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  – El borrachito se ríe porque cree que está libre, pero en realidad está en una prisión -dijo Óscar Amalfitano-, ahí reside, digamos, la gracia, pero lo cierto es que la prisión está dibujada en la otra cara del disco, por lo que también podemos decir que el borrachito se ríe porque nosotros creemos que está en una prisión, sin apercibirnos de que la prisión está en una cara y el borrachito en la otra, y que la realidad es ésa, por más que hagamos girar el disco y nos parezca que el borrachito está encarcelado.

  De hecho, podríamos incluso adivinar de qué se ríe el borrachito: se ríe de nuestra credulidad, es decir se ríe de nuestros ojos.

  Poco después sucedió algo que a Rosa la afectó bastante.

  Volvía de la universidad, dando un paseo, y de pronto oyó que la llamaban. Un muchacho de su misma edad, un compañero de clases, aparcó su coche en el bordillo de la acera y se ofreció a llevarla a casa. Sin subir al coche ella le dijo que prefería ir a tomar un refresco en una cafetería cercana que tenía aire acondicionado.

  El muchacho se ofreció a acompañarla y Rosa aceptó.

  Se subió al coche y le indicó qué calles seguir. La cafetería era nueva y espaciosa, con forma de L, de estilo norteamericano con hileras de mesas y grandes ventanales por donde entraba el sol. Durante un rato estuvieron hablando de cualquier cosa. Luego el muchacho dijo que tenía que marcharse y se levantó.

  Se despidieron con un beso en la mejilla y Rosa le pidió a la mesera que le trajera una taza de café. Después abrió un libro sobre pintura mexicana en el siglo XX y se puso a leer el capítulo dedicado a Paalen. La cafetería, a esas horas, estaba semivacía.

  Se oían voces provenientes de la cocina, una mujer que daba consejos a otra, los pasos de la mesera que de tanto en tanto se acercaba con la cafetera a ofrecer más café a los pocos clientes esparcidos por el amplio local. De pronto alguien a quien no había oído acercarse le dijo: eres una puta. La voz la sobresaltó y alzó la mirada pensando que se trataba de una broma de mal gusto o que la habían confundido con otra. Junto a ella estaba Chucho Flores. Desconcertada, sólo atinó a decirle que se sentara, pero Chucho Flores le dijo, casi sin mover los labios, que se levantara ella y lo siguiera. Le preguntó adónde pretendía ir. A casa, dijo Chucho Flores. Sudaba y tenía la cara congestionada. Rosa le dijo que no pensaba moverse de allí.

  Chucho Flores le preguntó entonces quién era el muchacho al que había besado.

  – Un compañero de la facultad -dijo Rosa, y notó que las manos de Chucho Flores temblaban.

  – Eres una puta -volvió a repetir éste.

  Y luego se puso a mascullar algo que Rosa al principio no entendió pero que luego comprendió que era la repetición de la misma frase: eres una puta, proferida una y otra vez, con los dientes apretados, como si pronunciarla le costara ímprobos esfuerzos.

  – Vámonos -gritó Chucho Flores.

  – No voy a ir contigo a ninguna parte -dijo Rosa, y miró alrededor por si alguien se había dado cuenta del espectáculo que estaban dando. Pero nadie los miraba y eso la tranquilizó.

  – ¿Te has acostado con él? -dijo Chucho Flores.

  Durante unos segundos Rosa no supo de qué le hablaba. El aire acondicionado le pareció demasiado frío, tuvo deseos de salir a la calle y dejar que el sol la tocara. Si hubiera llevado un jersey o un chaleco se lo hubiera puesto.

  – Sólo me acuesto contigo -le dijo procurando calmarle.

  – Mentira -gritó Chucho Flores.

  La mesera se asomó por el otro extremo de la cafetería y se acercó a ellos, pero a mitad de camino se arrepintió y se metió tras la barra.

  – No seas ridículo, por favor -le dijo, y posó la vista en el artículo sobre Paalen pero sólo vio hormigas negras y luego arañas negras sobre una superficie de sal. Las hormigas luchaban contra las arañas.

  – Vamos a casa -oyó que decía Chucho Flores. Sintió frío.

