No leer, p.3

No leer, page 3

 

No leer
Select Voice:
Brian (uk)
Emma (uk)  
Amy (uk)
Eric (us)
Ivy (us)
Joey (us)
Salli (us)  
Justin (us)
Jennifer (us)  
Kimberly (us)  
Kendra (us)
Russell (au)
Nicole (au)


1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22

Larger Font   Reset Font Size   Smaller Font  

  Recién en los años noventa, con una inesperada seguidilla de obras valiosas para la poesía chilena, Armando Uribe encauzó el proyecto que, acaso muy tímida o silenciosamente, había esbozado décadas antes con No hay lugar o con sus excelentes y personalísimos ensayos sobre Pound y Léautaud. En libros como Odio lo que odio, rabio como rabio, Las críticas de Chile y A peor vida, el autor construye una poesía que podríamos denominar «civil» o, más bien, que ha sido escrita por un ciudadano que, desde la indignación inteligente y la ironía, realiza su alegato final, su más intensa perorata contra una cultura minada por la mentira y la hipocresía.

  En Verso bruto Armando Uribe continúa este soliloquio, aunque con mayor arraigo en la propia biografía. A pesar de que el libro es muy diverso en sus temas (el erotismo, la tiranía y la fe, entre ellos), predominan imágenes de encierro y duelo, asumidos, por cierto, con un orgulloso –y tristeestoicismo. La obra supura el humor oscuro de quien concibe la escritura como una actividad inútil pero necesaria e inevitable: «El tonto don de los poetas / de ellos hará vetustas bestias / brutas estólidas domésticas / metidas en claustros y piezas / escribiendo cosas como estas.» Así, confinado en las cuatro paredes del yo, el poeta recrea la infancia, la adolescencia («Ah los amores católicos necios / de la primera juventud») y sobre todo retrata con sorna, sin contemplaciones, la vejez: «Llegados a la edad de incontinencia / no hay urinarios, no hay lugares / donde se alivien las vejigas. / Manchado el pantalón, o la pollera, / los vergonzosos y las vergonzantes / huyen hacia el rincón y a las esquinas.» Y si bien la muerte es un tema principal en toda la poesía de Uribe, Verso bruto es, en especial, un libro de agonía, es decir, de enfrentamiento y de combate con la muerte, con su inminencia y su espantosa evidencia: «Ese cuerpo que tú tuviste / más bello que el de las estatuas / se disuelve como las baratas / en soluciones para insectos.»

  «Quiero leer libros imbéciles / con detective y crimen de mujer / fatal con medias negras y escarpines / de taco aguja y nécessaire», dice Uribe, mientras esgrime centenares de versos virulentos –y sí, brutos, como los llama– para encarar a los demonios más íntimos y menos amistosos.

  Febrero, 2003

  CORREGIR HASTA QUE DUELA

  En los relatos de Adolfo Couve abundan los niños silenciosos, las familias desavenidas y los artistas temperamentales sumidos en el «deterioro infinito» de un paisaje alguna vez esplendoroso y ahora decadente que, justamente por eso, resulta encantador, literario.

  Desdeñando su inobjetable destreza como pintor, el autor optó por el desafío de la escritura y al cabo se transformó, como ha dicho César Aira, en un eterno principiante de la literatura que prefería pulir infinitamente los trazos y corregir el texto hasta que quedara reducido a su mínima expresión.

  Quizás el propio Couve, quien se suicidó en 1998, se hubiera sorprendido de que los brevísimos volúmenes que a irregulares intervalos fue publicando –debía adjuntar prólogos y agrandar la letra para que alcanzaran a tener lomo– ahora sumen las casi quinientas páginas de su Narrativa completa.

