2666, p.119

2666, page 119

 

2666
Select Voice:
Brian (uk)
Emma (uk)  
Amy (uk)
Eric (us)
Ivy (us)
Joey (us)
Salli (us)  
Justin (us)
Jennifer (us)  
Kimberly (us)  
Kendra (us)
Russell (au)
Nicole (au)



Larger Font   Reset Font Size   Smaller Font  

  La luna de miel la pasaron en un pequeño balneario a orillas del Rin y luego ambos volvieron a sus respectivos trabajos y la vida siguió exactamente igual que antes. Vivir con Werner, incluso en una casa de una sola habitación, era fácil, pues todo lo que hacía su marido lo hacía para complacerla. Los sábados iban al cine, los domingos solían marchar al campo en la moto o ir a bailar. Durante la semana, y pese a que trabajaba duro, Werner se las arreglaba para ayudarla en todas las cosas de la casa. Lo único que Werner no sabía hacer era cocinar. A final de mes, solía comprarle un regalo o llevarla al centro de Paderborn para que ella eligiera un par de zapatos o una blusa o un pañuelo. Para que no le faltara dinero Werner solía hacer horas extra en el taller o a veces trabajaba por su cuenta, a espaldas del mecánico, arreglando los tractores o las cosechadoras de los campesinos, que no le pagaban mucho pero que a cambio le regalaban embutidos y carne y hasta sacos de harina que hacían que la cocina de Lotte pareciera un almacén o que ambos se estuvieran preparando para otra guerra.

  Un día, sin haber dado muestras de enfermedad alguna, murió el mecánico y Werner se puso al frente del taller. Aparecieron algunos familiares, primos lejanos que exigieron su parte de la herencia, pero la tuerta y sus abogados lo arreglaron todo y al final los paletos se marcharon con algo de dinero y poca cosa más. Para entonces Werner había engordado y empezaba a perder pelo, y aunque el trabajo físico disminuyó, las responsabilidades se acrecentaron, lo que lo volvió más silencioso que de costumbre. Los dos se trasladaron a la casa del mecánico, que era grande, pero que estaba justo encima del taller, difuminando así la frontera entre trabajo y casa, lo que producía en Werner el efecto de que siempre estaba trabajando.

  En el fondo hubiera preferido que el mecánico no se hubiera muerto o que la tuerta hubiera colocado en la dirección del taller a otro cualquiera. Por supuesto, el cambio de trabajo también tenía sus compensaciones. Aquel verano Lotte y Werner pasaron una semana en París. Y por navidades fueron con la tuerta al lago Constanza, pues a Lotte le encantaba viajar. De vuelta a Paderborn, además, ocurrió algo nuevo: por primera vez hablaron sobre la posibilidad de tener un hijo, algo a lo que ninguno de los dos se mostraba proclive debido a la guerra fría y al peligro de confrontación nuclear, si bien por otra parte nunca su situación económica había sido mejor.

  Durante dos meses discutieron, de forma más bien lánguida, sobre la responsabilidad que acarreaba dar semejante paso, hasta que una mañana, mientras desayunaban, Lotte le dijo que estaba embarazada y que ya no había nada más que discutir.

  Antes de que naciera el niño se compraron un coche y se tomaron unas vacaciones de más de una semana. Estuvieron en el sur de Francia y en España y en Portugal. De vuelta a casa Lotte quiso pasar por Colonia y buscaron la única dirección que ella tenía de su hermano.

  En la buhardilla donde antes viviera Archimboldi con Ingeborg se levantaba un edificio nuevo de apartamentos y nadie de los que vivía allí recordaba a un joven con las características de Archimboldi, alto y rubio, huesudo, ex soldado, un gigante.

  Durante la mitad del camino de vuelta a casa Lotte permaneció en silencio, como enfurruñada, pero luego pararon a comer en un restaurante de carretera y se pusieron a hablar de las ciudades que habían conocido y el ánimo le mejoró notablemente.