  Al levantar la mirada vio que estaba a punto de llorar.

  – Eres mi único amor -dijo Chucho Flores-. Lo daría todo por ti. Moriría por ti.

  Durante unos segundos no supo qué decirle. Tal vez, pensó, había llegado el momento de romper la relación.

  – No soy nada sin ti -dijo Chucho Flores-. Eres todo lo que tengo. Todo lo que necesito. El sueño de mi vida eres tú. Si te perdiera me moriría.

  La mesera los miraba desde la barra. A unas veinte mesas de distancia, un tipo tomaba café y leía el periódico. Llevaba una camisa de manga corta y corbata. El sol, en las ventanas, parecía vibrar.

  – Siéntate, por favor -dijo Rosa.

  Chucho Flores apartó la silla en la que se apoyaba y se sentó.

  Acto seguido se cubrió la cara con las manos y Rosa pensó que se iba a poner a gritar otra vez o a llorar. Qué espectáculo, pensó.

  – ¿Quieres tomar algo?

  Chucho Flores movió la cabeza afirmativamente.

  – Un café -susurró sin quitarse las manos de la cara.

  Rosa miró a la mesera y levantó una mano para que se acercara.

  – Dos cafés -dijo.

  – Sí, señorita -dijo la mesera.

  – El tipo con el que me viste sólo es un amigo. Ni siquiera un amigo: un compañero de la universidad. El beso que me dio fue en la mejilla. Es normal -dijo Rosa-. Es lo acostumbrado.

  Chucho Flores se rió y movió la cabeza de un lado a otro sin quitarse las manos de la cara.

  – Claro, claro -dijo-. Es normal, ya lo sé. Perdóname.

  La mesera volvió con la cafetera y una taza para Chucho Flores. Primero llenó la taza de Rosa y luego la del hombre. Al marcharse miró a Rosa a los ojos y le hizo una señal, o eso fue lo que pensó Rosa más tarde. Una señal con las cejas. Las arqueó.

  O tal vez movió los labios. Una palabra articulada en silencio.

  No lo recordaba. Pero algo quiso decirle.

  – Tómate tu café -dijo Rosa.

  – Ahorita -dijo Chucho Flores, pero siguió quieto con las manos cubriéndose el rostro.

  Cerca de la puerta se había sentado otro hombre. La mesera estaba junto a él y hablaban. El tipo iba vestido con una chaqueta de mezclilla bastante ancha y una sudadera negra.

  Era flaco y no parecía tener más de veinticinco años. Rosa lo miró y el tipo se dio cuenta en el acto de que lo miraban, pero se tomó su refresco sin darle importancia y sin devolverle la mirada.

  – Tres días después nos conocimos -dijo Rosa.

  – ¿Por qué fuiste a la pelea? -dijo Fate-. ¿Te gusta el box?

  – No, ya te dije que era la primera vez que iba a un espectáculo de ese tipo, pero fue Rosa la que me convenció.

  – La otra Rosa -dijo Fate.

  – Sí, Rosita Méndez -dijo Rosa.

  – Pero después de la pelea ibas a hacer el amor con ese tipo -dijo Fate.

  – No -dijo Rosa-. Acepté su cocaína, pero no tenía intención de irme a la cama con él. No soporto a los hombres celosos, pero podía seguir siendo su amiga. Lo habíamos hablado por teléfono y él pareció entenderlo. De todas maneras, lo noté raro. Mientras íbamos en el coche, buscando un restaurante, quiso que se la chupara. Me dijo: chúpamela por última vez.

  O tal vez no me lo dijo así, con esas palabras, pero más o menos eso pretendía decir. Le pregunté si se había vuelto loco y él se rió. Yo también me reí. Todo parecía una broma. Los dos días anteriores había estado llamándome por teléfono y cuando no era él me llamaba Rosita Méndez y me daba recados de él.

  Me aconsejaba que no lo dejara. Me decía que era un buen partido.

  Pero yo le dije que consideraba roto nuestro noviazgo o lo que fuera.

  – Él ya daba por terminada la relación -dijo Fate.