  No obstante los notorios cambios de perspectiva que hay desde Alamiro (1965) hasta Cuando pienso en mi falta de cabeza (publicado póstumamente, el año 2000), la literatura de Couve convoca preferentemente a un lector reacio a los avatares de la trama o a las complejas construcciones narrativas, un lector más familiarizado con la poesía que con la prosa. De hecho, algunos de sus textos parecen –o sonpropiamente poemas, como sucede en Alamiro: «La casa está frente al mar. La playa vacía. Desde un extremo, en donde hay un camión, viene una muchedumbre. Son puntos negros que traen carpas, perros y canastos. Se instalan frente a mis ojos. Sorpresivamente aparece un policía que galopa a lo largo de la arena.»

  Vale decir, en todo caso, que, del mismo modo en que un bonsái no es un árbol, Couve no escribe poemas ni cuentos ni novelas, sino más bien decantadas miniaturas que, por lo mismo, portan una especie de belleza mutante y deformada, orgullosamente artificial. La declarada voluntad de síntesis del autor hace que muchas descripciones, en vez de construir la ilusión de un mundo literario autónomo, la destruyan: el efecto es similar al que produce un cuadro tan obsesivamente delineado que obliga al espectador a retroceder varios pasos para poder apreciar el conjunto.

  En su momento, la crítica insistió en alabar la perfección formal de la prosa de Adolfo Couve: Ignacio Valente y otros reseñistas levantaron la imagen de un escritor extemporáneo, cuya incesante y esforzada búsqueda de la precisión parecía ser también una búsqueda de Dios. Me temo que, si de perfección formal se trata, sería preferible leer a Flaubert, a Henry James, a un centenar de escritores que demostraron similar empeño; los libros de Couve los leemos, más bien, porque, voluntaria o involuntariamente, el autor supo capturar aspectos relegados y esenciales del lenguaje y el paisaje chilenos.

  Junio, 2003

  UN LECTOR BORRADO

  «Incongruencia, voluntad de oscurecerlo todo»: eso escribió alguien en mi ejemplar de Toda la luz del mediodía, la novela de Mauricio Wacquez que, como se ve, no le pareció tan buena al anterior dueño del libro. Con impaciente caligrafía, ese lector anónimo matizó su aburrimiento anotando en los márgenes adjetivos que desde luego no comparto, sobre todo porque muchas veces coinciden con los –para mí– mejores pasajes de la novela: «rebuscado», «siútico», «pedante», «cursi».

  Hace ya muchos años, cuando Wacquez aún estaba vivo, encontré en unos saldos esa novela, la primera que publicó, en 1964. Después de leerla y releerla, se la presté a mi amiga Natalia, y le gustó tanto que nunca me la devolvió, a pesar de que una vez intenté una especie de redada: conversamos largo rato, en su casa, revisando sus libros –estoy segura de que lo tengo, no lo perdí, me decía Natalia, mientras bajábamos un litro de café, y hablábamos, tal vez, de la reciente muerte de Wacquez, que para entonces ya era su escritor favorito.

  Días atrás, en una librería de Manuel Montt, volví a dar con la novela, ya no tan barata pero en mejor estado que el ejemplar cautivo. Debería haber borrado, sin más, esas anotaciones en grafito, pero no lo hice; por el contrario, releí Toda la luz del mediodía acompañado por el lector anónimo. Es extraño leer así, tropezándose con opiniones injustas, que igual quedan en la memoria, como lo prueba de hecho esta crónica, que iba a ser sobre Wacquez y no sobre el zumbido que no deja leer a Wacquez.

  Me he pasado la tarde imaginando a ese ruidoso lector, decidiendo sus rasgos, sus intereses. No sé por qué pienso que era hombre. Quizás por su letra algo tosca, que mezcla imprentas y cursivas sin mayor criterio. A pesar de lo mala que le parecía la novela, la leyó de punta a cabo: acaso le agradaba la posibilidad de seguir pasando infracciones, o tal vez, lo más probable, leía obligado por un examen. «Nada hay más largo y tedioso que leer la novela de un estudiante de filosofía», anota en la página 48, sin que venga muy a cuento. Tal vez era un estudiante de literatura que detestaba a los estudiantes de filosofía. O, mejor, un escritor que había perdido el concurso de novela que Wacquez ganó con esta novela.