  Tres meses antes de que naciera su hijo Lotte dejó de trabajar. El parto fue normal y rápido, aunque el niño pesó más de cuatro kilos y según los médicos estaba mal puesto. Pero parece ser que en el último minuto el pequeño se puso de cabeza y todo salió bien.

  Le pusieron Klaus, por el padre de la tuerta, aunque Lotte en algún momento pensó en llamarlo Hans, como su hermano.

  En realidad el nombre, pensó Lotte, no importaba gran cosa, lo que importaba era la persona. Desde el principio Klaus se convirtió en el favorito de su abuela y de su padre, pero el pequeño a quien más quería era a Lotte. Ésta a veces lo miraba y lo encontraba parecido a su hermano, como si fuera la reencarnación de su hermano, pero en miniatura, algo que le resultaba agradable pues hasta entonces la figura de su hermano siempre había estado revestida con los atributos de lo grande y lo desmesurado.

  Cuando Klaus tenía dos años Lotte volvió a quedarse embarazada, pero a los cuatro meses abortó y algo fue mal pues ya no pudo tener más hijos. La infancia de Klaus fue como la de cualquier niño de clase media de Paderborn. Le gustaba jugar con otros niños al fútbol, pero en el colegio practicaba el baloncesto.

  Una sola vez llegó con un ojo amoratado a casa. Según explicó, un compañero se había burlado del ojo tuerto de su abuela y se habían peleado. En los estudios no era muy brillante, pero tenía una gran afición por las máquinas, fueran éstas de la clase que fueran, y se podía pasar horas en el taller observando trabajar a los mecánicos de su padre. Casi nunca enfermaba, aunque las pocas veces que lo hacía tenía grandes subidas de temperatura que lo hacían delirar y ver cosas que nadie más veía.

  Cuando tenía doce años su abuela murió de cáncer en el hospital de Paderborn. Le suministraban constantemente morfina y cuando Klaus la iba a ver lo confundía con Archimboldi y lo llamaba hijo mío o hablaba con él en el dialecto de su aldea natal prusiana. A veces le contaba cosas de su abuelo, del cojo, de los años en que el cojo sirvió fielmente a las órdenes del Kaiser, y de la pena que lo acompañó siempre de ser bajito y no haber pertenecido al regimiento de élite de la guardia de Prusia, en donde sólo admitían a los que medían más de un metro noventa.

  – Bajito de estatura, pero alto de valor, ése era tu padre -decía su abuela con una sonrisa de morfinómana satisfecha.

  Hasta entonces a Klaus nunca le habían dicho nada de su tío. Después de la muerte de su abuela, le preguntó a Lotte por él. En realidad, no es que tuviera mucho interés, pero se sentía tan triste que pensó que eso lo distraería de su pena. Lotte hacía mucho que no pensaba en su hermano y la pregunta de Klaus, en cierto sentido, fue una sorpresa. Por aquel tiempo Lotte y Werner se habían metido en negocios inmobiliarios, negocios de los que nada sabían, y tenían miedo de perder dinero.

  Por lo que la respuesta de Lotte fue imprecisa: le dijo que su tío tenía diez años más que ella, o algo así, y que su manera de ganarse la vida no era precisamente un modelo para los jóvenes, o algo así, y que hacía mucho tiempo que la familia no sabía nada de él, pues había desaparecido de la faz de la tierra, o algo así.

  Más adelante le contó a Klaus que cuando ella era pequeña creía que su hermano era un gigante, pero que esas cosas suelen ocurrirles a las niñas.

  En otra ocasión Klaus habló de su tío con Werner y éste le dijo que era un tipo simpático, muy observador y más bien silencioso, aunque según Lotte su hermano no había sido siempre así, sino que los cañones, los morteros, las ráfagas de ametralladora de la guerra lo habían vuelto silencioso. Cuando Klaus le preguntó si se parecía a su tío, Lotte le contestó que sí, se parecían, los dos eran altos y delgados, pero Klaus tenía el pelo mucho más rubio que su hermano y posiblemente el azul de los ojos mucho más claro. Después Klaus dejó de hacer preguntas y la vida continuó como antes de la muerte de la tuerta.