  – Habíamos hablado por teléfono, le había explicado que no me gustan los hombres celosos, yo no lo soy -dijo Rosa-, no aguanto los celos.

  – Él ya te consideraba perdida -dijo Fate.

  – Es probable -dijo Rosa-, de lo contrario no me hubiera pedido que se la chupara. Nunca lo había hecho, menos en las calles del centro, aunque fuera de noche.

  – Pero tampoco parecía triste -dijo Fate-, al menos a mí no me dio esa impresión.

  – No, parecía alegre -dijo Rosa-. Él siempre fue un hombre alegre.

  – Sí, eso pensé yo -dijo Fate-, un tipo alegre que quiere pasar una noche de juerga con su chica y sus amigos.

  – Estaba drogado -dijo Rosa-, no paraba de tomar pastillas.

  – No me dio la impresión de que estuviera drogado -dijo Fate-, lo noté un poco raro, como si tuviera algo demasiado grande en la cabeza. Y como si no supiera qué hacer con lo que tenía en la cabeza, aunque ésta al final le reventara.

  – ¿Y por eso te quedaste? -dijo Rosa.

  – Es posible -dijo Fate-, en realidad no lo sé, yo tendría que estar ahora en los Estados Unidos o escribiendo mi artículo y sin embargo estoy aquí, en un motel, hablando contigo. No lo entiendo.

  – ¿Querías irte a la cama con mi amiga Rosita? -dijo Rosa.

  – No -dijo Fate-. De ninguna manera.

  – ¿Te quedaste por mí? -dijo Rosa.

  – No lo sé -dijo Fate.

  Ambos bostezaron.

  – ¿Te has enamorado de mí? -dijo Rosa con una naturalidad desarmante.

  – Puede ser -dijo Fate.

  Cuando Rosa se durmió le quitó los zapatos de tacón y la tapó con una manta. Apagó las luces y durante un rato estuvo contemplando por los visillos de la ventana el aparcamiento y los faros que iluminaban la carretera. Después se puso la chaqueta y salió sin hacer ruido. En la recepción el recepcionista estaba viendo la tele y le sonrió al verlo llegar. Hablaron durante un rato de los programas de televisión mexicanos y norteamericanos.

  El recepcionista dijo que los programas norteamericanos estaban mejor hechos pero que los mexicanos eran más divertidos. Fate le preguntó si tenía cable. El recepcionista le dijo que el cable sólo era para ricos o maricones. Que la vida real aparecía y había que buscarla en los canales gratuitos. Fate le preguntó si no creía que, a fin de cuentas, nada era gratis, y el recepcionista se puso a reír y le dijo que ya sabía adónde quería llegar, pero que por ahí no lo iba a convencer. Fate le dijo que no pretendía convencerlo de nada, y luego le preguntó si tenía un ordenador desde donde pudiera enviar un mensaje. El recepcionista negó con la cabeza y se puso a rebuscar en un fajo de papeles amontonados sobre el escritorio, hasta dar con una tarjeta de un cibercafé de Santa Teresa.

  – Está abierto toda la noche -le informó, lo que sorprendió a Fate, pues aunque él era neoyorquino jamás en su vida había oído hablar de cibercafés que no cerraran por las noches.

  La tarjeta del cibercafé de Santa Teresa era de un rojo intenso, tanto que incluso costaba leer las letras impresas. En el dorso, de un rojo más suave, estaba dibujado un mapa que señalaba la ubicación exacta del local. Le pidió al recepcionista que le tradujera el nombre del establecimiento. El recepcionista se rió y le dijo que se llamaba Fuego, camina conmigo.

  – Parece el título de una película de David Lynch -dijo Fate.

  El recepcionista se encogió de hombros y dijo que todo México era un collage de homenajes diversos y variadísimos.

  – Cada cosa de este país es un homenaje a todas las cosas del mundo, incluso a las que aún no han sucedido -dijo.

  Después de que le explicara cómo llegar al cibercafé se pusieron a hablar un rato de las películas de Lynch. El recepcionista las había visto todas. Fate sólo había visto tres o cuatro.