  «Escenas truncas, que solo insinúan una comunicación», apunta el anónimo más adelante, y por una vez tiene razón: es ese el estilo; la novela está hecha de retazos, de silencios. De seguro tales comentarios fueron escritos hace décadas, cuando esta historia era aun más incorrecta que ahora; el anónimo, sin embargo, no parece escandalizado ante el voraz triángulo que protagonizan Max, Paulina y Marcelo: Paulina ama a Max, pero Max ama a Marcelo, el hijo de Paulina, de dieciocho años; Marcelo, a su manera, le corresponde: ama a Max o, más bien, ama a su madre a través de Max. Toda la luz del mediodía es, como ha dicho Fernando Blanco, una de las novelas más transgresoras de la literatura chilena. Y una de las mejores, quizás.

  La primera vez que leí esta historia me impresionó la precisión del narrador, su libertad extrema, su lenguaje limpio y afilado. ¿Voluntad de oscurecerlo todo? No: voluntad de iluminar –con luces de sol o de artificio– las zonas oscuras. Sin miedo (y sin miedo al miedo, diría Wacquez), el relato enfrenta los recuerdos amargos: «A medida que avanzo en el pasado, voy pesando cada gramo de realidad. Mido exactamente la intensidad de cada sonrisa. ¿Hasta cuándo? ¿Cuál es la medida que puede aplicarse al horror?» Tras un raro idilio en una casa de Quintero, Marcelo comienza a alejarse de Max, que ahora busca a Paulina y le propone un peregrino matrimonio que ella –temeraria y absurdamente– acepta: «Vivo la felicidad de Paulina tan intensamente que algunas veces me imagino que es mi propia felicidad», escribe Max, medio escondido, a la espera de un futuro muy próximo. Ahora sí tiene miedo, y escribir, registrar ese miedo, es más un destino que un consuelo.

  «El sexo se quema en el dolor como el azúcar en la insulina. Un proceso físico, una puñalada convertida en beso», escribe Wacquez, y milagrosamente el lector anónimo pasa, calla. He dicho que su letra es tosca, que mezcla imprentas y cursivas imprevistamente. Pero acabo de mirar el libro y la verdad es que esa letra se parece mucho a la mía. Mucho. Copio en un papel la frase: «Incongruencia, voluntad de oscurecerlo todo»; la copia es casi idéntica, podría imitar esa letra a la perfección. Sé que no fui yo, que es imposible, pero la semejanza me deja helado. Llamo, entonces, a mi amiga Natalia, disimulando mal la inquietud. Me dice que sí, que tiene el libro a mano, que siempre lo tuvo, que no recuerda esa tarde de la redada. ¿Puedes ir a buscarlo? Sí, espera, me dice, divertida con mi urgencia. En diez segundos está de vuelta y me lee el comienzo: «De nuevo te veo beber en un vaso que aprieta tu mano celosamente; veo tu actitud siempre reclinada y estoy tranquilo porque sé que durará toda la tarde. Luego tendré que acompañarte para que tomes el autobús que te llevará a tu casa. Y esto no lo quiero; quiero guardarte conmigo.» El libro está intacto, ni tú ni yo lo subrayamos, dice Natalia, y yo respiro un largo alivio inexplicable. ¿Me lo regalas? Es todo tuyo, le digo, ahora puedes subrayarlo. Después de las risas consigo una goma y borro al intruso. La historia termina con la escena de un lector que borra, en el libro, las pegadizas huellas de otro lector. Es, creo, un final feliz.

  Marzo, 2006

  CORRESPONDENCIA AJENA

  Es difícil leer la correspondencia ajena sin pensar en las cartas propias. Mi generación fue la última que escribió y recibió cartas. Solo algunas, muy pocas, sobrevivieron a las mudanzas.

