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  Por el contrario, Morini, que viajó en tren de Avignon a Turín, dedicó las horas de viaje a la lectura del suplemento cultural de Il Manifesto, y después se durmió hasta que un par de revisores (que lo ayudarían a bajar al andén en su silla de ruedas) le avisaron que ya habían llegado.

  Sobre lo que pasó por la cabeza de Liz Norton es mejor no decir nada.

  La amistad entre los archimboldianos, sin embargo, se mantuvo con los mismos ropajes de siempre, imperturbable, sujeta a un destino mayor al que los cuatro obedecían aunque eso significara poner en segundo plano sus deseos personales.

  En 1995 se encontraron en el diálogo sobre literatura alemana contemporánea celebrado en Amsterdam, en el marco de un diálogo mayor que se desarrolló en el mismo edificio (aunque en diferentes aulas) y que comprendía la literatura francesa, la inglesa y la italiana.

  De más está decir que la mayor parte de los asistentes a tan curiosos diálogos se decantaron por la sala donde se discutía sobre literatura inglesa contemporánea, sala vecina a la de la literatura alemana y separada de ésta por una pared que evidentemente no era de piedra, como las de antes, sino de frágiles ladrillos recubiertos por una fina capa de yeso, al grado de que los gritos y aullidos y sobre todo los aplausos que arrancaba la literatura inglesa se oían en la literatura alemana como si ambas conferencias o diálogos fueran uno solo o como si los ingleses se estuvieran burlando, cuando no boicoteando continuamente a los alemanes, por no decir nada del público, cuya asistencia masiva al diálogo inglés (o angloindio) era notablemente superior al escaso y grave público que acudía al diálogo alemán. Lo que, en el cómputo final, fue altamente provechoso, pues es bien sabido que una charla entre pocos, donde todos se escuchan y reflexionan y nadie grita, suele ser más productiva, y en el peor de los casos más relajada, que un diálogo masivo, que corre el riesgo permanente de convertirse en un mitin o, por la necesaria brevedad de las intervenciones, en una sucesión de consignas tan pronto formuladas como desaparecidas.

  Pero antes de entrar en el punto culminante de la cuestión, o del diálogo, hay que precisar algo no poco baladí a tenor de los resultados. Los organizadores, los mismos que dejaron afuera la literatura contemporánea española o polaca o sueca, por falta de tiempo o de dinero, en un penúltimo capricho destinaron la mayor parte de los fondos a invitar a cuerpo de rey a estrellas de la literatura inglesa, y con el dinero que quedó trajeron a tres novelistas franceses, un poeta y un cuentista italiano, y tres escritores alemanes, los dos primeros, novelistas de Berlín occidental y oriental, ahora reunificados, ambos de cierto vago prestigio (y que llegaron en tren a Amsterdam y no levantaron ninguna protesta cuando fueron alojados en un hotel de sólo tres estrellas), y el tercero, un ser un tanto borroso de quien nadie sabía nada, ni siquiera Morini, que sabía bastante de literatura alemana contemporánea, dialogante o no dialogante.