  Para el recepcionista lo mejor de Lynch era la serie de televisión «Twin Peaks». A Fate la que más le había gustado era El hombre elefante, tal vez porque a menudo él se había sentido así, con ganas de ser como los demás pero al mismo tiempo sintiéndose diferente. Cuando el recepcionista le preguntó si sabía que Michael Jackson había comprado o intentado comprar el esqueleto del hombre elefante, Fate se encogió de hombros y dijo que Michael Jackson estaba enfermo. No lo creo, dijo el recepcionista mirando algo presumiblemente importante que sucedía en ese momento en la tele.

  – Soy de la opinión -dijo con la mirada clavada en la tele que Fate no podía ver- que Michael sabe cosas que nosotros no sabemos.

  – Todos sabemos cosas que creemos que los demás no saben -dijo Fate.

  Luego le dio las buenas noches, se metió la tarjeta del cibercafé en un bolsillo y volvió a su habitación.

  Durante mucho rato Fate estuvo con las luces apagadas, mirando por los visillos de la ventana el patio de gravilla y las luces incesantes de los camiones que pasaban por la carretera.

  Pensó en Chucho Flores y Charly Cruz. Volvió a ver la sombra de la casa de Charly Cruz proyectada sobre el terreno yermo.

  Escuchó la risa de Chucho Flores y vio a Rosa Méndez tendida en la cama de una habitación desnuda y estrecha como la celda de un monje. Pensó en Corona, en la mirada de Corona, en la forma en que lo miró Corona. Pensó en el tipo bigotudo que se había sumado en el último momento y que no hablaba, y luego recordó su voz, cuando ellos huían, aguda como la de un pájaro.

  Cuando se cansó de estar de pie acercó una silla a la ventana y siguió mirando. A veces pensaba en la casa de su madre y recordaba patios de cemento en donde los niños gritaban y jugaban.

  Si cerraba los ojos podía ver un vestido blanco que el viento de las calles de Harlem levantaba mientras las risas, invencibles, se desparramaban por las paredes, corrían por las aceras, frescas y tibias como el vestido blanco. Sintió que el sueño se metía por sus orejas o subía desde su pecho. Pero no quería cerrar los ojos y prefería seguir escrutando el patio, las dos farolas que iluminaban la fachada del motel, las sombras que los fogonazos de luz de los coches abrían, semejantes a colas de cometas, en los alrededores oscuros.

  A veces volvía la cabeza y contemplaba brevemente a Rosa durmiendo. Pero a la tercera o cuarta vez comprendió que no le hacía falta volverse. Simplemente, ya no era necesario. Durante un segundo pensó que nunca más iba a sentir sueño. De pronto, mientras seguía la estela de los faros traseros de dos camiones que parecían enfrascados en una carrera, sonó el teléfono.

  Al descolgar oyó la voz del recepcionista y supo en el acto que era eso lo que había estado esperando.

  – Señor Fate -dijo el recepcionista-, me acaban de llamar preguntándome si usted estaba alojado aquí.

  Le preguntó quién lo había llamado.

  – Un policía, señor Fate -dijo el recepcionista.

  – ¿Un policía? ¿Un policía mexicano?

  – Acabo de hablar con él. Quería saber si usted era huésped nuestro.

  – ¿Y tú qué le has dicho? -dijo Fate.

  – La verdad, que usted había estado aquí, pero que ya se había marchado -dijo el recepcionista.

  – Gracias -dijo Fate, y colgó.

  Despertó a Rosa y le dijo que se pusiera los zapatos. Guardó las pocas cosas que había desempacado y metió la maleta en el portaequipajes. Afuera hacía frío. Cuando volvió a entrar en la habitación Rosa se estaba peinando en el baño y Fate le dijo que no tenían tiempo para eso. Subieron al coche y se dirigieron a la recepción. El recepcionista estaba de pie y con la punta de la camisa limpiaba sus gafas de miope. Fate sacó un billete de cincuenta dólares y se lo pasó por encima del mostrador.

  – Si vienen di que me marché a mi país -le dijo.

  – Vendrán -dijo el recepcionista.

  Al enfilar hacia la carretera le preguntó a Rosa si llevaba su pasaporte encima.