  Los nuevos negocios de Lotte y Werner no salieron todo lo bien que esperaban, pero tampoco perdieron dinero, al contrario, algo de dinero ganaron, aunque no se hicieron ricos. El taller mecánico seguía funcionando a pleno rendimiento y nadie hubiera podido decir que las cosas les iban mal.

  A los diecisiete años Klaus se metió en problemas con la policía. No era un buen estudiante y sus padres se habían resignado a que no fuera a la universidad, pero a los diecisiete se vio envuelto, junto con otros dos amigos, en el robo de un coche y en un posterior incidente de abusos deshonestos cometidos contra una joven de origen italiano que trabajaba como obrera en una pequeña fábrica de servicios sanitarios. Los dos amigos de Klaus se pasaron una temporada en la cárcel, pues eran mayores de edad. Klaus estuvo internado en un correccional durante cuatro meses y luego volvió a casa de sus padres. En el tiempo que estuvo en el correccional trabajó en el taller de reparaciones y aprendió a arreglar todo tipo de electrodomésticos, desde un refrigerador hasta una batidora. Cuando regresó a casa comenzó a trabajar en el taller mecánico de su padre y durante un tiempo estuvo sin meterse en problemas.

  Lotte y Werner se intentaron convencer el uno al otro de que su hijo ya estaba encarrilado por la senda correcta. A los dieciocho años Klaus empezó a salir con una muchacha que trabajaba en una panadería, pero la relación apenas duró tres meses, debido a que la chica, en apreciación de Lotte, no era precisamente una belleza. A partir de entonces no volvieron a conocer a ninguna otra novia de Klaus y llegaron a la conclusión de que no las tenía o bien evitaba, por motivos que ellos ignoraban, llevarlas a la casa. Por aquellos días Klaus se aficionó a la bebida y al terminar la jornada de trabajo solía irse a las cervecerías de Paderborn a beber con algunos trabajadores jóvenes del taller mecánico.

  En más de una ocasión, un viernes o un sábado por la noche, se metió en problemas, nada del otro mundo, peleas con otros jóvenes y destrozos en locales públicos, y Werner tenía que ir a pagar la multa y a sacarlo de la comisaría. Un día se le ocurrió que Paderborn era demasiado pequeña para él y se marchó a Munich. A veces llamaba a su madre por teléfono, a cobro revertido, y sostenían conversaciones intrascendentes y forzadas que dejaban a Lotte, paradójicamente, más tranquila.

  Pasaron algunos meses hasta que Lotte lo volvió a ver. Según Klaus, no había futuro en Alemania ni en Europa y ya sólo le quedaba probar suerte en América, adonde pensaba irse apenas reuniera un poco de dinero. Después de trabajar unos meses en el taller embarcó en Kiel en un barco alemán cuyo destino final era Nueva York. Cuando se marchó de Paderborn Lotte se puso a llorar: su hijo era muy alto y no parecía un hombre débil, pero ella igual se puso a llorar porque presentía que no iba a ser feliz en el nuevo continente, en donde los hombres no eran tan altos ni tenían el pelo tan rubio, pero eran astutos y más bien de mala índole, lo peor de cada casa, gente en la que no se podía confiar.

  Werner lo llevó en coche hasta Kiel y cuando regresó a Paderborn le dijo a Lotte que el barco era bueno, firme, que no se hundiría, y que el trabajo de Klaus, camarero y ocasionalmente lavaplatos, no entrañaba peligro alguno. Pero sus palabras no tranquilizaron a Lotte, que había rechazado ir hasta Kiel «para no prolongar la agonía».

  Cuando Klaus desembarcó en Nueva York le mandó una postal a su madre en la que aparecía la Estatua de la Libertad.

  Esta señora es mi aliada, escribió en el dorso. Luego pasaron meses sin saber nada de él. Y luego más de un año. Hasta que recibieron otra postal en la que les comunicaba que estaba tramitando la nacionalidad estadounidense y que tenía un buen trabajo. El remite era de Macon, en el estado de Georgia, y Lotte y Werner le escribieron sendas cartas llenas de preguntas acerca de su salud, de su economía, de sus planes futuros, que Klaus jamás contestó.