  Y cuando este borroso escritor, que era suavo, durante su charla (o diálogo) se puso a recordar su periplo como periodista, como armador de páginas culturales, como entrevistador de todo tipo de creadores reacios a las entrevistas, y luego se puso a rememorar la época en que había ejercido como promotor cultural en ayuntamientos periféricos o, ya de plano, olvidados, pero interesados por la cultura, de pronto, sin venir a cuento, apareció el nombre de Archimboldi (influido tal vez por la charla anterior dirigida por Espinoza y Pelletier), a quien había conocido, precisamente, mientras ejercía de promotor cultural de un ayuntamiento frisón, al norte de Wilhelmshaven, frente a las costas del Mar del Norte y las islas Frisias Orientales, un sitio donde hacía frío, mucho frío, y más que frío humedad, una humedad salina que te calaba los huesos, y sólo había dos maneras de pasar el invierno, una, bebiendo hasta coger una cirrosis, y dos, en la sala de actos del ayuntamiento, escuchando música (por regla general de cuartetos de cámara de aficionados), o hablando con escritores que venían de otros lugares y a quienes se les pagaba muy poco, una habitación en la única pensión del pueblo y unos cuantos marcos que cubrían el viaje de ida y vuelta en tren, esos trenes tan distintos de los actuales trenes alemanes, pero en donde la gente, tal vez, era más locuaz, más educada, más interesada en el prójimo, en fin, que tras el pago y descontando los gastos de transporte, el escritor se iba de aquellos lugares y volvía a su hogar (que en ocasiones sólo era un cuarto de hotel en Frankfurt o Colonia) con algo de dinero y puede que algún libro vendido, en el caso de aquellos escritores o poetas, sobre todo poetas, que tras leer algunas páginas y contestar a las preguntas de los ciudadanos de aquel lugar instalaban, como quien dice, su tenderete, y sacaban unos pocos marcos extra, una actividad bastante apreciada por aquel entonces, pues si a la gente le gustaba lo que el escritor leía, o si la lectura conseguía emocionarlos o entretenerlos o hacerlos pensar, pues entonces también compraban uno de sus libros, a veces para tenerlo como recuerdo de aquella agradable velada, mientras por las callejuelas del pueblito frisón el viento silbaba y cortaba la carne de tan frío que era, a veces para leer o releer algún poema o algún relato, ya en su domicilio particular, semanas después de acabado el evento, en ocasiones a la luz de un quinqué porque no siempre había electricidad, ya se sabe, la guerra había acabado hacía poco y las heridas sociales y económicas estaban abiertas, en fin, más o menos igual a como se hace una lectura literaria en la actualidad, con la salvedad de que los libros expuestos en el tenderete eran libros autoeditados y ahora son las editoriales las que montan el tenderete, y uno de esos escritores que un día llegó al pueblo en donde el suavo ejercía de promotor cultural fue Benno von Archimboldi, un escritor de la talla de Gustav Heller o Rainer Kuhl o Wilhelm Frayn (escritores que Morini buscaría después en su enciclopedia de autores alemanes, sin éxito), y que no trajo libros, y que leyó dos capítulos de una novela en curso, su segunda novela, la primera, recordaba el suavo, la había publicado en Hamburgo aquel año, aunque de ésa no leyó nada, sin embargo esa primera novela existía, dijo el suavo, y Archimboldi, como anticipándose a las sospechas, había llevado un ejemplar consigo, una novelita que andaba por las cien páginas, tal vez más, ciento veinte, ciento veinticinco, y él llevaba la novelita en el bolsillo de su chaqueta, y, cosa extraña, el suavo recordaba con mayor nitidez la chaqueta de Archimboldi que la novela embutida en un bolsillo de esa chaqueta, una novelita con la tapa sucia, arrugada, que había sido de color marfil intenso, o amarillo trigal empalidecido, o dorado en fase de invisibilidad, pero que ahora ya no tenía ningún color ni ningún matiz, sólo el nombre de la novela y el nombre del autor y el sello editorial, la chaqueta, sin embargo, era inolvidable, una chaqueta de cuero negro, con el cuello alto, capaz de brindar una protección eficaz contra la nieve y la lluvia y el frío, holgada, para poder usar con jerseys gruesos o con dos jerseys sin que se notara que uno los llevaba, con bolsillos horizontales a cada lado, y una hilera de cuatro botones cosidos como con hilo de pescar, ni muy grandes ni muy pequeños, una chaqueta que evocaba, no sé por qué, a las que usaban algunos policías de la Gestapo, aunque en esa época las chaquetas de cuero negro estaban de moda y todo el que tenía dinero para comprar una o había heredado una se la ponía sin pararse a pensar qué evocaba la chaqueta, y ese escritor que había llegado a ese pueblo frisón era Benno von Archimboldi, el joven Benno von Archimboldi, a la edad de veintinueve o treinta años, y había sido él, el suavo, quien lo había ido a esperar a la estación del tren y el que lo había llevado a la pensión, mientras hablaban del clima, tan malo, y después lo había acompañado al ayuntamiento en donde Archimboldi no había instalado ningún tenderete y había leído dos capítulos de una novela aún no finalizada, y luego había cenado con él en la taberna del pueblo, junto a la maestra y a una señora viuda que prefería la música o la pintura antes que la literatura, pero que, puesta en la tesitura de no tener música ni pintura, no le hacía ascos ni mucho menos a una velada literaria, y fue esta señora, precisamente, la que llevó de alguna manera el peso de la conversación durante la cena (salchichas y patatas, acompañadas de cerveza: ni la época, evocó el suavo, ni los fondos del ayuntamiento estaban para mayores dispendios), aunque tal vez decir el peso de la conversación no fuera muy acertado, la batuta, el timón de la conversación, y los hombres que estaban alrededor de la mesa, el secretario del alcalde, un señor que se dedicaba a la venta de pescado en salazón, un viejo maestro que se dormía a cada rato, incluso mientras empuñaba el tenedor, y un empleado del ayuntamiento, un chico muy simpático y gran amigo del suavo, de nombre Fritz, asentían o se cuidaban de llevar la contraria a aquella temible viuda cuyos conocimientos artísticos estaban por encima de todos, incluso del mismo suavo, y que había viajado por Italia y Francia e incluso en uno de sus viajes, un crucero inolvidable, había llegado a Buenos Aires, en 1927 o 1928, cuando esta ciudad era un emporio de la carne y los barcos frigoríficos salían del puerto cargados de carne, un espectáculo digno de contemplar, cientos de barcos que llegaban vacíos y que salían cargados con toneladas de carne con destino a todo el mundo, y cuando ella, la señora, aparecía en la cubierta, de noche, por ejemplo, adormilada o mareada o adolorida, bastaba con apoyarse en la barandilla y dejar que los ojos se acostumbraran y entonces la visión del puerto era estremecedora y se llevaba de golpe los restos de sueño o los restos de mareo o los restos de dolor, sólo había espacio en el sistema nervioso para rendirse incondicionalmente a aquella imagen, el desfile de los inmigrantes que como hormigas subían a las bodegas de los barcos la carne de miles de vacas muertas, los movimientos de los palets cargados con la carne de miles de terneras sacrificadas, y el color vaporoso que iba tiñendo cada rincón del puerto, desde que amanecía hasta que anochecía e incluso durante los turnos de noche, un color rojo de bistec poco hecho, de chuletón, de filete, de costillar apenas repasado en una barbacoa, qué horror, menos mal que eso la señora, que entonces no era viuda, sólo lo vivió durante la primera noche, luego desembarcaron y se alojaron en uno de los hoteles más caros de Buenos Aires, y fueron a la ópera y luego a una estancia en donde su marido, un jinete experto, aceptó echar una carrera con el hijo del dueño de la estancia, que perdió, y luego con un peón de la estancia, hombre de confianza del hijo, un gaucho, que también perdió, y luego con el hijo del gaucho, un gauchito de dieciséis años, flaquito como una caña y de ojos vivaces, tan vivaces que cuando la señora lo miró el gauchito bajó la cabeza y luego la subió un poquito y la miró con una malicia que ofendió a la señora, pero qué mocoso más insolente, mientras su marido se reía y le decía en alemán:

  has conseguido impresionar al niño, una broma que a la señora no le hacía ni pizca de gracia, y luego el gauchito se subía a su caballo y echaban a correr, qué bueno era el gauchito galopando, con qué pasión se agarraba, diríase que se pegaba al cuello de su caballo, y sudaba y lo fueteaba, pero al final la carrera la ganaba el marido, no en balde había sido capitán de un regimiento de caballería, y el dueño de la estancia y el hijo del dueño de la estancia se levantaban de sus asientos y aplaudían, buenos perdedores, y también aplaudía el resto de los invitados, buen jinete el alemán, extraordinario jinete, aunque cuando el gauchito llegaba a la meta, es decir junto al porche de la estancia, la expresión de su cara no delataba en él a un buen perdedor, al contrario, se le veía más bien disgustado, molesto, con la cabeza gacha, y mientras los hombres, hablando en francés, se desperdigaban por el porche en busca de una copa de champán helado, la señora se acercaba al gauchito que se había quedado solo, sujetando a su caballo con la mano izquierda -por el fondo del largo patio se alejaba el padre del gauchito rumbo a los establos con el caballo que había montado el alemán -, y le decía, en una lengua incomprensible, que no se entristeciera, que había hecho una carrera muy buena pero que su marido también era muy bueno y tenía más experiencia, palabras que al gauchito le sonaban como la luna, como el paso de las nubes que tapan la luna, como una lentísima tormenta, y entonces el gauchito miraba a la señora desde abajo con una mirada de rapaz, dispuesto a enterrarle un cuchillo a la altura del ombligo y luego subir hasta los pechos, abriéndola en canal, mientras su mirada de carnicerito inexperto brillaba con un extraño fulgor, según recordaba la señora, lo que no le impidió seguirlo sin protestar cuando el gauchito la cogió de una mano y la empezó a conducir hacia el otro lado de la casa, un sitio en donde se levantaba una pérgola de hierro labrado y arriates de flores y árboles que la señora no había visto en su vida o que en aquel instante creyó que no había visto en su vida, e incluso una fuente vio en el parque, una fuente de piedra en cuyo centro, sostenido tan sólo en una patita, danzaba un querube criollo de rasgos risueños, mitad europeo y mitad caníbal, perennemente mojado por los tres chorros de agua que manaban a sus pies, y esculpido en una sola pieza de mármol negro, que la señora y el gauchito admiraron largamente, hasta que llegó una prima lejana del dueño de la estancia (o una concubina que el dueño de la estancia había perdido en uno de los tantos pliegues de su memoria), que en un inglés perentorio e indiferente le dijo que hacía rato su marido la andaba buscando, y entonces la señora procedió a abandonar el parque encantado del brazo de la prima lejana, y el gauchito la llamó, o eso creyó ella, y cuando se volvió él le dijo unas pocas palabras sibilantes, y la señora le acarició la cabeza y le preguntó a la prima qué había dicho el gauchito mientras sus dedos se perdían entre las cerdas gruesas de sus cabellos, y la prima pareció dudar un momento pero la señora, que no toleraba mentiras ni medias verdades, le exigió una traducción inmediata y veraz, y la prima le dijo: el gauchito ha dicho… el gauchito ha dicho… que el patrón…

