uno de los últimos en irse. La mañana en que encontró a la muerta algo le llamó la atención mientras recogía, en la oficina del director, las llaves que le permitían el acceso a toda la escuela. Al principio no supo determinar qué era. Cuando había entrado en la sala de servicios se dio cuenta. Zopilotes. Volaban zopilotes sobre el descampado que estaba junto al patio. Sin embargo tenía mucho que hacer todavía y decidió ir a investigar más tarde.
Poco después llegó la cocinera y su ayudante y se fue a tomar un café junto a ellos en la cocina. Hablaron durante unos diez minutos de lo de siempre, hasta que el conserje les preguntó si al llegar no habían visto unos zopilotes sobrevolando la escuela.
Ambos contestaron que no. Entonces el conserje terminó su café y dijo que iba a darse una vuelta por el descampado. Temía encontrar un perro muerto. Si era así iba a tener que volver a la escuela, al almacén donde guardaba las herramientas, e iba a tener que coger una pala y volver al descampado y cavar un agujero lo suficientemente profundo como para que los alumnos no desenterraran al animal. Pero lo que encontró fue una mujer.
Llevaba una blusa negra y zapatillas negras y tenía la falda arrollada sobre la cintura. No llevaba bragas. Eso fue lo primero que vio. Luego se fijó en su rostro y supo que no había muerto aquella noche. Uno de los zopilotes se posó sobre la reja pero él lo espantó con un gesto. La mujer tenía el pelo negro y largo hasta la mitad de la espalda, por lo menos. Algunos mechones estaban pegoteados por la sangre coagulada. En el estómago y alrededor del sexo también tenía sangre seca. Se persignó dos veces y se levantó con lentitud. Cuando volvió a la escuela le contó a la cocinera lo que había pasado. El muchacho que la ayudaba estaba fregando una olla y el conserje habló en voz baja, para que no lo oyera. Desde la oficina llamó por teléfono al director, pero éste ya se había marchado de casa.
Encontró una manta y fue a tapar a la muerta. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba empalada. Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras volvía a la escuela. Allí encontró a la cocinera, sentada en el patio, fumando un cigarrillo. Le hizo un gesto como preguntándole qué había pasado. El conserje le respondió con otro gesto, éste ininteligible, y salió a esperar al director a la puerta de entrada. Cuando llegó ambos se dirigieron al descampado. Desde el patio la cocinera vio cómo el director hacía a un lado la manta y contemplaba, desde distintas posiciones, el bulto que apenas se veía. Poco después dos maestros se les unieron, y a unos diez metros de ellos, un grupo de alumnos. A las doce llegaron dos coches de la policía, un tercer coche sin distintivos y una ambulancia y se llevaron a la muerta.
El nombre de ésta jamás se supo. El forense estableció que llevaba muerta varios días, sin precisar cuántos. La causa más probable de la muerte eran las cuchilladas recibidas en el pecho, pero también presentaba el cadáver una fractura de cráneo que el forense no se atrevió a descartar como causa principal. La edad de la muerta podía oscilar entre los veintitrés y los treintaicinco.
Su estatura era de un metro y setentaidós centímetros.
La última muerta de aquel mes de junio de 1993 se llamaba Margarita López Santos y había desaparecido hacía más de cuarenta días. Al segundo día de su desaparición su madre interpuso una denuncia en la comisaría n.o 2. Margarita López trabajaba en la maquiladora K &T, en el parque industrial El Progreso, cerca de la carretera a Nogales y las últimas casas de la colonia Guadalupe Victoria. El día de su desaparición realizaba el tercer turno de la maquiladora, de nueve de la noche a cinco de la mañana. Según sus compañeras, había acudido a trabajar con puntualidad, como siempre, pues Margarita era cumplidora y responsable como pocas, por lo que la desaparición debía fecharse a la hora del cambio de turno y de la salida.
A esa hora, sin embargo, nadie vio nada, entre otras razones porque a las cinco o cinco y media de la mañana todo está oscuro, y porque el alumbrado público de las calles es deficitario.
La mayoría de las casas de la parte norte de la colonia Guadalupe Victoria carecen de luz eléctrica. Las salidas del parque industrial, salvo la que conecta éste con la carretera a Nogales, también son deficitarias tanto en el alumbrado como en la pavimentación, así como también en su sistema de alcantarillas:
casi todos los desperdicios del parque van a caer en la colonia Las Rositas, donde forman un lago de fango que el sol blanquea.
Así que Margarita López dejó su trabajo a las cinco y media.
Eso quedó establecido. Y luego salió caminando por las calles oscuras del parque industrial. Tal vez vio una camioneta que cada noche estacionaba en una plaza desierta, junto al aparcamiento de la maquiladora WS-Inc., que vendía cafés con leche y refrescos y tortas de todos los tipos para los obreros que entraban a trabajar o que salían. La mayoría mujeres. Pero ella no tenía hambre o sabía que en su casa la esperaba su comida, y no se detuvo. Dejó atrás el parque y el resplandor cada vez más lejano de las luces de las maquiladoras. Atravesó la carretera a Nogales y se internó por las primeras calles de la colonia Guadalupe Victoria. Cruzarla le iba a llevar no más de media hora. Luego aparecería la colonia San Bartolomé, donde vivía.