  Con el paso del tiempo Lotte y Werner se fueron haciendo a la idea de que Klaus había volado del nido y que estaba bien.

  A veces Lotte lo imaginaba casado con una americana, viviendo en una soleada casa americana, y llevando una vida similar a las vidas que uno podía contemplar en las películas americanas que pasaban por la televisión. En los sueños de Lotte, sin embargo, la mujer americana de Klaus no tenía rostro, siempre la veía de espaldas, es decir veía su pelo, sólo un poco menos rubio que el de Klaus, sus hombros bronceados y su talle delgado pero firme. Veía el rostro de Klaus, lo veía serio o expectante, pero el rostro de su mujer no lo veía nunca, y el rostro de sus hijos, cuando lo imaginaba con hijos, tampoco. De hecho, a los niños de Klaus ni siquiera los veía de espaldas. Sabía que estaban allí, en alguna de las habitaciones, pero no los veía nunca, ni tampoco los oía, lo que era aún más raro pues los niños casi nunca permanecen en silencio demasiado rato.

  Algunas noches, Lotte, de tanto pensar e imaginar una supuesta vida de Klaus, se quedaba dormida y se ponía a soñar con su hijo. Veía entonces una casa, una casa americana pero que ella no identificaba como casa americana. Al acercarse a la casa sentía un olor penetrante que al principio le desagradaba, pero luego pensaba: la mujer de Klaus debe de estar cocinando una comida india. Y así, a los pocos segundos, el olor se convertía en un olor exótico y, pese a todo, agradable. Después se veía a sí misma sentada a una mesa. En la mesa había un jarrón, un plato vacío, un vaso de plástico y un tenedor, nada más, pero a ella lo que más la preocupaba era saber quién le había abierto la puerta. Por más esfuerzos que hacía no lo recordaba y eso la hacía sufrir.

  Su sufrimiento era como el rechinar de la tiza sobre una pizarra.

  Como si un niño hiciera rechinar adrede una tiza sobre una pizarra. O tal vez no fuera una tiza sino sus uñas, o tal vez no fueran sus uñas sino sus dientes. Con el tiempo, esta pesadilla, la pesadilla de la casa de Klaus, como la llamaba, se convirtió en una pesadilla recurrente. A veces, por las mañanas, mientras ayudaba a Werner a prepararse el desayuno, le decía:

  – He tenido una pesadilla.

  – ¿La pesadilla de la casa de Klaus? -preguntaba Werner.

  Y Lotte, sin mirarlo, con expresión distraída, movía la cabeza afirmativamente. En el fondo, tanto ella como Werner esperaban que Klaus, en algún momento, recurriera a ellos pidiéndoles dinero, pero los años fueron pasando y Klaus parecía irremediablemente perdido en los Estados Unidos.

  – Tal como es Klaus -decía Werner- no me extrañaría que ahora estuviera viviendo en Alaska.

  Un día Werner enfermó y los médicos le dijeron que tenía que dejar de trabajar. Como no tenía problemas económicos puso a uno de los mecánicos más veteranos al frente del taller y él y Lotte se dedicaron a hacer turismo. Estuvieron en un crucero por el Nilo, visitaron Jerusalén, viajaron en un coche alquilado por el sur de España, recorrieron Florencia y Roma y Venecia. El primer destino que escogieron, sin embargo, fue Estados Unidos. Visitaron Nueva York y luego estuvieron en Macon, Georgia, y descubrieron con pesadumbre que la casa donde había vivido Klaus era un piso en un viejo edificio junto al gueto negro.

  Durante ese viaje, y tal vez debido a las muchas películas americanas que habían visto juntos, se les ocurrió que lo mejor, acaso, sería contratar a un detective. Visitaron a uno en Atlanta y le expusieron su problema. Werner sabía algo de inglés y el detective era un tipo nada remilgado, un ex policía de Atlanta capaz de salir a comprar, dejándolos a ellos sentados en su oficina, un diccionario inglés-alemán, y volver corriendo y seguir la conversación como si nada hubiera pasado. Además, no era un estafador, pues de entrada les advirtió que buscar, después de tanto tiempo, a un alemán nacionalizado americano era como buscar una aguja en un pajar.