  – Por supuesto que no -dijo Rosa.

  – La policía me está buscando -dijo Fate, y le contó lo que el recepcionista le había dicho.

  – ¿Y tú por qué estás tan seguro de que es la policía? -dijo Rosa-. Tal vez es Corona, tal vez es Chucho.

  – Sí -dijo Fate-, tal vez es Charly Cruz o tal vez Rosita Méndez fingiendo voz de hombre, pero no pienso quedarme para averiguarlo.

  Dieron una vuelta por la calle para comprobar si los esperaban, pero todo estaba tranquilo (una tranquilidad de azogue o de algo que preludiaba el azogue de un amanecer en la frontera), y a la segunda vuelta estacionaron el coche debajo de un árbol, enfrente de la casa de un vecino. Durante un rato permanecieron en el interior, atentos a cualquier señal, a cualquier movimiento. Al cruzar la calle se cuidaron de hacerlo por un lugar a salvo de la luz de las farolas. Después saltaron la verja y se dirigieron directamente al patio trasero. Mientras Rosa buscaba las llaves Fate vio el libro de geometría que colgaba de uno de los tendederos. Sin pensarlo se acercó y lo tocó con las yemas de los dedos. Luego, no porque le interesara saberlo sino para rebajar la tensión, le preguntó a Rosa qué significaba Testamento geométrico y Rosa se lo tradujo sin añadir ni un solo comentario.

  – Es curioso que alguien cuelgue un libro como si fuera una camisa -murmuró.

  – Son cosas de mi padre.

  La casa, aunque compartida por el padre y la hija, tenía un aire claramente femenino. Olía a incienso y tabaco rubio. Rosa encendió una lámpara y durante un rato se dejaron caer en los sillones, cubiertos con mantas mexicanas multicolores, sin pronunciar palabra. Después Rosa hizo café y mientras estaba en la cocina Fate vio aparecer por una puerta a Óscar Amalfitano, descalzo y despeinado, vestido con una camisa blanca muy arrugada y pantalones vaqueros, como si hubiera dormido sin quitarse la ropa. Por un momento ambos se miraron sin pronunciar una palabra, como si estuvieran dormidos y sus sueños hubieran confluido en un territorio común, ajeno, sin embargo, a todo sonido. Fate se levantó y dijo su nombre. Amalfitano le preguntó si no sabía hablar español. Fate pidió perdón y sonrió y Amalfitano repitió la pregunta en inglés.

  – Soy amigo de su hija -dijo Fate-, ella me invitó a entrar.

  Desde la cocina llegó la voz de Rosa, que le dijo a su padre, en español, que no se preocupara, que se trataba de un periodista de Nueva York. Luego le preguntó si él también quería café y Amalfitano respondió afirmativamente sin dejar de mirar al desconocido. Cuando Rosa apareció con una bandeja, tres tazas de café, un jarrito con leche y el azucarero, su padre le preguntó qué estaba pasando. En este momento, dijo Rosa, creo que nada, pero esta noche han pasado cosas raras. Amalfitano miró el suelo y luego estudió sus pies desnudos, le puso leche y azúcar a su café y le pidió a su hija que le explicara todo. Rosa miró a Fate y tradujo lo que su padre acababa de decir. Fate sonrió y volvió a sentarse en el sillón. Cogió una taza de café y empezó a beber a sorbitos, mientras Rosa procedía a contarle a su padre, en español, lo que había ocurrido esa noche, desde el combate de boxeo hasta el momento en que tuvo que abandonar el motel del norteamericano. Cuando Rosa acabó su relato comenzaba a amanecer y Amalfitano, que apenas había interrumpido con preguntas y aclaraciones a su hija, le sugirió que llamaran al motel y comprobaran con el recepcionista si había aparecido por allí la policía o no. Rosa le tradujo a Fate lo que su padre había sugerido y éste, más por cortesía que por convicción, marcó el número del motel Las Brisas. No contestó nadie. Óscar Amalfitano se levantó del sillón y se asomó a la ventana. La calle parecía tranquila. Lo mejor es que se vayan, dijo. Rosa lo miró sin decir palabra.

 

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