  ¿Qué buscamos en las cartas ajenas? ¿Secretos, revelaciones, detalles? «Si la letra me sale torcida, solo se debe a que esta noche he bebido demasiada sidra», escribe Sylvia Plath a su madre. «Te digo que estoy triste. Te digo que estoy sola. Te digo que estoy muerta. Necesito un ataúd y un discurso ridículo», leemos en una estremecedora carta de Violeta Parra a Gilbert Favre.

  A veces las revelaciones no llegan. La correspondencia entre Mishima y Kawabata es, por ejemplo, rarísima. Durante largos pasajes presenciamos nada más que un incansable intercambio de cortesías. Mishima le envía un salmón y Kawabata responde con bocados de castañas y misteriosas palabras de aliento: «Diga lo que diga su madre, usted tiene una escritura magnífica.» Mishima le confiesa a su maestro que Disneylandia le ha parecido el lugar más entretenido del planeta, y los lectores perdemos graciosamente el tiempo imaginando al hiperkinético Yukio clavado en lo alto de una montaña rusa.

  Por estos días leo y releo las cartas que Julio Ramón Ribeyro le envió a su hermano Juan Antonio. Bryce Echenique ha descrito esta correspondencia como «el testimonio de uno de los más intensos y hermosos ejemplos conocidos de amor fraternal», lo que podría llevarnos a pensar que el libro recopila hondas reflexiones sobre los vínculos familiares, pero Bryce alude más bien a la complicidad absoluta que se da entre los hermanos. No son cartas necesariamente emotivas; son cordiales y cariñosas, pero a veces muy prácticas, pues Ribeyro le pide a Juan Antonio –desde Madrid, París o Berlín, entre otras ciudades– toda clase de favores. Tampoco se trata de cartas «literarias» ni mucho menos, aunque Ribeyro confía a su hermano pormenores de los libros que escribe o intenta escribir. Particularmente bellas son las rigurosas y cálidas cartas en que relata sus primeras ideas sobre las ciudades que va conociendo: de pronto da la impresión de que Ribeyro viaja solamente para poder contarle a su hermano cómo es el mundo.

  Reconocemos ahí, por cierto, la mano de un gran escritor. Quien habla es sin duda el autor de «Solo para fumadores», ese extraordinario cuento que Ribeyro escribió solo para nosotros. Así comienza una carta de 1958: «¿Qué sería de mí si no se hubiera inventado el cigarrillo? Son las tres de la tarde y ya he fumado treinta. Lo que pasa es que he estado escribiendo cartas y para mí escribir es un acto complementario al placer de fumar.» En un mensaje posterior Ribeyro se despide dando muestras de una enorme consecuencia: «Me queda un cigarrillo, por lo tanto doy por terminada esta carta.»

  Seguro que Ribeyro conocía esta frase de Paul Léautaud: «Lo que verdaderamente me gusta es la literatura escrita como se escriben las cartas.» Léautaud apuntaba a un estilo, al estilo de la necesidad. Al leer la correspondencia ajena buscamos una zona de necesidad a menudo ausente en la ficción. Nada de vociferantes narradores ni personajes insólitos: de vez en cuando es bueno quedarse felizmente detenido en los peldaños anteriores a la literatura.

  Abril, 2009

  UN AMOR FULMINANTE

  La publicación de Niña errante, el libro que reúne las cartas que escribió Gabriela Mistral a Doris Dana, ha provocado reacciones de todo tipo, algunas verdaderamente graciosas, como la del poeta Jaime Quezada, quien dijo que las cartas mostraban una «amistad con A mayúscula», como si estuviera prohibido decir las cosas por su nombre. El gesto se entiende, sin embargo: es delicado ventilar la intimidad de una mujer que se protegía celosamente de los rumores, y no tanto por pudor como por el razonable deseo de vivir tranquila.

  Otros mistralianos insignes opinan que las revelaciones de este libro no modifican la lectura de la obra literaria de Gabriela Mistral, pues lo que importa está en sus poemas, en los textos que ella autorizó, que ella quiso publicar. La afirmación es correcta pero también inoportuna: saber que la autora era lesbiana sirve tanto o tan poco a la hora de leer sus poemas como creer que era esa especie de monja que el mistralismo conservador ha promovido desde siempre. Si vamos a dárnoslas de estructuralistas, entonces prescindamos de la biografía entera.