  – Posiblemente hasta se ha cambiado de nombre -dijo.

  Pero ellos querían probar y le pagaron los honorarios de un mes y el detective quedó en enviarles al cabo de este tiempo el resultado de sus pesquisas a Alemania. Pasado el mes les llegó un sobre grande a Paderborn en donde el detective les desglosaba los gastos y daba cuenta de la investigación.

  Total: nada.

  Había conseguido dar con un tipo que había conocido a Klaus (el casero del edificio donde vivía), a través del cual llegó a otro tipo que le había dado empleo, pero cuando Klaus se fue de Atlanta a ninguno de los dos les dijo adónde pensaba ir. El detective sugería otras líneas de investigación, pero para eso necesitaba más dinero, y Werner y Lotte decidieron contestarle agradeciéndole las molestias y dando por concluido, al menos de momento, el trato.

  Unos años después Werner murió de una afección cardíaca y Lotte se quedó sola. Cualquier otra mujer en su situación probablemente hubiera sido incapaz de levantar cabeza, pero Lotte no se dejó arredrar por el destino y en vez de quedarse cruzada de brazos multiplicó y triplicó su actividad diaria. Y no sólo mantuvo productivas las inversiones y en funcionamiento el taller sino que, con un remanente de capital, se metió en otros negocios y le fue bien.

  El trabajo, el exceso de trabajo, parecía rejuvenecerla.

  Siempre estaba metiendo la nariz en todo, nunca permanecía quieta, algunos de sus empleados llegaron a odiarla, aunque eso la traía sin cuidado. Durante las vacaciones, que nunca excedían los siete o nueve días, buscaba el clima cálido de Italia o España y se dedicaba a tomar el sol en la playa y a leer bestsellers.

  Algunas veces iba con amigas ocasionales, pero por regla general salía del hotel sola, atravesaba una calle y ya estaba en la playa, en donde le pagaba a un muchacho para que le instalara una tumbona y un parasol. Allí se quitaba la parte superior del bikini, sin importarle que sus pechos ya no fueran los de antes, o se bajaba el traje de baño por debajo de la barriga y se dormía al sol. Cuando despertaba giraba el parasol para tener sombra y la reemprendía con el libro. De vez en cuando el muchacho que alquilaba las tumbonas y los parasoles se le acercaba y Lotte le daba dinero para que le trajera del hotel un cubalibre o una jarrita de sangría con mucho hielo. A veces, por las noches, iba a la terraza del hotel o a la discoteca, que estaba en el primer piso y en donde la clientela estaba formada por alemanes, ingleses y holandeses más o menos de su misma edad, y se quedaba un ratito mirando a las parejas bailar o escuchando a la orquesta que en ocasiones interpretaba canciones de principios de los años sesenta. Vista desde lejos parecía una señora de bonitas facciones, algo entrada en carnes, distante y con un toque de elegancia y un no sé qué de tristeza. De cerca, cuando un viudo o un divorciado la invitaban a bailar o a dar un paseo a orillas del mar y Lotte sonreía y decía que no, gracias, volvía a ser una niña campesina y la distinción se evaporaba y sólo quedaba la tristeza.

  En 1995 recibió un telegrama de México, de un lugar llamado Santa Teresa, en donde le comunicaban que Klaus estaba preso. El telegrama estaba firmado por una tal Victoria Santolaya, la abogada de Klaus. La conmoción que sufrió Lotte fue tan grande que tuvo que dejar su despacho, subir a su casa y meterse en la cama, aunque por supuesto fue incapaz de dormir.

 

Add Fast Bookmark
Load Fast Bookmark
Turn Navi On
Turn Navi On
Turn Navi On
Scroll Up
Turn Navi On
Scroll
Turn Navi On
183