  preparó todo para que su marido ganara las dos últimas carreras, y después la prima calló y el gauchito se alejó por el otro extremo del parque arrastrando de las riendas su caballo, y la señora se reintegró a la fiesta pero ya no pudo dejar de pensar en lo que el gauchito le había confesado en el último momento, almita de Dios, y por más que pensaba seguían siendo un enigma las palabras del gauchito, un enigma que duró el resto de la fiesta, y que la atormentó mientras daba vueltas en su cama sin poder dormir, y que la embruteció al día siguiente durante un largo paseo a caballo y durante una parrillada, y que la acompañó en su regreso a Buenos Aires, y durante los días que permaneció en el hotel o saliendo a recepciones sociales en la embajada de Alemania o en la embajada de Inglaterra o en la embajada de Ecuador, y que sólo se resolvió cuando el barco hacía días que navegaba de vuelta a Europa, una noche, a las cuatro de la mañana, en que la señora salió a dar un paseo por cubierta, sin saber ni importarle en qué paralelo ni longitud se encontraban, rodeada o semirrodeada por 106.200.000 kilómetros cuadrados de agua salada, justo entonces, mientras la señora desde la primera cubierta de los pasajeros de primera clase encendía un cigarrillo, con la vista clavada en esa extensión de mar que no veía pero que oía, el enigma, milagrosamente, se aclaró, y precisamente ahí, en ese punto de la historia, dijo el suavo, la señora, la otrora rica y poderosa e inteligente (al menos a su manera) señora frisona, se calló, y un silencio religioso, o peor aún, supersticioso, se adueñó de aquella triste taberna alemana de posguerra, en donde poco a poco todos se fueron sintiendo cada vez más incómodos, y se apresuraron a rebañar sus restos de salchichas y patatas y a vaciar las últimas gotas de sus jarras de cerveza, como si temieran que de un momento a otro la señora fuera a ponerse a aullar como una erinia y estimaran prudente el estar preparados para salir a la calle afrontando el frío con el estómago lleno hasta llegar a sus casas.

  Y entonces la señora habló. Dijo:

  – ¿Alguien es capaz de resolver el enigma?

  Dijo eso pero no miraba ni se dirigía a ninguno del pueblo.

  – ¿Alguien sabe cuál es la resolución del enigma? ¿Alguien es capaz de comprender? ¿Hay, acaso, un hombre en este pueblo que me diga aunque sea al oído la solución del enigma?

  Todo esto lo dijo mirando su plato, en donde su salchicha y su ración de patatas permanecían casi intactas.

  Y entonces Archimboldi, que había permanecido con la cabeza baja y comiendo mientras la señora hablaba, dijo, sin subir el tono de voz, que había sido un acto de hospitalidad, que el dueño de la estancia y su hijo confiaban en que la primera carrera la iba a perder el marido de la señora, así que prepararon una segunda y una tercera carrera trucadas, para que el antiguo capitán de caballería ganase. La señora entonces lo miró a los ojos y se rió y le preguntó por qué había ganado su marido la primera carrera.

  – ¿Por qué?, ¿por qué? -dijo la señora.

  – Porque en el último minuto el hijo del dueño de la estancia -dijo Archimboldi-, que seguramente cabalgaba y tenía una montura mejor que el marido de la señora, experimentó aquello que conocemos por piedad. Es decir, optó, impelido por la fiesta que él y su padre se habían sacado de la manga, por el derroche. Todo había que derrocharlo, incluida su victoria a caballo, y de alguna manera todo el mundo comprendió que así debía ser, incluida la mujer que la fue a buscar al parque, menos el gauchito.

  – ¿Eso fue todo? -preguntó la señora.

  – Para el gauchito no. Yo creo que si llega usted a estar más rato con él, la hubiera matado, que a su vez también habría sido un acto de derroche, pero ciertamente no en la dirección que pretendía el dueño de la estancia y su hijo.

  Después la señora se levantó, dio las gracias por la velada y se marchó.

  – Unos minutos más tarde -dijo el suavo-, yo acompañé a Archimboldi a su pensión. A la mañana siguiente, cuando lo fui a buscar para llevarlo al tren, ya no estaba.

  Extraordinario suavo, dijo Espinoza. Lo quiero para mí, dijo Pelletier. Procurad no agobiarlo, procurad no parecer demasiado interesados, dijo Morini. Hay que tratar a este hombre con pinzas, dijo Norton. Es decir, hay que tratarlo con cariño.

 

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