  Se ha criticado también la edición, en especial por ciertos vacíos lamentables que dificultan la lectura. Da la impresión de que era posible contextualizar mejor algunas cartas, pero el trabajo de Pedro Pablo Zegers es, en otros aspectos, acucioso. Creo que era innecesario, sin embargo, tanto eufemismo en el prólogo. El hecho de que Mistral hable de sí misma en masculino corresponde, según Zegers, a «un ascendente paternal y protector», pero nada nos impide pensar, por ejemplo, que simplemente se sentía más cómoda hablando como hombre.

  También en el prólogo Zegers dice que ambas mujeres establecieron un vínculo entre discípula y maestra que «poco a poco» dio lugar a una relación «compleja», pero las cartas más bien cuentan la historia de un amor fulminante: Doris Dana se acerca fascinada a la famosa poeta treinta años mayor y en cosa de meses ya planean vivir juntas para toda la vida. A poco andar Mistral le manda cheques a Doris y luego abre una cuenta para las dos, le paga las deudas y le anticipa que será su heredera. También le aconseja que siga escribiendo cuentos, aunque de alguna forma ambas saben que no va a convertirse en una gran escritora sino en secretaria, enfermera y pareja de una gran escritora.

  La mayoría de las cartas de Doris Dana se perdieron, pero de seguro eran escasas y breves, a juzgar por los persistentes reclamos de Gabriela Mistral: «Yo me parezco a los locos que escriben cartas a sí mismos y se las contestan», dice de pronto, y la imagen reaparece cotidianamente, pues la amada se escapa o se refugia en un silencio que duele, que atormenta: «Yo no te he pedido nunca cartas largas que roben tu tiempo, el cual es para tus amigotes; te he pedido unas líneas rápidas y frecuentes.» Suena siempre contrariada, herida por la falta de contacto: «Hasta un gerente de banco americano, Doris Dana, se da tiempo para escribir a sus amigos si sabe que estos necesitan de sus palabras. Tú no.»

  Por eso el título es tan acertado: lo que el lector comparte con la autora es esa fuga constante, esa ausencia que ella siente, presiente y exagera. Pero más allá de la fuga y de los celos, hay aquí un permanente deseo de protección. Mistral lo dice muy bien: «Es muy delicado el amor. Se rompe de nada, o se gasta, se envejece, se afea, se vuelve costumbre helada. Cuídalo, mi amor, vela sobre él.»

  ¿A quién, a quiénes podría escandalizar un libro como este? A los mismos que se escandalizan con la homosexualidad o con la distribución de la píldora del día después. A gente muy conservadora y muy tonta.

  Septiembre, 2009

  LAS CARTAS DE MANUEL PUIG

  «Me lo superleí y estudié y se me superabrieron los ojos, se me cayó la venda. Hay tres o cuatro trucos que Mankiewicz usa para aligerar y condimentar el diálogo, que los superadopté», escribe Manuel Puig en 1959, después de leer All About Eve, el «guión de guiones», como dice, en pleno ataque de felicidad.

  El primer tomo de Querida familia, que reúne las «cartas europeas» que Manuel Puig envió a casa entre 1956 y 1962, supone un decisivo close up a los años de su formación como escritor, a pesar de que a lo largo de las 172 cartas ahí recopiladas se habla poco o nada de literatura. El lector entra por la ventana a una escena familiar que se repite invariable: la madre, emocionada, leyendo en voz alta las noticias que Manuel (Coco) manda desde Roma, París, Londres o Estocolmo.

 

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22
Add Fast Bookmark
Load Fast Bookmark
Turn Navi On
Turn Navi On
Turn Navi On
Scroll Up
Turn Navi On
Scroll
Turn Navi On
183